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La gran lección política del final de «Juego de tronos»

El último episodio de la serie de HBO revela una profunda visión de la historia y el poder

Crítica del final de Juego de Tronos

Daenerys de la tormenta - HBO / Vídeo: Los fans de Juego de Tronos se reúnen en Manhattan para ver el final de la serie
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[Atención, el artículo contiene spoilers sobre el final de Juego de Tronos]

Pese a ser despachada con displicencia como un mero culebrón, Juego de Tronos tiene una profundidad política suficiente como para afirmar que supera, con mucho, el habitual discurso político español. Es más, como quedó demostrado con el súbito y delator apasionamiento de Pablo Iglesias con Daenerys de la Tormenta, la serie permite desvelar la inmadurez política y la torcida mitología de nuestra joven clase experta. Va a ser realmente un festín leer cómo los innumerables análisis de la serie eluden la gran lección de su final: el retrato de la utopía comunista y socialista. Solo por esto, la serie debería ser mostrada en los colegios.

Al comienzo del último episodio, tras la destrucción de la ciudad, vemos a Daenerys en una parafernalia nazi bajo una gran bandera y vestida de cuero frente a su poder militar, pero lo que revela a partir de ahí es la descripción del sueño comunista de traer el paraíso a la tierra. No es la imposición de un sueño étnico o nacional, es un proyecto cargado de buenas intenciones pues ella cree hacer lo correcto. ¿No harías tú todo lo necesario si tuvieras esa certeza?, le pregunta Tyrion a Jon Snow. Ella conoce el Bien y se lo impondrá a sus súbditos ya liberados, a los siete reinos y al mundo conocido arrasando reinos, costumbres, leyes, normas establecidas e imponiéndose a la verdadera naturaleza humana. Porque a la aventura de Daenerys le acompaña el sueño de un hombre nuevo, libre, preludiado por los Inmaculados que la siguen con fidelidad religiosa en una especie de tabla rasa humana.

Esta última temporada presenta dos riesgos de apocalipsis. Uno, el de los Hombres Blancos, que son el resultado de la profanación humana de la tierra al apoderarse del Árbol, que bien puede ser el árbol de la Ciencia. Esto es el apocalipsis nuclear.

El segundo es el riesgo del dominio mundial de la Khaleesi. El infierno provocado por la voluntad de traer el paraíso a la tierra.

Daenerys contribuye a evitar el primero (como los comunistas evitaron el nazismo) pero constituye en sí misma el segundo. Alguien le debería preguntar seriamente a Pablo Iglesias, admirador de la “empoderada” Khaleesi, por el Final de Tronos.

No era Daenerys el gran personaje, ni siquiera Jon Snow, salvador del mundo varias veces pero siempre necesitado de consejo y dirección. Quizás la grandeza de la serie está en Lord Varys. El héroe es Lord Varys.

Juego de Tronos fue desarrollando una galería de personajes demediados, mancos, emasculados, mutilados, tuertos, quemados y llenos de cicatrices hasta acabar poniendo en el trono a Bran El Tullido (podríamos llamarle Bran El Roto pues también es “siempre certero”). Esto parece una concesión de la serie a los tiempos actuales (no hay discapacidad que nos prive de alcanzar nuestro potencial real) pero también habla del encanto particular de sus personajes. La experiencia se acumula como pérdida, se acumula además en el cuerpo, que incorpora el relato de estos personajes deambulantes por la historia y por Poniente. Van dejándose pedazos de sí mismos de una forma que a la vez les completa por aprendizaje. Theon Greyjoy es castrado y eso cambia y refuerza el arco del personaje. Lo mismo le ocurre a Jamie Lannister.

Lord Varys era eunuco y como tal ocupa un espacio intermedio, distinto. Lo primero que sucede después de derrotarse a los Caminantes Blancos tiene que ver con él. En la fiesta nocturna celebran la victoria y Lord Varys observa desde el fondo el juego de miradas, las inquietudes humanas que se están larvando. Ya sabe lo que le pasa por la cabeza a la Khaleessi. Es un plano fabuloso que retrata al personaje, siempre en espacios de sombra, oblicuos. La ambigüedad de su condición le permite el sigilo, huir de los lugares tradicionales del hombre y la mujer, ocupando parte de los dos. Se refugia en una sombra, en una esquina, en su condición distinta. Los reyes y héroes hacen la historia movidos por su pasión de dominio, por su voluntad, por el eros rampante. Él no, como dijo Cersei sospechando, “Él no tiene polla”. ¿Hasta qué punto es fiable? Ya no es vulnerable, ya no es débil.

