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Festival de Cannes: Bellocchio ilustra el «crack» de la Mafia siciliana en «Il traditore»

Un armatoste insufrible de cuatro horas de Abdellatif Kechiche, con eterno «chunda chunda» discotequero y un intermedio de «chunda chunda» sexual

El equipo de Bellocchio
El equipo de Bellocchio - AFP
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La competición anunciaba una jornada terrible pero al mismo tiempo interesante: la película de Marco Bellochio, «Il traditore», sobre el primer delator de la Cosa Nostra siciliana, Tommaso Buscetta, y lo último de Abdellatif Kechiche, el director que ganó la Palma de Oro con «La Vida de Adèle», que se presentaba con «Mektoub, My Love: Intermezzo», de cuatro horas de duración…, es decir, entre una y otra unas siete horas de pantalla. Lo interesante lo absorbió todo Bellocchio y lo terrible e insufrible, Kechiche.

«Il traditore» ilustra y narra sin florituras (con la salvedad de algún «flashback» innecesario) los últimos años de la vida de Tommaso Buscetta, miembro de la Cosa Nostra que decidió romper la «omertá» y cantarle de plano al juez Giovanni Falcone todos los pormenores de la Mafia siciliana, nombres, crímenes y contactos con los políticos, y que terminó en un macro proceso que llevó a prisión a varios centenares de mafiosos y con el siniestro «capo» Totó Riina, al que apodaban «la Bestia» por su afición a la poesía y otras bellas artes. Bellocchio clava tipos, jetas, ambientes y motivaciones, intenta con éxito entrar en la personalidad de Buscetta, interpretado por Pierfranceso Favino (protagonista de »Suburra«), que no sólo tiene ese corte de cara «pero que parezca un accidente», sino que además hace una espléndida interpretación, rica en tonos del negro y otros matices; de las mejores que se han visto en este festival.

Bellocchio construye con precisión un relato que viaja de Sicilia a Brasil y a diversos lugares de Estados Unidos, pero la sustancia está en los careos, el proceso, el juicio y el ambiente realmente maléfico, dañino, grotesco de los acusados presentes y enjaulados durante el juicio (es imposible no encontrar siniestro parecido con lo visto y por ver en España en situaciones parecidas con nuestras propias mafias). Aunque la película deja asomar el cambio, el arrepentimiento y las razones que llevaron a Buscetta a traicionar su código mafioso, lo siniestro de su personaje y su pasado (que se obvia) también asoma, real o metafóricamente, en el tipo miserable al que le ordenan matar y anduvo toda su vida poniendo a su hijo desde que nace delante de él. Se salía de «Il traditore» muy entretenido, ilustrado y muy combatiente contra cualquier tipo de «omertá», pero sobre todo sin saber lo que se venía encima con el armatoste de Abdellatif Kechiche.

«Mektoub, My Love: Intermezzo» es la segunda parte de “Mektoub, My Love: Canto Uno”, que hemos tenido la suerte de que ningún distribuidor español nos permitiera verla (por eso, solo es una suposición que más que Canto Uno sería cantazo). En este Intermezzo continúan los personajes y actores de la primera, unos cuantos jóvenes en un lugar de vacaciones y poco más. La estructura de la película es sencilla: una primera secuencia de playa de 45 minutos en la que no hay nada más que intrascendencia (la trascendencia playera es un mundo por descubrir), y en los que la cámara de Kechiche, muy guarrilla, busca la carne sin disimulo. Una segunda secuencia, ya eterna, de horas y horas, en una noche de discoteca, con la imaginable trascendencia también por descubrir. Ni un instante sin musicón, ni un instante sin el tremolar de muslos, lo de arriba y lo de más arriba: de cerebro para abajo, todo es un no parar. Y un corte en la secuencia discotequera para meter la cámara en un cuarto de baño, donde una pareja tienen veinte minutos de ejercicio sexual que, sin entrar en detalles, pero con la sudorina del baile y del ajetreo, te deja mal sabor de boca, y que no alude, salvo en lo jocoso, al Cantar de los Cantares. ¿Y dónde puede llevarse esta película de Kechiche?..., desde luego a un geriátrico no, y a una sala de cine, menos.