Nazarenos del Gran Poder en el interior de la Catedral / J. M. SERRANO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Tiempo de silencio

«Es tiempo de silencio. La secreta procesión de la soledad recorre las calles de la ciudad, como un bando callado que nos enseña un camino y anuncia a quien sabe escucharlo que muy pronto»
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Hace ya días que en el aire de la ciudad se disolvieron las esencias desprendidas por la juncia y el romero al paso del multitudinario cortejo que acompañó a Su Divina Majestad. Mucho antes, en algún rincón incierto de la bóveda celeste se había apagado el eco del último cohete que lanzaron los romeros, regresados ya de las marismas. En el pavimento, cada vez se ha vuelto más pardo e invisible el rastro de cera dejado por las procesiones de Semana Santa; rastro al que los cortejos de la Virgen del Carmen todavía añadirán en pocos días un modesto acopio, aunque éste no habrá de tardar en volverse también pardo e invisible, como lo es ya la propia memoria de la última Semana Santa, pasaportada desde no se sabe cuándo al desván de los recuerdos lejanos, a los anales. De repente, todo ha quedado en suspenso. En silencio permanecen los cenáculos y las tertulias. Callaron también los pregoneros. Se perdieron tras la esquina todas las procesiones; las serias, las alegres, las bufas de sesgo piratesco y las infantiles, quizá las más de verdad. Pasaron las dañinas tensiones electorales y el trámite asambleario del Consejo, la fea res pública de las cofradías. Cesó el ajetreo de las priostías, la música hizo una pausa y en la atmósfera ardiente y pesada de la ciudad estalló la quietud espesa del verano.

Ahora todo ha quedado sumido en el profundo sopor de un sesteo necesario y ritual. En el reloj de las emociones que marca los tiempos de la ciudad ha dado esa hora, por temprana, intempestiva, a la que sale a la calle la secreta procesión de la soledad. Un cortejo que sólo pueden ver quienes aprendieron a comprender ciertas emociones y a sentir el rumor con el que transitan esos otros cortejos que, espadas de repeluco, atraviesan la ciudad por dentro, por sus adentros; procesiones secretas que sólo pueden ver aquellos que supieron descifrar los signos con los que se manifiestan para señalarnos el itinerario sentimental que Sevilla nos invita en este tiempo a recorrer a través de los tuétanos de su alma pura y limpia. Como limpia y pura se nos muestra a esta hora la calle vacía. Hay otros lugares de la ciudad, es cierto, donde bulle a esta misma hora el ajetreo del turismo; una Babel de vagabundos desconcertados que deambulan en busca de no se sabe qué. Alguno de ellos, sin duda perdido, puede aparecer por estas calles, a trasmano de esas rutas que el sevillano, a su pesar, le cedió en exclusiva; hasta hace poco no era muy frecuente, aunque ahora lo es cada vez más. Aquí donde estamos reina aún la verdad de la ciudad y no su pastiche turístico.

La soledad la abraza y no se oye más que el silencio. Como debe ser. Como fue siempre al llegar este momento del año, cuando la querencia nos lleva a buscar la intimidad de unos templos sumidos en una quietud mística donde el espíritu se eleva hasta las regiones más altas; en ellos nos encontramos con las imágenes a las que, sólo unos meses ha, envolvía la endomingada e infranqueable masa humana que en la semana mayor se apodera de las calles, pero que ahora se ofrecen al abrazo de nuestra mirada y nuestras oraciones sin que nada pueda impedirlo ni perturbarlo. Al gozar del inefable privilegio de estar a solas con ellas, en nuestro interior comprendemos que no puede haber en la Tierra sitio alguno donde podamos sentirnos más seguros, mejor acogidos, en mejor compañía. Es tiempo de silencio. La secreta procesión de la soledad recorre las calles de la ciudad, como un bando callado que nos enseña un camino y anuncia a quien sabe escucharlo que muy pronto, sobre la melancólica nostalgia de estos días callados se forjarán los sueños de futuras procesiones y de ellos brotarán los primeros asomos de una nueva ilusión.