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Crítica de «Ojos negros»: Cuando el telón empieza a descorrerse

La «vida» se concentra en la mirada y en los oídos del personaje, que interpreta con enorme esponjosidad la niña Julia Lallana

Julia Lallana en «Ojos negros»
Julia Lallana en «Ojos negros»
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Película diminuta y compacta como la última muñeca de una matrioska, la primera que dirigen Marta Lallana e Ivet Castelo y la ganadora del último Festival de Málaga. El argumento es de una aparente lisura que precisa de una mirada muy atenta para verlo con su multitud de pliegues: una adolescente de 14 años y unos días de verano en un pueblo de Teruel llamado Ojos Negros.

Comienza con un plano corto de Paula, sostenido hasta que una lágrima se resbala por su mejilla, y también termina con un plano elocuente sobre su rostro. Lo que han visto esos ojos, pero, especialmente, lo que han sentido y trasmitido, es toda la lisura argumental pero llena de las estrías imperceptibles que han poblado esos días, su relación con la abuela, con la tía, con la necesaria amistad que nace junto a otra joven veraneante en ese pueblo soleado y solo.

La «vida» se concentra en la mirada y en los oídos del personaje, que interpreta con enorme esponjosidad la niña Julia Lallana (hermana de una de las directoras), que sugiere todo el «fuera de campo» de las relaciones adultas y familiares, a la vez que insinúa su propia intimidad y el manejo de su incipiente adolescencia, ese vuelo casi sin motor y sin pista de aterrizaje conocida. Es un tipo de cine, como el de Carla Simón o Laura Jou, que le habla muy bajito al espectador, y para el que hay que tener buen oído.