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«Érase una vez en Hollywood», el cuento de Tarantino sobre la historia más triste del cine

La última película del cineasta es una fábula perfecta, que recrea una realidad tan distópica como anhelada y es todo un homenaje al Séptimo Arte y a la vida

[¡Atención! ¡Este texto contiene «spoilers» acerca de «Érase una vez en Hollywood» (y de «Malditos bastardos»)! ¡Lea bajo su propia responsabilidad!]

Tarantonio dirige a Pitt y DiCaprio en Érase una vez en Hollywood
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El cine de Quentin Tarantino nunca deja nada al azar, ni tampoco cabos sueltos. Como en la vida, absolutamente todo pasa por algo en sus películas. Desde sus diálogos tan delirantes como reconocibles hasta sus ilimitadas referencias. Todo tiene un motivo, también en «Érase una vez en Hollywood» su última obra maestra y sin duda alguna, su cinta más entrañable y en la que el director dibuja una historia (real) paralela, repleta de nostalgia, fantasía y sueños. Sobre todo, sueños, para nutrir de vida un largometraje de esos que uno disfruta más y recuerda con más cariño a cada día que pasa.

Varias semanas antes del estreno de la película en cines, Tarantino describió el filme como su particular «carta de amor» a Hollywood. Al cine que él ha mamado, que ha vivido, con el que ha crecido. El del Hollywood de Steve McQueen, Burt Reynolds, James Stacy, un Bruce Lee en auge y la malograda Sharon Tate, a la que el destino (o mejor dicho, un grupo de hippies desequilibrados) le tenía guardada la peor de las jugadas en la madrugada del 8 al 9 de agosto de 1969. Esa noche, y después de que la actriz y entonces esposa del cineasta Roman Polanski acudiese a cenar junto a sus amigos a su restaurante favorito, El Coyote, fue brutalmente asesinada por tres miembros de la conocida como Familia Manson, seguidores acérrimos del hippie del momento por excelencia, Charles Manson. Junto a ella, y en esa misma noche, les fue arrebatada la vida en la vivienda de la artista a otras cuatro personas cercanas a Tate: el estilista Jay Sebring, peluquero de moda entre las estrellas de cine (y que había sido novio de la intérprete); el actor y guionista polaco Wojciech Frykowski; la joven Abigail Folger, pareja de este último y rica heredera de la multinacional Cafés Folger; y el joven Steven Parent, amigo del conserje de la mansión de Tate y que se encontraba de casualidad en la vivienda, ubicada en el 10050 de Cielo Drive, en pleno Beverly Hills, Los Ángeles.

En realidad, nada de ello debió haber sucedido, pues Manson a quien quería matar era al productor musical Terry Melcher, hijo de Doris Day y antiguo inquilino de la opulenta casa. Melcher se había negado a impulsar la carrera musical del ídolo hippie, al considerar que su talento no estaba a la altura. Manson quiso cobrarse su venganza a lo grande, aunque cuando trató de hacerlo el productor ya no vivía ahí, sino que la residencia había pasado a manos del matrimonio Polanski-Tate. Pero a «Charlie» le dio igual y perpetró la mayor barbaridad que Hollywood había visto hasta entonces. La realidad supera a la ficción, ya se sabe...

[Lea la entrevista de ABC con Quentin Tarantino]

Una historia para recordar

Conviene saber, o si no recordar, la masacre de Cielo Drive antes de visionar «Érase una vez en Hollywood». Toda una declaración de intenciones desde el propio nombre de la película, que más allá de un homenaje explícito a Sergio Leone, uno de los directores favoritos de Tarantino y a su clásico «Érase una vez en América», también es un tributo a algo que va mucho más allá. A los cuentos, a las fábulas. A las historias que se cuentan a los niños. A la fantasía. A aquello que nunca debería haber sucedido. Pero que sin embargo, sí ocurrió. Y entonces, Hollywood cambió para siempre.