Y Lord Varys, con ese aspecto de teclista de La Mode, salta de rey en rey como un Iván Redondo de Poniente, como si fuera un genio de la supervivencia, pero siguiendo una fidelidad real. Lo llega a decir al principio de la serie: “Soy leal al Reino”.

¿Y qué es el Reino? Lo explicó el otro consejero, el otro intrigante Meñique, que también miraba todo desde una posición distinta respecto al sexo. Frente a la asexualidad de Lord Varys en un mundo apasionado (aunque en él hay una sensualidad en la mirada llena de humor y melancolía), Meñique explotaba la sexualidad de los demás como regente del burdel. Dominar el sexo, la actitud personal hacia el sexo, era una primera forma de poder. El sexo no podía con Lord Varys, Meñique manejaba el sexo como recurso.

Pero volvamos a lo que decía Meñique: “¿Qué es el Reino? Son las mil hojas de los enemigos de Aegón (de las que está hecho el trono de hierro), una historia que acordamos contarnos una y otra vez, hasta que olvidamos que es una mentira”.

Esto vuelve en el último episodio, en el que muerto ya, Lord Varys está presente a través de la expiación de Tyrion, su amigo y continuación. Al proponer a Bran como rey, Tyrion explica que Bran tiene la historia. La mejor Historia. Y es la historia, una historia, lo que une a la gente (lo sabe Juego de Tronos mejor que nadie, una historia ha unido a media humanidad). Bran fue un niño que se cayó de una ventana y que al no poder andar aprendió a volar. Esto es aun mejor que lo de los dragones.

Y esta historia es lo que vestirá el Poder, su ropaje, su envoltorio. Esto es la legitimidad, el cuento, si acaso, de la legitimidad. No es exactamente el poder. Es esa historia que nos contamos hasta olvidar que es mentira.

El reinado de Bran es, cómo no, el de uno de los “impedidos” supervivientes, es el reinado de un Stark, de la mejor historia-legitimidad y es además otra cosa. Bran conoce todo. Bran conoce el pasado y el futuro, el origen del mundo. Bran en realidad ejerce una función religiosa, una autoridad sin culto. ¡A su infalible seguridad, a su dominio encarnado de la historia se agarra políticamente Poniente!

Pero volvamos a Lord Varys: “Mi fidelidad es al reino, a la paz en el reino”. La fidelidad de Lord Varys es a algo difícil de definir, a una abstracción o una “mentira” pero nunca algo fanatizado y nunca completamente ideal. Lord Varys conspira para que haya continuidad en el reino y para que gobierne el mejor o el menos malo. Por eso su conspiración y su cambiar de chaqueta no son centrismo adaptativo (¡quitad vuestras manos de este coloso de la visión nacional!), sino las formas de un político que asume el riesgo definitivo y lo paga con su vida. Lord Varys, que conoce la naturaleza humana y el poder, los entresijos de la maquinaria maquiavélica del alma, y que conoce la sangre de la que proviene, sabe que Daenerys será una loca totalitaria que destruirá la ciudad y el reino. Acierta.

Lord Varys acierta y su espíritu está presente cuando los nobles que quedan se reúnen después de la muerte de Daenerys, un tiranicidio que Tyrion justifica como si leyera al Padre Mariana redivivo en el siglo XX. Esa justificación, si recordamos, la ensaya para sí, reivindicándose, Jamie “Matarreyes” Lannister unos capítulos antes.

En esa justificación ya respira la preocupación por el pueblo. Si no hace lo correcto, si es un peligro para los súbditos, el tiranicidio es legítimo. Porque hay algo más importante que el poder y el trono: el pueblo. Esa fue la preocupación de Lord Varys encerrada en la expresión “el reino”. Tyrion no lo vio, cegado aún por la fidelidad legitimista a Daenerys. Es Lord Varys el que anticipa el nuevo sujeto, que en realidad no es nuevo. A los súbditos les debe respeto el monarca, a lo justo, a lo proporcionado, si quiere continuar. Lord Varys engrasaba esa maquinaria de recambio de monarcas. Y el “reino” era una abstracción, no el mero poder, sino su necesaria continuidad.

Podemos fantasear, por tanto, con un Lord Varys preocupado por la nación Poniente que utiliza el poder como instrumento al servicio de la población.

