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Estas son las 25 mejores películas de la década escogidas por 250 expertos

Ninguna española en una lista donde se cuelan una cinta polaca, otra tailandesa y otra iraní. El resto está colonizado por EE.UU y Reino Unido

Escena de Mad Max: Furia en la carretera
Escena de Mad Max: Furia en la carretera
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World of Reel, un portal especializado en cine, ha consultado a 250 expertos de la industria para cerrar una lista de las mejores películas estrenadas desde el año 2010. Entre los consultados hay críticos, académicos de cine y cineastas de medios como Variety, The New York Times, The Guardian o Berliner Zeitung.

Sorprende el número 1, Mad Max: Furia en la carretera (2015), de George Miller y protagonizada por Charlize Theron y Tom Hardy. Le sigue de cerca El árbol de la vida, que se quedó en segunda posición por apenas nueve votos.

Solo Paul Thomas Anderson es capaz de repetir en el top diez de las mejores de la década. Además, entre los 25 finalistas, no hay ningún cineasta español y solo uno Iberoamericano (Alfonso Cuarón y su «Roma»). La mayoría son filmes estadounidenses y británicos. Junto a ellos, un título polaco (Ida, de Pawel Pawlikovski), un tailandés (Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas), un iraní (Nader y Simin, una separacíón) y un alemán (Toni Erdmann). Esta última es, además, la única película dirigida por una mujer.

Número 1: Mad Max: Furia en la carretera (2015), de George Miller

Lo primero que hace este Mad Max que interpreta Tom Hardy, con el mismo paisaje y la misma traza que lo dejó Mel Gibson en el milenio anterior, es zamparse un lagarto de dos cabezas, tal vez una metáfora de lo que necesitara el espectador para seguir la acción de esta película.

El director, George Miller, con casi cuarenta años más pero con las mismas gafas, lo ha visto claro: que nada falte y que sobre de todo. Carrera imparable, pelea constante, música a todo trapo y personajes que no pasarían un sencillo test psicológico para portero de discoteca. La idea esencial y central es la superviviencia en ese mundo pedregoso en el que ya todo el mundo se tatúa con enorme arte, y no como ahora, aunque esa idea única tiene pegadas otras dos (quizás sin querer) realmente revolucionarias: el feminismo radical como garantía de futuro y el solitario misántropo como hipoteca de lealtad y compañía.

Una Charlize Theron casi entera (le falta medio brazo) ha de conducir a tumba abierta una caravana de mujeres hacia el mundo verde, y no es que sea una dietista de éxito, sino que se las arrebata al perverso Inmortan Joe (un macarra con careta) de la Ciudadela donde es el amo y señor. Y Tom Hardy, el solitario Mad Max, se une forzosamente a la aventura y hasta se le escapa algún que otro guiño de humanidad.

La película es la carrera enloquecida y la lucha bestial, y todo transcurre con la rapidez y la violencia de una manada de ñus en el rio de los cocodrilos; es imposible cronometrar un minuto de respiro, a pesar de lo cual George Miller se las arregla para que, entre los trenes descarrilados de la acción, aun haya varios momentos cumbres, de esos que te invitan a estirar el brazo y tomarte la tensión. El impulso es aplaudirlas, y hasta en tres ocasiones lo hicieron los asistentes a la primera proyección en el festival de Cannes. George Miller ha roto el cerdito para crear un espectáculo visual carísimo e insuperable, con un sorprendente diseño de fulanos tarados, de vestuario inimaginable hasta en la pasarela de París y con un parque automovilístico y armamentístico digno de las pesadillas de un dibujante de comics duros.

Hay que ser un lince para detectar la química que surge entre Charlize Theron y Tom Hardy, dos excelentes actores, ¡de método!, que aquí bastante tienen con no caerse del camión en marcha.

El dilema es si se le puede reprochar a una película descaradamente de acción que no deje de serlo en ningún momento. Y la certeza es que a uno la trama no le da tiempo ni a plantearse ese dilema ni a tener una respuesta.

Por Oti R. Marchante.

