Francisco Cossío, mayordomo de la Macarena
OBITUARIO

Una sonrisa por tu memoria, Francisco Cossío

Por  0:05 h.

 

A veces el corazón necesita más tiempo para aceptar las cosas que tu cerebro ya sabía. Debo pues, querido amigo, moderar la imaginación; hoy las emociones no deben poder a la sabiduría. Debo asumirlo y entenderlo, pero no me conformo con tu partida, porque me queda un dolor profundo en el alma. A Dios dejo que Él cuente el motivo del viaje, y a la Esperanza si le hacía falta un buen Mayordomo. Él y Ella están allí, nada más que decir. A mí me queda tu radiante vida.

No me entristezco, ni derramo lágrimas, ni me abrazo a la pena. Bueno, quiero decir que no mucho. Por el contrario, empiezo de nuevo con valentía y una sonrisa por tu memoria, y en tu nombre haré todas las cosas, sin alimentar la soledad ni días vacíos, que llenaré con horas dedicado a los demás, como a ti te gustaba.

Desde que te fuiste, estos días transito por donde duerme la noche y gatea la aurora. Le digo a la gente que me pregunta que eras profundo con claridad, que nunca enturbiabas el agua para que pareciera más honda, porque la claridad era el adorno de tus pensamientos. Que fuiste hecho para los de cerca y los de lejos, para los de dentro y los de fuera. A nadie dejaste indiferente, querido amigo.

A todos les digo que para ti la caridad era una virtud del corazón antes, y luego de las manos. Que una aspiración nunca satisfecha es tener a alguien que nos comprenda a fondo, alguien a quien se le pueda decir todo, pero que yo lo tuve. Y que la verdadera amistad entre dos personas llega cuando el silencio parece ameno. ¡Qué bien, querido Paco, que las verdades más importantes nunca quedaron a medio decir entre nosotros!

Estos días todo son recuerdos. Nunca malgastaste el tiempo contestando a las críticas. No tenemos, me decías, ninguna deuda con quienes nos critican. Por eso conseguiste la admiración general, y lo que es más, te ganaste el afecto. Ahora, cuando todo está negro, buscamos el gris, y poco a poco los colores vivos en las tinieblas. ¡Tantos me preguntan por ti! Él era como los ríos, les digo, los más profundos son siempre los más silenciosos. Como las buenas fuentes, que se conocen en las grandes sequías. Que eras el ser más profundo que he conocido cuando había en juego intereses de personas, y que el honor y la dignidad fueron el paraíso del que nadie pudo expulsarte.

Sufro, sufrimos, tu ausencia. Modero el dolor, y cuando creo que no puedo seguir soportándolo, aguanto un momento más y entonces sé que puedo soportar cualquier cosa. ¡Cómo me gustaría transmitir esto a Margarita y a tus hijos, José Luis y Jaime! Pertenecías a ese grupo de personas que sonríen con el corazón roto, lloran a puertas cerradas y pelean batallas de las que nadie nunca se entera. Pero la fortuna para los que te queremos nos fue dama esquiva, cual veleta caprichosa a la que le gustó jugar con nuestro destino. Sin ti, esto es más duro; seremos pues, más duros.

¿Sabes, Paquito? El tiempo no te hace perder a tus amigos, te hace entender cuáles lo son de verdad. Por eso las personas importantes, como tú, merecen ser esperadas. Ya me dirás si es verdad que aunque la espera sea amarga, sus frutos son dulces. Paso ahora querido Paco por la prueba, preguntándome “¿Dónde está Dios?”, mientras recuerdo que el Maestro siempre está en silencio durante el examen.

Sé que nunca tuviste miedo, que sabías que tu padre posee la tierra de los dos lados del río. Mis ojos son pacientes, verán lo que espero. La vida tras la muerte es la esperanza del cristiano, tú lo sabes. Para mí, la plenitud de los tiempos llega con tu resurrección. Yo no entiendo otra cosa. Todo está cumplido. Sólo una cosa más: has llegado primero. Me ganaste otra vez.

Pórtate mal, cuídate mucho, y niégalo todo. Te quiero mucho.

José Antonio Fernández Cabrero

Hermano Mayor de la Hermandad de la Macarena