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Muere a los 83 años Bibi Andersson, la musa de Ingmar Bergman

Protagonizó películas como «El séptimo sello» (1957), «Fresas salvajes» (1957) y «Persona» (1966)

Bibi Andersson, en una fotografía de 1981
Bibi Andersson, en una fotografía de 1981
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A esa edad en la que el común de los mortales está demasiado perdido decidiendo qué hacer con su vida, buscando un destino o inventándolo, Bibi Andersson ya se ponía a las órdenes de Ingmar Bergman. Era 1951 y ella tenía dieciséis años, pero lo raro no era eso –la precocidad es tan antigua como el arte–, sino que estaban rodando un anuncio de limpieza. En él, interpretaba a una princesa que tenía que dar cien besos a su marido a cambio de una pastilla de jabón... No puede elegirse una situación más pintoresca para comenzar una relación artística de la que saldrían algunos de los más sabrosos frutos la historia del cine (sueco y no) como «El séptimo sello» (1957), «Fresas salvajes» (1957) o «Persona» (1966). En cambio, el final de su vida ha sido más pedestre, como de costumbre, por otra parte. Andersson se apagó el domingo a los 83 años, en Estocolmo, muy cerca de su Kungsholmen natal. No rodaba desde 2009, cuando un derrame cerebral le paralizó parte del cuerpo.

Nacida en 1935 como Berit Elisabeth Andersson, su primera película acreditada fue la comedia «Dum-Bom», de Nils Poppe, estrenada en 1953. Tan solo dos años después llegaría su primera película con Bergman, «Sonrisas de una noche de verano», también, claro, una comedia. Juntos rodaron otros doce largometrajes, aunque las más inmortales, si es que a este adjetivo se le admite la gradación, fueron dramas. A las de arriba podríamos sumar, por ejemplo, «Pasión», «Secretos de un matrimonio» o «En el umbral de la vida». Por esta última se llevó a casa el premio a mejor actriz de Cannes. Todas estas historias, por cierto, se movían en un registro bien distinto del humor. Nada extraño: ella podía enamorar encendiendo sonrisa del mismo modo encogía el corazón cuando la apagaba. Su belleza escondía sombras.

Con Liv Ullmann, Ingrid Thulin y Harriet Andersson, formó el póker de mujeres sin el que sería imposible entender al cineasta sueco. Se la conocía, a ella y a las demás, como «la musa de Bergman», pero en su más de medio siglo de trayectoria se esforzó por trascender este marchamo. Trabajó con John Huston en «La Carta del Kremlin», y con Robert Altman en «Quinteto». Incluso se dejó ver en esa maravilla que es «El festín de Babette», Oscar a mejor filme de habla no inglesa en 1988. También ejerció como directora, para la gran pantalla y para las tablas. Jan Holmberg, cabeza de la Fundación Ingmar Bergman, la despidió así en declaraciones a AFP: «A menudo interpretaba personajes simples y, a veces, mal escritos, por se metía esos papeles y los hacía mucho más grandes».

Su fama se extendió más allá del norte. Escapó del frío en Francia, Argentina e Italia. También en España, a la que la unió final. Aquel 2009 en el que abandonó el oficio (o en el que la salud la abandonó a ella, mejor dicho) se despidió con «La escarcha», una adaptación de Ibsen firmada por el barcelonés Ferran Audí. Ya antes había protagonizado «Una estación de paso», de Gracia Querejeta. Y no menos importante: de ella viene el nombre de la actriz Bibi Ándersen, que ahora es Bibiana Fernández... Cosa de firmas.

A su autobiografía, publicada en 1996, la tituló «Un parpadeo». Ni con todos los parpadeos del mundo se difuminará el celebérrimo plano que compartió con Liv Ullman en «Persona». Fue ahí donde demostró que era mucho más que una «cara bonita». Reveló su fragilidad, su inseguridad. Siempre se lo agradeció a Bergman. «Él era totalmente consciente de mi personalidad. Estaba mejor tratando de mostrarla. Es una buena manera de conocerse a uno mismo», recordaba en una entrevista a American Film en 1977.