Aunque no sucede así en el Universo Tarantino. El mismo en el que, rememoren, Adolf Hitler y Joseph Goebbels fueron masacrados en un cine de Berlín a manos de Eli Roth y Omar Doom en «Malditos bastardos». Porque para Tarantino, los genocidios perpetrados por Hitler y su séquito nunca debieron haber existido, igual que los crímenes de Manson. Y para ello, se inventa ahora al actor en decadencia Rick Dalton y a su doble de acción, Cliff Booth. Dos artistas que nunca existieron pero que, llevados a la gran pantalla de manera más que perfecta por Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, forjan en «Érase una vez en Hollywood» una amistad que ya es historia del cine. Y gracias a ellos, y aquí viene el gran «giro» de la película, Sharon Tate y sus amigos, al contrario de lo que el espectador en todo momento piensa que va a suceder (desde el plano detalle sobre el rótulo de Cielo Drive), no mueren aquella noche en su vivienda, sino que lo hacen los que verdaderamente «molestaban». «Es el cuento de cómo todo debería haber sido», analizó en su Twitter la compañera Lucía M. Cabanelas. Porque la película es una fábula perfecta, que derrocha ese sarcasmo tan clásico del cineasta por todas partes. O si no, que se lo digan a Cliff Booth, el «machirulo» que salva a uno de los mayores iconos femeninos del momento. Y que quizá vaya a ganar su primer Oscar por ello, de manera tan merecida como irónica.

Aunque «Érase una vez en Hollywood», como todas las películas de Tarantino, también es un completo homenaje al cine. Aunque esta lo es mucho más si cabe, puesto que desgrana al gusto de su autor el Séptimo Arte en su esencia, y en concreto, por la época en la que el director nació y en la que le hubiera encantado vivir. Para cualquier cinéfilo (y tarantiniano) que se precie, es imposible ver la película sin imaginarse lo mucho que se divirtió su autor rodando todas y cada una de sus secuencias. Sus referencias (musicales, biográficas, históricas…) son superlativas y ejemplifican la total admiración que al cineasta de Knoxville le despierta aquel Hollywood. Una industria y un momento que nunca deberían haber cambiado y que, en «su» realidad, tampoco lo hace, gracias a ese excepcional dúo que conforman Cliff Booth y Rick Dalton. El puto Rick Dalton.

Un sinfín de conexiones… y «Malditos bastardos»

Las conexiones entre el particular Universo (sí, con mayúsculas) del director se ven aquí exponenciadas al máximo nivel. Un hecho que se observa a la perfección en los personajes de Kurt Russell y Zoë Bell, dos asiduos del cineasta y a los que Tarantino también homenajea aquí. Russell, de quien el cineasta quedó prendado gracias a John Carpenter, otro de sus grandes ídolos, es Randy en «Érase una vez en Hollywood», el coordinador de dobles de la última película de Rick Dalton. Bell, la actriz que más ha trabajado para Tarantino, es Janet, la enérgica mujer de Randy. Una relación que, en cualquier otra película de cualquier otro director, pasaría desapercibida, pero no en el cine de Q.T.

Porque, hasta que comenzó a colaborar con el director de Tennessee, Bell apenas había trabajado como actriz al uso, sino que hacía carrera como doble de acción. Así, dio el relevo a Lucy Lawless en «Xena: la princesa guerrera» y a Sharon Stone en «Catwoman», entre otras, antes de fichar por «Kill Bill» para «hacer» de Uma Thurman en las escenas más complicadas. Una de ellas, de hecho, era tan difícil que el equipo de la película se planteó no rodarla. Pero Bell sí quiso hacerlo, se arriesgó y cayó mal durante la secuencia. Se fracturó varias costillas y una muñeca, por lo que tuvo que ser operada y pasó varios meses en el dique seco. Como «premio» a su compromiso y entrega, Tarantino le dio el papel protagonista en «Death Proof», donde se interpretó a sí misma y puso en relieve todas sus destrezas como especialista de dobles… para deshacerse del Especialista Mike, aquel temerario doble de acción al que dio vida Russell en el mismo largometraje. Una simbiosis perfecta, la de Bell (que desde «Kill Bill», ha tenido papeles en todas las películas del cineasta) y Russell, que Tarantino ha decidido llevar al máximo emparejándoles en «Érase una vez en Hollywood». El propio Russell lo expresó a la perfección, en una entrevista que el que firma esto le hizo para ABC. «Todo el universo de Tarantino está conectado. En “Death Proof”, yo interpretaba al Especialista Mike, que también trabajaba como doble... ¡por lo que mi personaje en “Érase una vez en Hollywood”, que es coordinador de dobles, seguramente le conozca!».

