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Crítica de «El rey león»: Maravilla de la técnica

La cinta de Disney no genera consenso. Demasiadas cosas siguen igual, como si fuera sano cambiar la música de Hans Zimmer, por ejemplo

Nala y Simba en «El rey león»
Nala y Simba en «El rey león»
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No se habla lo suficiente de una injusticia histórica que, 25 años después, sigue sin repararse. ¿Las hienas ejercen de villanas porque son feas? Trabajan en equipo, prefieren robar a matar y tienen el don de la risa. Que otras especies más bellas acaparen la buena prensa debería hacernos reflexionar. La película también invita a otros debates, como el papel de la monarquía, pertinente desde el título, y la necesidad de comer carne, aunque no se hable de forma explícita del veganismo. Tampoco queda claro por qué los leones y sus amiguitos no abandonan esa zona rocosa, excelente para dar discursos pero áspera para la felicidad diaria, sobre todo cuando tienen tan cerca el paraíso en el que viven Timón y Pumba.

Si nos atenemos a lo cinematográfico, «El rey león» de 1994 era un Hamlet animado, que por obra y gracia de la técnica se convierte en un Hamlet animal. ¿Tiene sentido rodar la misma película con otros medios? Quizá no tanto como seguir representando a Shakespeare, pero esta versión aporta la posibilidad de utilizar animales «de verdad». Tan real es la imagen que los primeros compases parecen un documental de National Geographic («Nuestro planeta» acaba de recibir diez candidaturas a los Emmy). Y de repente, los animales se ponen a hablar y a actuar dentro de una trama compleja, no por conocida menos rica, con la que Jon Favreau perfecciona lo ensayado en su versión de «El libro de la selva». La pena es que las voces de James Earl Jones (padrazo eterno), Donald Glover, Chiwetel Ejiofor, Alfre Woodard, John Oliver y Beyoncé no se escucharán en España.

La cinta de Disney no genera consenso. Demasiadas cosas siguen igual, como si fuera sano cambiar la música de Hans Zimmer, por ejemplo. Algún reputado crítico abandonó la sesión antes de que le infligieran el final. No es difícil adivinar por dónde irán sus tiros, víctima de indigestión por hakuna matata. Sin embargo, la película es más profunda y adulta que la animada, más sutil en su narración. Funcionan muy bien el juego de miradas y el subtexto.

Su crudeza es también mayor. No es lo mismo ver morir a un peluche que a un animal. Las criaturas más tiernas podrían sufrir, pero el mayor defecto es el leve bache narrativo que sufre la historia en su ecuador. Con unos minutos de poda el conjunto sería sensacional.