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Netflix Crítica de Stranger Things (T3): Guerra Fría en Hawkins

Después de dos años de descanso, Stranger Things vuelve más en forma que nunca. Fresca como un helado en verano y con cada vez más inteligentes referencias. Los personajes, más desdibujados en una fallida segunda temporada, funcionan ahora mejor que nunca

Imagen de la tercera temporada de Stranger Things
Imagen de la tercera temporada de Stranger Things - Netflix
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[Aviso, puede contener algún spoiler de Stranger Things]

Sin el condensador de fluzo ni Doc pero con bicicletas y Walkie Talkies. Stranger Things recupera unos ochenta con sangre, vísceras y también saliva. Como en una comedia de John Hughes, las hormonas revolucionan a las madres pero también a sus hijos, que prefieren besar a las chicas, de otra especie, que jugar a Dragones y Mazmorras con la suya. El monstruo, más que el demogorgon es ahora la pubertad. Pobre Will, el sabio, que después de su periplo en el Mundo del Revés ha vuelto convertido en el niño del «El sexto sentido». Hasta las ratas andan locas por Hawkins, inmerso en una Guerra Fría que saca las mejores caras de Winona Ryder y los peores sudores del sheriff de David Harbour.

Después de dos años hibernando, la tercera temporada de la serie de Netflix vuelve cambiada, con tramas más maduras. Un blockbuster veraniego de ocho horas (una por capítulo) en el que los marineros cambian los barcos por los helados y los rusos, el Sputnik por Terminator. El Smirnoff, eso sí, no se toca.

Más oscura y adulta que las anteriores entregas, Stranger Things se olvida de los demoperros pero no de los misterios, demostrando que cuerda queda para rato. Con más acción que nunca, la serie demuestra que la fórmula solo necesitaba un descanso para seguir fresca como un instante bajo el aire acondicionado. Más de lo mismo, pero mejor encajado. La pandilla, ahora adolescente, ya no hace de las suyas unida. Y el Walkie Talkie no siempre funciona. El núcleo duro se divide e investiga por separado. El zoom permite profundizar sobre personajes antes desdibujados, y al espectador jugar a ser Dios, conociendo el misterio que exploran antes que los héroes y los villanos. Como un puzle, todas las piezas al final encajan.

Los protagonistas, en Stranger Things
Los protagonistas, en Stranger Things - Netflix

A los ya resueltos protagonistas se unen en esta nueva remesa la patriota y redicha Erica, hermana de Lucas y con algunos de los mejores gags de la tercera temporada, Billy, algo más que un socorrista al que le gustan maduritas, y Robin, la hija de Uma Thurman e Ethan Hawke, «que mola tanto como Phoebe Cates». Benditos «Gremlins».

Los protagonistas ya no atraviesan las vías del tren a lo «Cuenta conmigo», pero se topan con cosas dignas de John Carpenter. Se apela a la nostalgia a base de referencias cinéfilas, pero al pasado ya no se va en bicicleta sino en ascensor, en una misión digna del agente 007, con eternos pasillos transitables solo con linternas, como en «Exploradores» pero en el subsuelo. El reparto, repleto de guiños ochenteros, ficha al Robin Hood de «La princesa prometida», Cary Elwes, como el ambicioso alcalde de Hawkins y el promotor del centro comercial Starcourt y, aunque más de los noventa, también está Jack Busey («Agárrame esos fantasmas»), cómo no, haciendo de malo. En el cine emiten «El día de los muertos», de George A. Romero, y suena «American Pie», pero lo que más miedo da es «La invasión de los ultracuerpos».

Cada capítulo de Stranger Things termina con un cliffhanger de libro, digno final para un señor maratón. Once, distraída por las hormonas, tan pronto se va de compras como usa sus poderes. Y la nariz le sigue sangrando. Por una, dos, tres y las temporadas que hagan falta, mientras los hermanos Duffer sigan cumpliendo.