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Crítica de «Miamor perdido»: Relaciones y pasiones minimas

Emilio Martínez Lázaro y Dani Rovira se reencuentran tras los dieciséis apellidos en esta comedia romántica

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Tras los dieciséis apellidos, entre vascos y catalanes, Emilio Martínez Lázaro se desubica autonómicamente para entrar de nuevo en el territorio de la pura comedia romántica: un hombre, una mujer, un conocimiento, una relación y un buen puñadito de inconvenientes, disputas, dialéctica y esa crueldad tan propia que la convivencia estimula en la pareja. Para no equivocarse, el director confía una vez más en el talento de Dani Rovira, que construye un personaje milimétricamente clavado al que viene siendo su mejor versión, gracioso, rápido, ocurrente, sufridor y lleno de ese gas de la risa que inunda la pantalla. Dani Rovira nunca le quitará la calavera de Yorick a Laurence Olivier de las manos, pero su «ser o no ser» no admite dudas: es infalible.

En cuanto a ella, Michelle Jenner, demuestra no solo que sabe combatir con las mismas armas que Rovira, sino incluso ganarle alguna escaramuza con desparpajo, desvergüenza, alboroto e ironía («micromachismo»). El encuentro o topetazo entre ellos es de manual, pero gracioso; la convivencia, también, y las tiranteces alcanzan niveles de tragicomedia, para desgracia del gato (que atiende por el «Miamor» del título) que puntea su vida en común, o su vida fuera de lo común. Y como tiene la historia espíritu de «screwball comedy», podría decirse que la distancia que la separa de, por ejemplo, «La fiera de mi niña» es la que hay entre un gato y un leopardo. Los asuntos por los que se pasea el argumento, además de por los amorosos y sus toxinas, están tratados con absoluta y bendita ligereza, como los límites del humor, el teatro de trinchera, el matrimonio por «papeles» y hasta la mecánica cuántica. No hay posibilidad de equívoco en “Miamor perdido”: es exactamente lo que le apetece o teme que sea. Ir a otra cosa que divertirse sería como ir de vegetariano a un asador.