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«El caso Alcàsser»: Conspiranoico es lo único que se puede ser

La miniserie sobre el célebre caso de las chicas asesinadas en Alcácer está ya disponible en Netflix

«El crimen de Alcàsser»
«El crimen de Alcàsser» - NETFLIX
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Aunque haya que agradecer la dedicación empleada, el documental de Netflix sobre el caso Alcácer (ya para siempre Alcàsser) es una muestra de periodismo confuso, de intenciones aún más confusas y de sesgo ideológico evidente.

De confusión periodística porque las muchas dudas que despierta el caso no son tratadas de forma meticulosa y ordenada. No se entra a fondo en el sumario y se decide, llegado un momento, que de entre las varias hipótesis alternativas quede la de la cinta «snuff» que alguien le habría dado al párroco.

El documental empieza pronto a ocuparse de los excesos televisivos personalizados en Nieves Herrero, para dedicarse luego a las desventuras de la pareja formada por Fernando García y el investigador Juan Ignacio Blanco. Después, cuando casi nos hemos olvidado de Anglés, se acaba con una tranquilizadora conclusión llevando el caso a morir en las aguas del feminismo y las leyes de género.

No era el mal diabólico a lo que nos enfrentábamos, sino a un crimen machista. Y no era un héroe nacional el padre coraje, sino un hombre hambriento de fama que pudo hasta lucrarse. Esto es lo que se va dibujando.

Pero salimos del documental como entramos. ¿Y la ausencia de restos? ¿Y el arma? ¿Y los cambios en las versiones de Ricart? ¿Y la naturaleza inhumana de las lesiones? ¿Y los pelos encontrados? ¿Y la fuga de Anglés? ¿Y los otros crímenes de la época en esa zona?

El documental acaba en un final moralizante en el que tras haber denostado la televisión de entonces y haber puesto mucho cuidado en menoscabar la autoridad de los discrepantes, doctor Frontela incluido, una profesora nos reinterpreta el caso en términos feministas. Eso que sentimos no era el terror metafísico a algo atroz, era el heteropatriarcado buscando limitar los movimientos de la mujer. La ley (¡Oh, políticos!) acudiría años después al rescate, y la televisión revisaría sus códigos. ¡Qué buenos somos todos!

El documental mete ese crimen y el bucle inacabable de dudas y espanto que generó en la máquina ideológica actual, para reinterpretarlo. Pero queda la sensación de que al final, en España, conspiranoico es lo único que se puede ser.