Segundo puesto: El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick

«Ha de suponerse, una vez vista la película, que lo que quería hacer con ella Malick es pura poesía, que se ha puesto frente al mundo y se ha dicho para sí mismo: voy a verte, a explicarte, y le ha salido una monumental obra cuya mitad, más o menos, son visiones espaciales, aéreas, con mucho aparato de nubes y fuegos y aguas, con una voz en «off» que si uno se empeña le compone un cuadro parecido al de Juan Salvador Gaviota; y cuya otra mitad se dirige a la explicación de la niñez, de la familia, de la vida, del tránsito hacia la muerte y de algunos otros abismos…

Negarle a «The tree of life» algunos momentos de sublime sensibilidad y de máxima belleza sería igual que negarle los otros, esos que parecen causados por algún producto estimulante o por la letra pequeña del decálogo de alguna secta. Era la gran favorita para ganar la Palma de Oro de este año, habrá que pensar, tras su conflictiva proyección y visión, que lo mejor será dejarla sin el «gran»; es decir, favorita y gracias». Crítica de Oti R. Marchante el día del estreno de El árbol de la vida en el Festival de Cannes de 2011.

Tercer puesto: Moonlight (2016), de Barry Jenkins

Una película aparentemente de esquina que se ha colocado en el centro gracias a su irrupción en los próximos Oscar en las mejores candidaturas, y que puede dar la sorpresa en alguna precisamente por su tamaño y la enorme sensibilidad de lo que cuenta. «Moonlight» es el segundo largometraje de Barry Jenkins y contiene dos grandes peculiaridades: de personaje y de lugar. La cámara acecha tanto el envoltorio como el relleno de un personaje en tres épocas cruciales de su (cualquier) vida, durante su infancia de chico negro «especial» en los arrabales de Miami, durante su adolescencia sufrida y con todos los clichés de su infancia ya enquistados en él, y durante su madurez, cuando ya es dueño de su personalidad (clichés) y tiene recursos para manejarla.

Sorprendentemente, Jenkins es capaz de controlar por completo todo ese recorrido y las diversas conmociones que produce el disparo del guión a su personaje: un niño que vive en un avispero (en casa, con su madre, con la droga, en el colegio, con el «bulling», en su barrio, para el que es definitivamente «blando»…), un adolescente que asume su homosexualidad y que, aún desarmado, intuye la necesidad de una costra y una reacción. La película consigue aclimatar todas las penosas circunstancias sociales que le rodean a su proyección o progresión como individuo, y le sustrae al espectador (podría considerarse un hallazgo) los detalles de su transformación: es curiosa la naturalidad con la que uno acepta las elipsis, y no es preciso ver el camino de sus metamorfosis, sin duda durísimo, para entender sus variaciones físicas y psicológicas, y una mutación mezcla de sí mismo y de aquel personaje de su infancia que lo ayudó (personaje que interpreta Mahershala Alí, por el que es candidato a un Oscar secundario).

Es una película dura e imantada, de narración y cámara precisas, y que probablemente viene, más que a criticar situaciones sociales y existenciales, a proponer un inevitable consenso entre ti mismo y tu entorno. Por Oti R. Marchante.

Cuarto puesto: Boyhood (2014), de Richard Linklater

Si tomamos la clásica metáfora de Heráclito del tiempo y del río, lo que hace el cineasta Richard Linklater es tirar literalmente la historia de sus películas al río, e ir repescándolas como puede corriendo con ellas desde la orilla. Fue capaz de contarnos veinte años de una pareja en tres rebanadas de tiempo real sacadas a caña (la excelente trilogía «Antes del amanecer», «Antes del atardecer» y «Antes del anochecer») y ahora filma la vida de un joven mientras bracea por la corriente de ese río durante doce años, de tal modo que somos testigos de sus cambios y crecimiento desde la niñez hasta que se independiza y va la Universidad. El actor es Ellar Colltrane, al principio un niño que vive la separación de sus padres (Patricia Arquette y Ethan Hawke) y al que la cámara sigue en los diversos procesos que le acarrea esa enorme y fructífera cantidad de tiempo que lo convierte en adulto.

Lo insólito de «Boyhood» es, evidentemente, su proceso de elaboración (sesiones de rodaje a lo largo de más de una década), lo que nos habla y muestra del paso del tiempo no sólo en ese niño, sino también en cuantos le rodean, y especialmente en rostros conocidos como los de Arquette y Hawke, pero lo milagroso es otra cosa, la sencillez, la naturalidad del relato que consigue atrapar no lo evidente del paso del tiempo, sino sus sutilezas, el sosiego con el que se va construyendo la personalidad, los cambios de emociones de sentimientos (las «mudas» de la piel del amor o del rencor en los personajes es aún más elocuente que el de la piel de sus rostros). Linklater mira en ese río y, sin alardear más que de una pura y simple ficción, sugiere todo lo que arrastra el tiempo de cualquiera, vida real, momentos de alegría, de tristeza, de dolor, dudas, rebeldía..., cambios mientras aún son imperceptibles..., cambios que naturalmente siguen aún cuando la película se acaba.