Conexiones, todas ellas, que se ponen en relieve simplemente mirando el reparto del filme. Un elenco que, como no podía ser de otro modo, cuenta con la particular «banda» del cineasta. «The Gang», traducido como «La pandilla», se puede leer en los rótulos del final del largometraje cuando en ellos aparecen Bell, Russell y otros habituales como Michael Madsen, Bruce Dern, Omar Doom, James Remar y Tim Roth, cuyo personaje fue cortado en el montaje final (solo falta Samuel L. Jackson). Todos ellos son parte de un núcleo que no deja de retroalimentarse, de navegar en círculos, y que en «Érase una vez en Hollywood» incorpora a Maya Hawke y Rumer Willis, las hijas de Uma Thurman y Bruce Willis, dos actores de relevancia capital para comprender el Universo Tarantino.

Y hablando de enlaces, pocos hay tan fascinantes como el que vincula la película con «Malditos bastardos», sexta obra de Tarantino. En ella, Pitt disfrutaba aniquilando nazis. Aquí, y con la ayuda de su perra Brandy y de Francesca Capucci (el personaje de Lorenza Izzo, exmujer del actor y director Eli Roth, íntimo amigo de Tarantino y otro de los «matanazis» por excelencia de «Malditos bastardos», y que curiosamente, en aquel largometraje y para colarse en aquel cine, adopta el nombre del director italiano Antonio Margheriti, que aquí «dirige» a Rick Dalton en una de las pelis que éste marcha a hacer a Italia) destroza en un plumazo a dos de los tres hippies que, en la vida real, acabaron con las vidas de Tate y sus amigos. Al otro, o a la otra, mejor dicho, la chamusca viva Rick Dalton... con el mismo lanzallamas que utiliza en una de sus películas para asaltar una reunión del Reich y hacer cenizas a un buen número de nazis. Para que al espectador le explote la cabeza, hablando mal y pronto.

Escena de Malditos Bastardos
Escena de Malditos Bastardos

Desenlace inesperado

Aunque en la historia real, como en la película, hubo una cuarta hippie en discordia: Linda Kasabian, que se quedó esperando fuera de la vivienda de Tate y Polanski mientras su compañeros desataban el terror. Pensó en huir cuando vio la crueldad de los actos allí perpetrados, pero no lo hizo y poco después emigró sin avisar del Rancho Spahn (donde vivían todos los integrantes de la Familia Manson, como se muestra en la película) y nunca regresó. Después, su testimonio fue crucial en el juicio contra Manson y el resto de criminales de su banda. En la película, es precisamente Maya Hawke quien da vida a Kasabian, que en el Universo Tarantino sí que huye antes de la masacre. Claro, que en este caso, y de manera totalmente inesperada, la perpetran Rick Dalton, Cliff Booth, Francesca Capucci y la perra Brandy.

Todo ello, y aunque ninguno de los integrantes de la película lo sepa, para permitir que Sharon Tate y los suyos puedan vivir felices y comer perdices gracias a la intervención de Rick y compañía. De hecho, no hay rastros de esa violencia tan tarantiniana hasta que los seguidores de Manson muerden el polvo, más allá de aquella escena en la que Cliff Booth le da una paliza a otro hippie y la mencionada secuencia de Rick con los nazis y el lanzallamas. Porque el objetivo de Tarantino está claro: tunear la historia a su manera hasta llegar al final con que él, y todo Hollywood, hubieran soñado. Un desenlace de lo más sorprendente, pues antes de ver el filme (y de la última escena) es imposible concebir la historia de la película sin pensar en el trágico destino de Tate. Tarantino recrea incluso aquella fatídica última cena de la actriz con sus amigos, y la figura de la intérprete se beatifica en todo momento durante toda la obra (con mención especial a la escena del cine), brillante trabajo de Margot Robbie mediante, para poner de relieve la gran estrella que pudo ser, hasta que un grupo de pirados se cruzó en su camino. Aunque sí que lo es, y lo será para siempre, dentro del Universo Tarantino, donde, entre cigarrillos Red Apple y hamburguesas Big Kahuna, los seguidores de Manson son ajusticiados con vileza y Hitler muere calcinado en un cine. Porque «Érase una vez en Hollywood» es el cuento perfecto y necesario, la corrección inmejorable a esa historia tan triste y que nunca debería haber sucedido.