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«Chester dreams» Jordi Cruz se emociona en «Chester»: «Mi padre nunca me dijo 'te quiero'»

Risto Mejide recibe a en «Chester dreams» dos grandes profesionales en sus respectivos campos: el cocinero Jordi Cruz y la alpinista Edurne Pasaban

Jordi Cruz, en «Chester»
Jordi Cruz, en «Chester» - CUATRO
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Comenzó con los miedos, siguió por los hombres y «Chester» continúa charlando de los sueños en la tercera entrega de esta temporada. Para ello, contará con dos grandes profesionales en sus respectivos campos: el cocinero Jordi Cruz y la alpinista Edurne Pasaban.

Sí. Habéis leído bien. Risto y Jordi. Jordi y Risto. «Por fin», dice Risto Mejide. Uno de los cara a cara más esperado de la televisión llegan con los dos protagonistas sentados en un chester. Los dos generan pasiones y odios a partes iguales. Se les conoce por hablar (demasiado) claro y sin tapujos. Pero no solo les une su falta de tacto, también tienen otros puntos en común como los sueños alcanzados, las aspiraciones de futuro y las metas que nunca se cruzarán. Jordi Cruz llega a «Chester dreams» tras recibir su tercera estrella Michelin. El chef español está atravesando una exitosa etapa profesional, no exenta también de sonadas polémicas. Frente a Risto Mejide, Jordi mostrará la cara y la cruz de su personaje mediático: por un lado ese aspecto duro que ofrece como jurado en «MasterChef» y por otro un joven hecho así mismo al que le ha costado lidiar con emociones complicadas que está aprendiendo a gestionar a nivel personal y profesional; todo esto sin olvidar que es un soñador. «A mí me ha hecho mucho bien y mucho mal la tele. Pasé de ser un gordete gracioso al que nunca le habían dicho guapo antes de ‘MasterChef’. Ese es el poder de la televisión», cuenta el cocinero.

«De niño me sentía muy chiquitito. Buscaba cariño desesperadamente, buscaba tener amigos, sentirme más integrado. Era malo en los estudios, era malo en casi todo y vi que tenía una puertecita que se me da bien: la cocina. Y que por ahí podía ganar el cariño, el ‘mira el chaval no es tonto’», admite Jordi, a quien no le cuesta reconocer que su madre es el mejor ingrediente que tiene en su vida. «Mi madre es un referente, mi heroína. Ha regalado su vida entera a la familia. (...) Durante estos cinco últimos años la he tenido abandonada y eso no está bien. Me repito mucho eso: ‘Acuérdate idiota’, me digo, ‘que un día no va a estar y te vas a arrepentir». Sin embargo, su padre ocupa un lugar más distante. «Tengo la misma enfermedad que tenía mi padre: no saber sentir. Nunca me dijo 'te quiero'. Ni yo a él. El día que murió, con un Alzheimer terrible, en la última guardia que yo hice, miré a esos ojos en los que no había nada y fue cuando le pude decir ‘te quiero’. Murió a las dos horas. Mi padre me quería un montón, pero no tenía esa habilidad de ser cariñoso. Y seguro que por dentro era el tío más cariñoso del mundo. Lo sé porque me pasa lo mismo, me cuesta mucho expresarme. Cuando la gente me conoce un poco, lo primero que me dicen es: ‘Ah, pues no eres tan imbécil». Sin embargo, su padre demostró el cariño que le tenía. Él sabía que iba a ser un gran profesional y recortó cada una de las noticias que salían de Jordi Cruz en los diferentes periódicos: «Iba presumiendo desde el principio de que su hijo va a ser un gran cocinero, 'mi hijo michelin'», cuenta su hermana.

Pero antes de tener claro que quería ser cocinero, Jordi Cruz tenía madera de «delincuente» tal y como señalaba Risto. «He hecho muchas. Pero a la que te refieres es una en la que le cogí diez mil pelas a mi madre para comprar chuches para toda mi clase. Era el último, el borrico y solo quería tener amigos. Esa es una de las tres hostias que me ha dado mi madre en mi vida», cuenta Cruz. La segunda llegó con una gran idea (nótese la ironía) del cocinero: «decidí con otro bobo ir a robar ruedas». La tercera llegó por varias cosas. «Tendría 15 años o así cuando una niña mona me dijo que si quería tomar algo. Ese día nevaba... y lo único que tenía cerca era un bar. Nos pusimos a charlar y estuvimos a las 9 de la noche y eso que nos habían echado del colegio a media mañana. Así que cuando llegué a casa, mi madre me cruzó la cara», cuenta.