De tal modo es perfecta esta película, que nada, nada, le sobra, y sus personajes son como los ha ido modelando el tiempo. Acaso podría uno preguntarse por qué le ha puesto Fin, aunque tratándose de Linklater no hay que descartar, puesto que el río fluye y la historia sigue flotando en él, que encuentre algún otro momento para echarle la caña desde la orilla.

Por Oti R. Marchante.

Quinto puesto: La red social (2010), de David Fincher

En la primera escena, una pareja de jóvenes habla, discuten entre ellos, y él, con esa expresión de lelo que a veces tienen los genios, maneja un lenguaje desacompasado con su cabeza o con la nuestra: es alguien que sufre por hacerse entender... La primera impresión que deja David Fincher, el director de «La red social», de su personaje, Mark Zuckerberg, se corresponde con la última como las dos tapas de un sándwich. Al comienzo le dice su novia: «Vas por la vida creyendo que no le gustas a las chicas porque eres un cerebrito antisocial, pero no es por eso, es porque eres un gilipollas»... Y al final, le dirá otra chica: «No eres un gilipollas, Mark, aunque haces grandes esfuerzos por parecerlo»... Entre estos dos momentos de pan con una dura corteza está el doble relleno: el potencial creador y el potencial destructor del hombre (un chaval) que se inventó Facebook, que es esa red social con unos quinientos millones de «amigos», cuya peripecia cuenta ahora Fincher (el director del claroscuro, del zen sórdido, del hacha suave, el director de «Seven», «El Club de la lucha» o «Zodiac») con el dedo puesto en el pulso vital y social de alguien incapaz de (re)tener a uno sólo de entre esos quinientos millones.

La estructura narrativa que propone Fincher para contar esta historia, una especie de biopicuntado con curare, es magistral: se enlazan y confluyen dos tiempos, el pasado en proceso de composición (cómo y dónde se urdió Facebook) y el presente en proceso de descomposición, con el alma de Zuckerberg debatiéndose entre las ganancias y las pérdidas... Terrible retrato de un Charles Foster Kane con granos y camiseta cuyos intereses y anhelos son una incógnita, pues no apuntan al dinero o al poder y ni siquiera se presiente en él un «rosebud» que justifique las ansias de situarse en el centro del mundo en un tipo al que no invitaban a las fiestas exclusivas de Harvard.

Y es magistral la estructura narrativa porque no sólo enlaza tiempos, sino también puntos de vista y de moral: la historia, el pasado, nos lo cuentan los ojos que rodearon a Zuckerberg, es decir, aquellos que rellenan las cunetas de su trayecto hasta la cima. No hay promoción ni del personaje ni de su obra, no hay tesis ni antítesis, no se enjuicia ni se sentencia, acaso Fincher les cambia el movimiento y la voracidad a sus piezas de ajedrez y el peón se come al rey, el alfil se mueve como un caballo y hasta se le cuela en el tablero un joker, papel que interpreta el diablillo Justin Timberlake. Por lo demás, el protagonista, Jesse Eisenberg, se parece al personaje real hasta en el apellido.

Por Oti R. Marchante.

Sexto puesto: The Master (2012), de Paul Thomas Anderson

«Las coincidencias con L. Ronald Hubbard y su iglesia de la Cienciología son sólo el cebo que usa Paul Thomas Anderson para atrapar un pescado infinitamente más grande y esencial, el estado de ánimo de un país, Estados Unidos, en el coma inducido de la postguerra, y sobre todo el estado de ánimo del individuo, en cuya alma llena de estrías se atrincheran sentimientos tan incompatibles como la profunda depresión y la intuitiva y manipuladora sensación de renacimiento, de explosión y posibilidad de un hombre nuevo. El genial director usa materiales tangibles para hacer un retrato abstracto, un dibujo en el que no se aprecia el pájaro sino su vuelo. Materiales tangibles y sublimes, como la interpretación extrema de Joaquin Phoenix, que es la depresión, y la absolutamente magistral de Philip Seymour Hoffman, que es la vitalidad, la ilusión, la perversión y la causa… pero lo que vemos en la pantalla son los efectos.

