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Federico Marín BellónFederico Marín Bellón

Crítica de «Una íntima convicción»: La mala reputación

«Cabe augurarle un gran futuro al director, porque la película se vive como un suspiro y se antoja difícil conseguir más de los actores»

Escena de «Una íntima convicción»
Escena de «Una íntima convicción»
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Si es inocente, Jacques Viguier sufrió una de las grandes injusticias de este siglo, un caso policial y judicial apasionante. Su mujer desapareció sin dejar rastro -quizá lo abandonó- y él fue acusado de asesinato. Absuelto en el juicio por falta de pruebas, la apelación del fiscal lo lleva a revivir el horror. Justo ahí sitúa el debutante Antoine Raimbault, director y guionista, su punto de partida. Cabe augurarle un gran futuro, porque la película se vive como un suspiro y se antoja difícil conseguir más de los actores.

Tampoco es aventurado definir al cineasta como valiente: con un caso redondo, decide que los protagonistas no son Viguier (Laurent Lucas es de hecho un personaje secundario) ni su abogado (excelente Olivier Gourmet). Tampoco el juez ni el amante de la desaparecida. El peso recae sobre un personaje inventado, una mujer que vive el primer proceso y decide ayudar para evitar el desastre en el segundo. Marina Foïs se deja la piel, a medio camino entre Erin Brokovich y una psicópata.

El resultado de esa elección del Raimbault guionista marca la película: le da un interés que quizá ya tenía sin el añadido y a la vez crea un enorme desequilibrio. Hay también un par de trampitas sin resolver, dentro de una narración imperfecta y bella. El espectador no tendrá quejas. La cinta ilumina algunas sutilezas de la Justicia, nos mantiene en guardia contra la opinión pública y recuerda lo frágil que es la reputación (y la vida entera) de una persona.