Cuando se reúnen los jefes de las casas restantes con Tyrion y el Inmaculado Gusano Gris para decidir qué se hará del mundo, el realismo de Lord Varys está flotante porque su visión y diseño inspiran a Tyrion. El dragón Drogo (la escritora América Pacheco ha visto genialmente que, ante la muerte de Daenerys, el rostro del dragón tiene mayores registros expresivos que el de Jon Snow) ha derretido el trono de hierro, pero a pesar del poder poético de la imagen, eso no ha terminado con el poder. El poder es una necesidad humana (George R. R. Martin no parece comunista y tampoco es anarquista), algo que está en el hombre. En esa discusión surge la posibilidad de la democracia, rechazada entre risas como una locura. La propone Tarly, tímidamente, y esto tiene un antecedente en Renly Baratheon (aquel joven rey gay que muere pronto), que de un modo aun absolutista, ingenuo y semiilustrado ya tenía la preocupación del pueblo, del reino para el pueblo.

Rechazada la democracia, surge una forma de gobierno curiosa: una monarquía electiva. Rechazan abiertamente, como principio escarmentado, la herencia monárquica. “El nuevo monarca será siempre elegido”. Pero es un monarca, un rey poco o nada limitado en su poder, y elegido por un consejo de aristócratas. Las élites, la aristocracia, no son eliminadas. Forman parte del consejo o cónclave de elección.

Pero en esto hay algo nuevo. Las guerras han refrescado las élites, han circulado. El consejo que rodea a Bran está formado por gente como Brienne, Sir Davos, Podrick o Bronn, una aristocracia nueva, del mérito, que son los grandes personajes auxiliares, los grandes leales prudentes que sobreviven por serlo.

Poniente será gobernado por un monarca omnisciente que conoce el origen del mundo, sus límites, su realidad mundana y a la vez trascendente (como si reuniera en él lo político y lo religioso), elegido por un consejo de nobles y asistido por una nueva aristocracia del mérito.

¿Aciertan aquí Tyrion y los demás? El principio electivo, la capacidad de elegir, “moderniza” la forma de gobierna, la hace superficialmente democrática o televisivamente “republicana”, quizás como una advertencia contra los reyes locos, contra las sagas de poder incestuosas y enloquecidas de los Targaryen, Lannister y Baratheon (que en cualquier caso llegan agotadas, todas en un fin de saga), pero esto no sabemos si es muy “histórico” y quizás sea la gran debilidad del final que propone la serie. Los expertos deberían decir algo al respecto. La monarquía electiva fue algo previo a la hereditaria, que se impone después en la historia de España, por ejemplo, por la necesidad de un poder más fuerte. Quizás evolucionase a algo intermedio, como la monarquía del heredero no natural de los romanos.

El final de Juego de Tronos es un reordenamiento del mundo en absoluto revolucionario. No hay una revolución, pues, en los Siete Reinos. Más bien lo contrario. Abortada la revolución de Daenerys, el nuevo mundo es el anterior corregido. Un mundo nuevamente ordenado alrededor del protector del Árbol, con la “modernidad” “estatal” que inspira Lord Varys. A partir de la nueva estabilidad que garantiza el poder político-omnisciente de Bran, el mundo puede extenderse. Puede ampliarse. Por eso Arya se va más allá de Westeros. Al Más Allá del mundo, a expandirlo hispánicamente con la única ayuda de su espada-aguja.

Es tan ordenado el nuevo mundo tras los caminantes blancos y la destrucción de Desembarco del Rey, que los bancos no han sido tocados. Braavos, donde está el Banco de Hierro, no solo no se ve afectada, sino que tampoco pierde. La banca también gana en Juego de Tronos.

El nuevo encargado de las finanzas (no por casualidad, el mercenario Bronn) le confirma a Tyrion que las deudas se han pagado. Ya pueden endeudarse para remediar el hambre y acometer la reconstrucción. Nuevos créditos moverán un estado un poco más asistencial y la obra pública, lo que garantizará más beneficios a la banca, que siguió haciendo cálculos mientras el mundo estaba a punto de desaparecer.

No sabemos, pero tampoco se nos ha negado, si los banqueros conspiraron con el Rey de la Noche o susurraron al oído de Jon Snow antes del desenlace final. Daenerys no les convenía financieramente. Su beneficio estuvo siempre en la financiación de poderes alternativos, como un factor de equilibrio político adicional.

Junto a la aristocracia y al monarca, sigue intacto el poder del dinero. Reino y banca. Y las mismas pasiones humanas girando eternamente en esa rueda del mundo que Daenerys aspiraba a romper.