Impresionante choque de actores convertidos en la idea que sustenta la animalidad y la intelectualidad del hombre, y nos muestra un viaje terrible en el que serán los propios despojos los que subrayen su individualidad. Y en ese choque está lo sublime de esta película, en la capacidad de Phoenix para transmitir animalidad con ese Freddie Quell completamente roto y en la imposibilidad de Seymour Hoffman, o de su creativo personaje, Lancaster Dodd, en «pegarlo», o sea, en realidad, en sustraerle el animal que lo convierte en individuo. Una contradicción bien retratada en contradictorias secuencias en las que lo brutal, lo extremo, encajan con otras de pretendida serenidad intelectual, tal y como encajan los dos personajes, que se fotografían mutuamente y descubren su alma complementaria. «The Master» sabe ocultar la complejidad de lo que cuenta como un mago que enseña su mano limpia.» Por Oti R. Marchante.

Sétptimo puesto: Roma (2018), de Alfonso Cuarón

«¿Dónde ha ido Alfonso Cuarón para encontrar esta «Roma» y de dónde nos la trae? La pregunta no es retórica, pero la respuesta, sí. Cuarón ha ido a por ella a su infancia y nos la trae de una barriada de clase media de México.

Que viene de su interior, de su memoria o de la sublimación de ella, nos lo sugiere el maravilloso blanco y negro con el que adorna su paisaje social, de crónica familiar, la suya propia, narrada a una temperatura insólita en la que lo hirviente y lo templado forman un cálido vaho en la mirada. Es la mirada del recuerdo, de la infancia hacia el universo que la ordena, reposada en la joven sirvienta (¡qué personaje!) y alterada en la familia a la que sirve, un matrimonio y sus cuatro hijos (presumiblemente, Cuarón es uno de ellos), y a ese tiempo despojado de horas por el que pasa el mundo entre juegos, tareas del hogar, discusiones matrimoniales que apenas se oyen, y un espacio interior en el que se hace grande lo mínimo, lo íntimo, la respiración de lo cotidiano, pero también sugiere lo gigantesco, los terremotos y las revueltas sociales y personales (la intrigante figura del padre, que se sale de esta película y, mientras tanto, vive en otra película que no es la que nos quiere contar Cuarón, pero la masculla).

Sin alarde, con la aparente sencillez de un ejercicio más de ese músculo raro que llamamos memoria, la cámara de Cuarón penetra, o se deja penetrar, sin agresividad en esa historia llena de alegría, amor, consuelo y protección hasta que, de modo sutil y natural, también permite que la violencia, la oscuridad y los miedos entren y masajeen ese músculo. Todo es emotividad sin cálculo, reflejo como de lo recién rodado, sentido, pero en la parte final se desborda hacia algo tan enorme, tan poderosamente puro, angustioso y gozoso, que se sale de ella como quien llega a la orilla de un mar agresivo y revuelto. Una película de la memoria y para la memoria.» Por Oti R. Marchante.

Octavo puesto: El hilo invisible (2017), de Paul Thomas Anderson

«Ese hilo fantasma, invisible, al que hace referencia el título se refiere sin duda al que utiliza ese notable director, Paul Thomas Anderson, para coser la relación entre los tres personajes de este relato, un hombre dedicado a su obsesión por la elegancia femenina, su hermana dedicada a limpiarle el camino de impurezas y una mujer que llega al camino para alicatárselo de mundo, demonio y carne. Aparentemente, Anderson propone una panorámica visualmente espectacular sobre la moda de mediados del siglo pasado y sobre los rituales para adornarse por fuera, pero lo esencial, lo mejor de la película, es el modo en que este director tan sumamente malicioso engalana por dentro a sus personajes, y muy profundamente al protagonista, Reynolds Woodcock, de quien conocemos hasta el menor detalle de su personalidad tras el apoteósico retrato que la cámara de Anderson nos brinda como si fuera un pincel: cómo se viste, cómo se peina, cómo mira a «sus» mujeres, cómo persigue lo que quiere y cómo alterna con maestría la distancia larga y corta…, y todo ello volcado sobre la interpretación de Daniel Day Lewis, un actor sublime que vive incrustado en sus personajes como un caracol en su concha y le otorga a este diseñador obsesivo una complejidad y un alma laberíntica que no es nada fácil detectar, entender, con una cabeza en reposo, sin oleajes, y tanto produce irritación, como admiración, como incluso amargor y pena. Pero estamos en una película de Paul Thomas Anderson, ese tipo malicioso que hizo «Magnolia», «Boogie Nights», «Pozos de ambición» o «The Master», y hay que esperar, por lo tanto, que su historia nos provea de al menos una gota de colirio sulfuroso que pique a rabiar y utiliza para ello a los dos personajes femeninos (la hermana, Lesley Manville, tiene un peliculón ella sola), y especialmente el que interpreta Vicky Krieps, la amante, el adorado tormento, ese punto de perversidad, de veneno, que necesita el cine de Thomas Anderson, el ardor entre el frío… Lo justo para voltear todo lo que creíamos haber visto. Mentira: «El hilo invisible» nos cuenta otra cosa, más profunda, más oscura, más temible». Crítica de Oti R. Marchante.

