Los armaos salen de la Basílica del Gran Poder / JOSÉ ANTONIO ZAMORA
Los armaos salen de la Basílica del Gran Poder / JOSÉ ANTONIO ZAMORA
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Ya nada será igual

Por  0:10 h.

 

Cernuda tuvo que explicarse después de escribir aquello de ‘llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza’. Pero a quienes les ha llegado ya ese momento no les hacen falta explicaciones para comprender lo que el poeta quiso decir. Saben, porque de ello en ese instante adquieren conciencia, que la vida es una lenta y continua sucesión de despedidas. Quizá todo empieza el día en que descubrimos que los Reyes Magos no existen y comprendemos que tras la magia lo que hay en realidad es un engaño. Se evapora así la que envolvía la ilusión de nuestros sueños infantiles y, partir de ahí, sin saberlo todavía, comenzamos lentamente a despedirnos de casi todo lo demás hasta que un día somos nosotros quienes decimos adiós a este mundo cruel.

Manolo Garrido se ha muerto y de forma inmediata se ha sumado a la larga e ilustre nómina de los que no dieron –ni darán nunca- el pregón de la Semana Santa. Interminable ristra de poetas populares, de literatos de fuste, de malditos, de humildes, de paladares exquisitos para cuya miel no estaba hecha nuestra boca de asno provinciano, trasnochado, prejuicioso, acomplejado y miope. Nosotros nos lo perdemos. Conocí a Manolo Garrido hace algún tiempo. Con objeto de hacerle una entrevista, fui a su modesto piso de la Barzola donde, ya octogenario, vivía solo, desenvolviéndose con la soltura de un ‘single’ treintañero. Me habló de la gracia, del arte… del embrujo. ¿Qué es el embrujo?, le pregunté. ‘¿Por qué a veces en la llaga de una losa del suelo brota una planta? Si esas cosas tuvieran una explicación, dejarían de tener embrujo’. También le pregunté por qué no había dado el pregón de la Semana Santa y como no supo decírmelo, me dijo los versos con los que habría arrancado ese pregón: ‘Que no me digan a mí que nacen en cualquier parte manos como las de aquí. Manos que labran un Cristo con la misma devoción como si fuera Dios mismo. Manos que en flores se tornan cuando engalanan con flores a una virgen dolorosa y las manos de ese niño que recogen temblorosas la cera tibia de un cirio. Con dos golpes, nada más lleva la Virgen al cielo la mano del capataz’.

Del mismo modo que su autor ya jamás podrá declamar esos versos en ningún teatro para anunciar la Semana Santa, tampoco puede que volvamos a oír nunca más el redoble de Pepe Hidalgo en la batería de tambores de la Centuria Macarena cuando el Señor de la Sentencia asome por la plaza del Duque. Ningún taxista tendrá que ir el próximo Jueves Santo a recogerlo al portal de su bloque de la Oliva; ningún taxista, viéndolo sentado con su coraza de armao en el en el asiento del copiloto, volverá nunca a preguntarle: ‘Bueno, jefe, ¿a dónde vamos?’.

-‘¿Adónde vamos a ir, cojones? ¿A comprar vino a la Pañoleta?’

No sé si se retira o lo retiran. Lo trascendente es que el año que viene no estará y su ausencia abrirá un vacío cósmico en la Semana Santa de muchos sevillanos. Nuestros abuelos hablaban del Brigada Rafael y nuestros nietos nos oirán hablar a nosotros de Pepe Hidalgo, el Tambor de Sevilla. También recuerdo la primera vez que lo oí tocar. Fue la erudición capillita de mi compañero Paco Gallardo, radiofonista bohemio y epicúreo, la que me lo señaló una ya lejana Madrugá. Muchas veces he contado ya lo que entonces pensé: ‘Ese tío toca como Charlie Watts’. Yo de joven quería haber sido batería de un grupo de rock. Le pegaba fuerte a los parches y los colegas me lo reprobaban: ‘Quillo, que los vas a partir’, pero a mí me daba igual. Watts tocaba la batería casi como a mí me gustaba. Pero ese tal Pepe Hidalgo lo hacía mejor aún. Le daba al tambor todavía más caña que Charlie Watts. Así que inmediatamente se convirtió en mi ídolo. Luego lo conocí en persona, y fue más ídolo todavía. Porque Pepe Hidalgo es, además de todo un señor, puro rock and roll. La anécdota del taxista lo demuestra. El año que viene ya no estará. Según dicen, nos lo ha quitado, pero también es cierto que alguna vez tendría que ocurrir. La vida es una lenta y continua sucesión de despedidas. Suena el teléfono, alguien que conoce muy bien, al milímetro, todos los detalles de la carrera oficial, nos ofrece la primicia de una propuesta alternativa elaborada con su asesoramiento que contempla trasladarla al ¡Paseo Colón! ¿Una barbaridad? Considerando todo lo que hemos visto cambiar la Semana Santa sólo en las tres últimas décadas, y todo lo que las sucesivas generaciones que nos antecedieron la vieron a su vez cambiar, nada nos debería ya de resultar extraño. De hecho, pueden estar seguros de que si tuviéramos la posibilidad de regresar para ver la Semana Santa dentro de un siglo sería difícil que reconociéramos en ella algo de la actual. Nada será igual, sin duda. Nada, salvo una cosa que tal vez sea al fin y al cabo lo único importante, lo que motiva su pervivencia en el tiempo: los sentimientos, esa procesión que a todos nos recorre por dentro y a la que no le hacen falta ni bandas ni capataces ni pronósticos del tiempo ni figurones llevando una vara.