Ida de la Virgen de la Victoria a la Catedral para su coronación

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A la Virgen no le dio la luz del día. Fue como una carrera a contrarreloj. Al rosario de la aurora de las Cigarreras hacia la Catedralsólo le faltó eso, la aurora. Porque cuando el palio cruzó la puerta de los Palos minutos después de las ocho de la mañana, un rayo de sol asomó tímidamente por el final de Mateos Gago. Pero la Victoria estaba ya frente a la Virgen de los Reyes. Hasta entonces, la única luz fue la de la candelería, ni siquiera la de la luna, en cuarto menguante.

Cerca de las seis de la mañana, por la Plaza de Cuba se veían vestidos largos y chaqués. Más de uno iba de costero a costero camino de la Fábrica de Tabacos. En el interior del recinto, completamente a oscuras, había casi más público que un Jueves Santo, pero un silencio atronador. Conversaciones en voz baja. La noche y ese cielo anaranjado y nuboso imponían respeto. Se abrieron las puertas de la capilla y se apagaron las luces en su interior. Sólo aparecía iluminado el rostro de la Virgen de la Victoria y, al lado, con apenas dos velas el Señor Atado a la Columna.

Todo eran bisbiseos, algún vencejo y el canto de los grillos, hasta que la voz de Villanuevaquebró el silencio. Eran las 6.17 horas de la madrugada y el paso se ponía en la calle. La campanita de la capilla repicó gracias al arreglo que le hizo Mendoza y un grupo de cámara formado por músicos de la banda de las Cigarreras interpretó la salve de la hermandad. El edificio fantasmagórico de Altadis aparecía con colgaduras que no quitaron el frío al escenario. Pero sólo había miradas para la Virgen. Daba igual el aspecto desangelado de la Fábrica de Tabacos o la excesiva luz de la calle Asunción. Qué importaba que apenas hubiera vecinos asomados a los balcones o que alguno bromeara con un cartel de un centro para tratar «el sueño y el ronquido» en el número 23 de la calle que lleva el nombre de la dolorosa, por aquello de la hora intempestiva. Nunca fue sola la Victoria y, quizá, congregó a los cofrades más selectos. Aquellos a los que no les hace falta una banda o una coreografía costaleril para emocionarse ante una imagen de la categoría de la que va a ser coronada el sábado que viene. En el rostro de la Virgen se depositaban los rezos. En el cortejo eran muchos los que llevaban las cuentas del rosario. La coral polifónica de Jesús Despojado cantaba las letanías y un megáfono rezaba los misterios. Al llegar a Asunción, un recuerdo a otra Virgen coronada del Jueves Santo: «Valle de Sevilla».

El palio cruzaba el puente de San Telmo. Era tan fuerte el silencio, que hubo quien sintió un escalofrío al escuchar un estruendo. Era el metro, cuyo ruido se oculta por la propia vida de la ciudad. La ribera del río estaba completamente a oscuras. La Torre del Oro era otro fantasma de la noche y la Giralda ni se intuía. Llegaba la Virgen a los Jardines del Cristina, que cruzó por medio como hace en Semana Santa. Era casi imposible distinguir los bustos de las estatuas que forman el Paseo de Vicente Aleixandre. La estampa era hermosísima, la del palio entre los frondosos árboles, como la que se vivió en esa «Z» que forman San Gregorio, la plaza de Contratación y Miguel Mañara, donde apenas se cabía alrededor del paso.

Pasaban las siete y media. La muralla del Alcázar, la Catedral y la Giralda aparecían apagadas. El cielo comenzaba a clarear, pero ni rastro del sol. La foto en el arco del Patio de Banderas fue sublime. El paso era un cañaveral bajo un techo azul cobalto con la figuración de la torre alminar, ensombrecida. No sonaron las campanas para recibir a la Virgen, tan sólo un «Dios te salve»,íntimo, como todo el traslado, un día en el que la Victoria fue la primera aurora que alboreó en el día del sol… y del Rosario.