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Misterio del Señor de la Victoria de La Paz
IN MEMORIAM

Un veterano de la hermandad de La Paz

José Ramón Rodríguez de la Borbolla Rodríguez (1952-2018)
Por  0:05 h.

Han pasado ya varios días desde el fallecimiento de Mon Borbolla (el «Rodríguez» por delante y por detrás se da por sabido), pero no ha sido hasta ahora cuando he comenzado a echarlo de menos. Por eso he creído oportuno escribir estas líneas en su memoria; algo que, conociéndolo, seguro que le habría gustado.

Es cierto, estoy echando de menos a Mon porque cuando camino por las calles de nuestro barrio, de su barrio del Porvenir, no lo veo paseando por ellas o hablando largo rato, relajadamente, a su manera, con la gente que conocía.
Lo echo de menos porque desde que murió no he disfrutado de su sonrisa amable ni de su conversación cercana y cariñosa, huérfana de todo enjuiciamiento, malicia o maledicencia y propia de quien sólo veía la bondad en los demás. Si alguna vez esto último no era factible, porque había veces que era imposible, omitía cualquier referencia que pudiera generar daño, dolor o disputa.

Sí, lo echo de menos, y echo de menos su bonhomía, su carácter afable y su talante conciliador ante cualquier conflicto, así como su demostrada capacidad de perdón y de olvido.

De izquierda a derecha: Francisco Río-Miranda, Manuel Recio, José Manuel Berjano, Manuel Olivares, Francisco Berjano, Luís Mejías y Ramón Rodríguez de la Borbolla / M. J. RODRÍGUEZ RECHI

Quiso con locura a sus hijos -a quienes se refería constantemente y de quienes se sentía muy orgulloso-; a sus hermanos -es difícil seguir siendo una piña, a pesar de ser tantos- y a sus amigos, a quienes siempre demandaba más cariño aún, como el que él daba, y poder disfrutar de ellos con mayor asiduidad.

Éramos muy jóvenes cuando comenzamos a imaginar -entonces era casi fabular- la posibilidad de formar una cuadrilla de costaleros que pudiera sacar los pasos de nuestra común hermandad de la Paz; cuántas horas consumimos y disfrutamos en ese trance y cuántas cuando, pasado el tiempo, la vimos hecha realidad y pudimos formar parte de ella.

Mon tenía en el centro de su vida a su hermandad y, me atrevería a decir que, como faro y norte, a la Virgen de la Paz. Ningún día se acostó sin visitarla; si se le había hecho tarde y la iglesia estaba cerrada, incluso desde la calle. Ni el muro ni la reja podían impedirle, como él decía, saludar a su Madre y contarle sus cosas.

No me cabe duda de que Ella lo habrá llevado de la mano a presencia del Señor de la Victoria quien, a buen seguro, lo habrá acogido entre sus brazos para que disfrute junto a Él para toda la eternidad.
Seguro que descansa en Paz.

Ramón Rodríguez de la Borbolla / M.A. OSUNA