Vecinas del Cerro lanzan una petalada a la Virgen de los Dolores / R. DOBLADO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Omega 3

Por  0:15 h.

Todos tenemos un amigo que, incluso en estas fechas donde la flor de la ciudad es destronada por la de la tipuana, sigue practicando su entrega absoluta al recuerdo de marzo y abril, los meses de la dicha, ese tiempo cuaresmal donde le va cambiado el ambiente. Si los atletas se someten a terapias de recuperación en las máquinas del frío, estos amigos que compartimos se someten en esos meses señaladitos a una auténtica renovación de su sangre espiritual, que recorre los cuerpos siempre en la misma dirección: desde el corazón a los centros nerviosos de la ciudad. Desde el corazón a los templos donde se montanlos pasos. Perfiles de este tipo, el de gente que solo vive dos meses al año de forma activa, esperando el resto como si fuera una condena, lo paga la Semana de Pasión con reduccionismos injustos, llegándose a extender la especie de que la Semana Santa es el pellejo de una traición a la más auténtica tradición local. Es verdad que hay actores que mal interpretan el texto; pero el texto está escrito y bien claro. La Semana Santa se gesta a lo largo del año. Más allá, mucho más allá, de una solemne y triunfal entrada en Campana.

Las hermandades, las mismas que ahora están sin dirigencia colectiva por motivos personales del presidente del Consejo, debatiéndose, entre ir a las urnas como el que va a urgencias o esperar los dos años reglamentados por el estatuto de la corporación, tienen todo el año para hacer su trabajo. Y lo hacen. Con tendencia a la autosuperación. Independientemente que en sus filas haya algunos o muchos que solo entiendan su sentido en esos meses de marzo y abril. Esa mentalidad de azahar, voluptuosa como una flor de tan breve pero intensa vida, no es la que domina en las hermandades. Criticadas, señaladas, marcadas y hasta heridas por un estado de opinión muchas veces tan exaltado como injusto, nuestras hermandades son el Omega 3 del corazón de la diócesis. Si aún late con el vigor de un atleta el corazón de nuestra circunscripción espiritual, lo es, en su medida proporcional, por el trabajo de las hermandades. No. No solo es su trabajo vestir a una virgen, sacarla a la calle acariciada por flores y pasearla por Sevilla bajo un templo de plata por donde entra y salen los suspiros del aire de la ciudad. Reducir el trabajo de una hermandad solo eso es de una banalidad insoportable.

Sostiene el saber popular que nunca hay que pedirle a quien no tiene, sino a quien sabe que te quiere. Los príncipes de nuestra Iglesia, cuando llegan a Palacio, en su mayoría, se sientan sobre el damasco  manteniendo cierto distanciamiento con la sociología de las hermandades. Como si lo abrumasen las cornetas de sus declaraciones y los tambores de su poder temporal. Luego, conociéndolas, sabiendo lo que hacen durante todo el año, que no es otra cosa que asistir al corazón de la diócesis, no solo las respetan. Sino que la valoran públicamente. El mes pasado, Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla, lo reconoció públicamente en una rueda de prensa que tuvo su eco en el mundillo cofradiero. Si el Seminario no le cuesta dinero a las arcas de Palacio es porque la aportación de las hermandades al Fondo Común Diocesano goza de buena salud. Tan buena, tan buena que respecto al pasado año, ese fondo, ha crecido un siete por ciento, pese a que la crisis, diga lo que diga la ingeniería financiera, sigue campando a sus anchas. Más de 123.000 euros fueron ingresados en ese fondo, sin contar lo que también les llegó al Seminario, a Caritas y a los Centros de Orientación Familiar. La labor de nuestras hermandades en la cimentación de la diócesis y la multiplicación de ayudas humanitarias es realmente estimulante. Pese a lo que se digan de ellas y pese a los irrecuperables capirotistas que allí encuentran su nicho ecológico sentimental por dos meses al año, su trabajo es tan efectivo y necesario como silente. Calificar su actuación como el Omega 3 que fortalece y nutre el corazón de la diócesis, no creo en absoluto que sea exageración hispalense.

Félix Machuca

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