Jueves Santo y Madrugada, de la exaltación al silencio

Por  1:32 h.

Hay hermandades que necesitan de un cariño especial. Precisan del abrazo colectivo que sirva de bálsamo para tantos gañafones como el tiempo les va propinando. Por historia (que tiene para dar y regalar), por calidad de las tallas (indiscutible), por el valor de los enseres (como la que más) y, sobre todo, por las penurias que viene atravesando desde hace nueve años, este Jueves Santo que ojalá reluzca más que el sol lo arrancamos en los Terceros.

Mejor aún, en la esquina de Bustos Tavera con Gerona donde la cofradía de Santa Catalina mira de frente al templo cerrado a cal y canto desde hace nueve años sin que se atisbe una solución. Vas a ver qué gozada: sabor a otro tiempo, sin excesivo número de nazarenos, todo de mérito… por eso hemos venido aquí, dándole la espalda al retablo de la Santa Lucía de los ojos en el plato, para que la Exaltación sienta el ánimo constante.

Los Negritos nos pilla a mano, entrando por Almirante Apodaca hasta la Encarnación. Lo que era la calle Imagen antes del ensanche de finales de los años 50. Opiniones para todos los gustos: desde quienes defienden los edificios con soportales como genuina aportación del Movimiento Moderno a quienes ven una alevosa afrenta al callejero urbano histórico. Dentro de cincuenta años pasará lo mismo con las Setas. Pero todos se rinden a la magnificencia del crucificado de Andrés de Ocampo que va camino de los cuatro siglos.

De un escenario impersonal y frío, a otro abierto y deslucido como la Plaza Nueva, ese salón de la ciudad en el que las cofradías se pierden como esos niños que no entran nunca a la pieza principal de la casa por no estropear nada y no saben cómo moverse. La pena es que las Cigarreras sólo tiene, fuera de la carrera oficial, un tramito desde que emboca la Puerta del Carbón hasta que sale por Barcelona y luego Tetuán donde las calles tengan menos de diez metros de ancho. Apretando el paso podemos alcanzar el palio de la Virgen de la Victoria, ese prodigio del clasicismo al que no le falta ni le sobra nada, todavía por el Arenal.

De vuelta al corazón de la ciudad, hay tiempo para merendar antes de que en la parroquia de la Magdalena, el antiguo convento dominico de San Pablo donde se ordenó obispo de Chiapas Bartolomé de las Casas, ponga su cruz velada la cofradía de la Quinta Angustia. Hasta hoy Jueves, estas puertas han permanecido cerradas, pero en cuestión de horas, vaya lo que tiene que salir de ahí. Como lo que sale de la colegiata del Salvador, gloria de Sevilla en plata de ley. He querido traerte a la plaza para que admires la túnica bordada y la hojarasca que adorna el piso de la canastilla y para que escuches la música que acompaña a la Virgen de la Merced.

En seguida va a pasar Montesión, con los rosarios tintineantes, por la Cuesta del Rosario, por el retablo de la Virgen a la que se confió la flota aliada en Lepanto, aquí al lado. Luego se irá por la Alfalfa, que no es mal sitio para reponer fuerzas antes de la que se nos viene encima.

Pero no adelantemos acontecimientos, que hay que acabar el Jueves Santo como Dios manda: escuchando la marcha dedicada a la Virgen que mejor llora de toda la Semana Santa, la del Valle. No nos da tiempo a verla entrar en la Anunciación si queremos lograr un buen sitio en la salida del Silencio. La ronda sostiene que la ciudad está en calma y sosegada, pero la procesión, si lo sabrán los sevillanos, va por dentro.

Sale el Silencio, cirios abajo hasta que la Virgen esté en la calle, y le cantan saetas a la cruz de guía mientras las pantallitas luminosas de los dispositivos móviles retroiluminan la calle donde la noche está negra como la brea hasta que refulge el palio de plata de la Concepción.

No hay tiempo que perder. Por paradójico que resulte, en vista de la muchedumbre que se apelmaza como un doble cordón a lo largo de Jesús del Gran Poder y Trajano, lo más conveniente para cruzar es atravesando la carrera oficial por Rioja a Sagasta, por ejemplo. Vamos en busca de los Gitanos, si no por Verónica o Gallos, al menos por Escuelas Pías, donde estuvo el palacio de los Ponce de León, luego de los duques de Arcos, más tarde de Gertrudis Gómez de Avellaneda, después de los escolapios (como atestigua el nombre de la calle) y por último de Emasesa.

Hay que cruzar otra vez la carrera oficial para llegar al Arenal, mejor a Castelar, Molviedro o Doña Guiomar si se llega con tiempo que ya está aquí la zancada del Gran Poder pisándonos los talones. Tras el Señor de Sevilla, el Calvario siguiendo los mismos pasos y un poco más allá en el tiempo y en el espacio, la Esperanza de Triana atravesando el Postigo ya de mañana.

La madrugada no está completa y así lo atestigua el espíritu, que está inquieto. Será cuestión de ir a buscarla por San Juan de la Palma o por Feria, con los primeros rayos del sol calentando la cera derretida de la candelería. Cruje el palio, rebulle la muchedumbre, huelen los claveles, suena Salteras, la Macarena ya está aquí. Fin de la historia.