Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes entre una fila de nazarenos / JAVIER COMAS
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

El valor y la necesidad de los símbolos

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El hombre comenzó a distinguirse de los animales cuando desarrolló la capacidad de crear símbolos para representar conceptos abstractos. Y se distinguió ya del todo cuando con esos símbolos representó el más abstracto de todos los conceptos: Dios, ese ser intangible e incomprensible, pero que, en virtud de una suprema paradoja, sólo puede ser concebido por una mente racional. Hay quien dice, por eso, que fue el hombre quien creó a Dios y no al revés, pero lo cierto es que todas las culturas que en el mundo hubo tuvieron un símbolo para representarlo y todas las lenguas que alguna vez se hablaron, una palabra para llamarlo. Mucha casualidad, ¿no les parece?

En lo que aquí nos atañe, lo de creer o no en Dios es, sin embargo, una cuestión aparte que concierne al ámbito más íntimo del individuo. Ante la disquisición de si la obra inabarcable del universo es fruto de un azar obstinado en el éxito como jamás se ha vuelto a ver o de una inteligencia mucho más compleja, cada cual opte por lo que, según su raciocinio, le resulte más lógico o menos descabellado.

Volvamos pues a lo que nos ocupa: los símbolos. Éstos, y en concreto el que representa la divinidad, van a surgir en el instante exacto en que el ser humano, elevándose sobre la materia y los instintos, alumbra sus primeros pensamientos y comienza a preguntarse sobre el porqué de las cosas al calor de un fuego provocado por su mano en el interior de una oscura caverna. Los símbolos se convierten, de este modo, en una prueba fehaciente de nuestra condición de seres racionales. Son el mecanismo del que nos valemos para entender hasta lo incomprensible, de ahí la importancia que el hombre siempre les dio. Incluso a la hora de tergiversarlos. Porque tanto el iconoclasta como el idólatra elevan al máximo su valor al confundir los símbolos con lo que representan.

Mucho más grave es que el hombre olvide o desaprenda lo que un símbolo significa, haciendo que éste pierda sentido. Algo de lo que muchas veces, en realidad, casi siempre, es responsable la ignorancia. Renunciando al patrimonio cultural que todo símbolo –a fin de cuentas, un lenguaje- constituye, el hombre da en cierto modo un paso más en el tenebroso camino de regreso hacia la oscuridad de las cavernas.

Si en alguna faceta de la vida sevillana tienen presencia y protagonismo los símbolos, esa es la Semana Santa. En realidad, la Semana Santa de Sevilla es pura simbología. Desde el principio, hasta el final. En lo individual y en lo colectivo. En lo formal y en lo espontáneo. En lo oficial y en lo popular. En lo ritual y en lo profano. En lo serio y en lo alegre. En la música y en el silencio. En el ornato, en el vestir, en los olores, en la jerga, en las costumbres, en la comida, en todo. Al pueblo de Sevilla le ha tomado muchos siglos armar el complejo e inabarcable compendio de símbolos que articulan el formidable discurso de su Semana Santa, donde nada ha sido nunca porque sí… hasta ahora. Porque no se trata de que la tradición haya seguido en estos años evolucionando como nunca dejó de hacer, sino que ha sido invadida por el influjo del pernicioso relativismo, ese mal de nuestro tiempo que hace que una cosa y la contraria valgan lo mismo, nada tenga sentido y dé todo igual.

En virtud de ello, la gente cree tener derecho a cambiarle el sentido a todo. A reinterpretar las cosas en función de criterios que en muchos casos no sirvan para interpretar nada. Lo hemos visto este mismo año. Da lo mismo, por ejemplo, si las cofradías van de la Campana a la Catedral o de la Catedral a la Campana. ¿Por qué razón lo hacen en una dirección o la contraria? Pues por lo mismo que los ingleses conducen por la izquierda y el resto de los europeos por la derecha. Se trata, simplemente, de un criterio para organizar el tráfico. En este sentido, tampoco importa el calendario. Si la Semana Santa tiene que empezar el Sábado de Pasión porque así convenga a la ‘gestión circulatoria de las cofradías’, pues empieza el Sábado de Pasión y no pasa nada. Se organiza el tráfico, se colocan las tribunas y comienza el espectáculo. Este principio es de aplicación a todo lo demás: creación de hermandades, coronaciones de vírgenes, elección de hermanos mayores, etc.  En general, asistimos a la banalización de lo que una vez la sencilla gracia de lo popular, el talento de grandes artistas y la verdad no impostada elevó a la categoría de excelso. Los símbolos de antaño han perdido su significado, han dejado de tener sentido.

Por eso ahora no se trata de evolución, sino de algo muy diferente. Es cierto que las hermandades vienen desarrollando calladamente una extraordinaria labor social, que se ha potenciado en los últimos lustros, pero en casi todos los demás aspectos de su actividad, precisamente los más visibles, se aprecia bastante confusión y no poco desconcierto; no hay más referencia que la moda, la imitación y ese fenómeno tan de nuestro tiempo denominado ‘postureo’. Un contexto que viene a propiciar interpretaciones frívolas sobre cosas que en sí mismas son muy serias. Sagradas. Conocer el significado de los símbolos, es decir, su razón de ser, porqué las cosas se hicieron de un modo y no de otra manera, quizá habría evitado entrar en esta inquietante dinámica, pero si ese conocimiento se pierde, y parece que se ha perdido, puede ya esperarse cualquier cosa; ninguna buena.

La situación que venimos describiendo, y todo el mundo conoce, sin duda está siendo potenciada desde hace tiempo por una acusada falta de referentes de altura entre los cofrades. Faltan liderazgos serios, proyectos sensatos, dirigentes que sepan decidir en vez de improvisar para salir del paso. Falta, en definitiva, una autoridad moral que alumbre el camino a seguir. Por eso se hace cada vez más preciso rescatar el sentido de los símbolos que dan razón de ser y explican el modo en que Sevilla ha celebrado hasta ahora su Semana Santa; reconocer su valor, comprender que no fueron fruto de un capricho, sino que transmiten un mensaje que deberíamos preservar. Si no lo hacemos, puede que llegue el día en que no comprendamos nada y entonces nada tenga ya sentido. La gran duda a este respecto es si aún estamos a tiempo de conseguirlo o el camino emprendido es definitivamente irreversible.