Noveno puesto: Nader y Simin, una separación (2011), de Asghar Farhadi

«De un modo sencillo, con un absoluto control sobre lo que quiere decir, Farhadi cuenta su país entero, su cultura, su moral, mediante un complicado proceso de separación de una pareja ante la que se van presentando tales problemas, tales encrucijadas éticas que uno sale de ellas entre sudores. El conflicto surge porque ella quiere irse del país y él no puede seguirla porque ha de atender a su padre con alzheimer; la elección de la hija y un turbio proceso con la mujer que atiende al abuelo, contribuyen a darle aún más profundidad moral a la historia y de la película». Crítica de Nader y Simin de Oti R. Marchante en el Festival de Berlín de 2011.

Décimo puesto: «A propósito de Llewyn Davis» (2013), de Joel Coen y Ethan Coen

Oscar Isaac, a quien Amenábar había invitado a su Ágora, da la cara por el muchacho en una actuación ejemplar, cuando canta y cuando recita sin guitarra la elegía de la derrota que le escriben los hermanitos, especialmente inspirados en su crudeza. Las troneras son distintas y el afeitado rubio de Paul Newman se torna barba de artista sin plato (ni abrigo), pero su alma es la misma que molía a palos Robert Rossen en El buscavidas.

Puesto sobre la pista, el lector querrá saber también si la película es digna de tanto premio y alabanza. Y habrá que convenir que sí. Desde el primer acorde, Joel y Ethan abruman con su grandeza. Los tíos enfocan un micrófono sobre un escenario vacío y parece que lo han inventado ellos. Les sirve igual un portero automático o un gato. Si en sus primeras películas rodaban sin terminar ni un plano «normal», ahora dan la sensación de acabarlos en algún material especial, en una especie de 3D del talento con final redondo. Escriben mejor, sin más. En algún sitio esconden el secreto de su mirada distinta, como Carey Mulligan, sublime sin necesidad de minutos. Los otros secundarios son grandes, pero alguno de sus minutos dura más de sesenta segundos.

Dicho lo cual, no está de más advertir también de algún riesgo. El folk no engaña y Llewyn Davis no cambiará los gustos a nadie, por grande que sea la banda sonora. Y en este garito las canciones son pocas pero se sirven enteras; esto no es un menú de degustación. Es el reverso del sueño americano -no su pesadilla, que sería más comercial-, la vida de un artista con más talento que futuro por su nefasta mezcla de fatalidad y autodestrucción. Los Coen afilan en su lomo el humor más sutil y perverso e incluso Davis se parece, como apunta mi sagaz vecino, al Brian de los Monty Python. Tampoco era Jesucristo, pero estaba allí, en el momento y época precisos, para contar la misma historia, a su manera.

Por Federico Marín Bellón

Puestos del 25 al once

11. Déjame salir, de Jordan Peele.

12. Under the Skin, de Jonathan Glazer.

13. Carol, de Todd Haynes.

13. Margaret, de Kenneth Lonergan.

15. Toni Erdmann, de Maren Ade.

16. Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, de Apichatpong Weerasethakul

17. Twin Peaks: The Return, de David Lynch.

18. Her, de Spike Jonze.

18. Call Me by Your Name, de Luca Guadagnino.

20. The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer.

20. Origen, de Christopher Nolan.

20. Holy Motors (Léos Carax)

21. La ciudad de las estrellas: La La Land (Damien Chazelle)

21. 12 años de esclavitud (Steve McQueen)

23. Copia certificada (Abbas Kiarostami)

24. The Florida Project (Sean Baker)

24. Amor (Michael Haneke)

25. Ida (Pawel Pawlikowski)