«Mi familia lo ha pasado regular en los últimos años por mi culpa». Además de su presencia televisiva, Jordi Cruz se ha visto envuelto en una gran polémica mediática a raíz de la supuesta explotación de becarios en su restaurante. «¡Aquello fue todo una mentira! Mi frase fue: ‘Creo que es un privilegio formarte al lado de Joan Roca’; y se transformó en: ‘Es un privilegio trabajar gratis’ (…) Yo no tengo becarios. Tengo chicos que hacen prácticas obligatorias». Pese a todo, Jordi Cruz no ha perdido el apoyo de su familia en ningún momento. «Él se entrega, da el 100% en su profesión y eso es admirable. Si es verdad que cuando tiene un ratito que puede tomarse un poco el aire, lo comparte con nosotros. (...) En casa no dejamos que sea ni un poquito lo chulo que es en la televisión, en casa es el pequeño de la familia».

[Jordi Cruz, criticado por defender que los becarios no cobren: «Para ellos es un privilegio»]

La parte oscura de los 14 ochomiles del planeta

El testimonio de Edurne Pasaban, la mejor alpinista de nuestro país cerrará el «Chester dreams» y dejará sin palabras a Risto. Para quien no conozca el palmarés de la alpinista, Pasaban es la primera mujer en la historia en ascender a los 14 ochomiles del planeta y la vigésima primera persona. Sin embargo, pese a la imagen que podemos hacernos de ella a priori, la historia de Pasaban está llena de retos y miedos que se han traducido en un ejemplo de superación: «El libro de mi vida ya estaba escrito».

«Mi primer curso de escalada lo hice a los 14 años y porque me gustaba el monitor», afirma la escaladora. Fue la montaña la que le atrapó. Allí se enamoró, conoció grandes amigos, vio de cara la muerte y también recuperó las ganas de vivir. «Es difícil explicar por qué vamos y nos jugamos tanto la vida, pero es tanto lo que engloba la montaña, tanta emoción… y eso que soy una mujer muy miedosa. Mi madre dice que le cambiaron a la hija, que no sabe de dónde saco valor», bromea Edurne. ¿Y el miedo en qué lugar queda? «No soy una mujer creyente, pero cuando estoy por ahí arriba sí que pido ayuda a alguien, a mis amigos que he perdido ahí. Siempre pienso que tengo un ángel de la guarda de alguno de ellos».

Uno de los momentos más difícil de la carrera de Edurne fue la subida al K2. «No sé si estaba preparada para subir a esa montaña. Sabemos los riesgos que tiene este deporte y los asumimos, pero ninguna montaña se merece ninguna parte de mi cuerpo», dice mientras recuerda que tras esa expedición tuvieron que amputarle dos dedos del pie.

Sin embargo no fue la montaña la que puso a Edurne al borde de la muerte, sino su propia vida. Su ochomil más difícil fue superar una depresión que nunca ocultó y varios intentos de suicidio. «Me he tomado antidepresivos hasta el último ocho mil que he subido. No pasa nada porque una persona tenga que tomar una pastilla. (…) Empecé a decaer, a perder la motivación. Caí enferma. 2006 fue complicado, de 12 meses estuve cuatro ingresada en un hospital. (...) He visto la muerte más cerca en la vida real que en la montaña. Esa depresión me llevó a intentar quitarme la vida un par de veces. Cuando tu ansiedad, cuando tu dolor es tan grande, no te planteas todo esto, solo ves lo malo, lo que te está comiendo algo dentro. Tenía un dolor dentro que me estaba matando. Ese dolor me estaba haciendo actuar como no quería. Para mí era increíble pensar que dos días antes había estado escalando cascada de hielo con mi primo y al día siguiente estaba en el hospital haciendo el bobo...».

Y de repente, la vida cambia. «Cambia porque uno elige que cambie. Pedir ayuda es el primer paso y yo pedí ayuda a mis padres, les pedí que me ingresaran. Y el entorno también es muy importante. Los mismos que habían estado conmigo en lo alto de las montañas me decían 'si tus amigas tienen pareja que las tengan. Si el día de mañana tú tienes que tener una pareja o un niño, ya las tendrás; pero ahora haz lo que te gusta y a ti te gusta hacer ochomiles'».

Edurne Pasaban, en «Chester»
Edurne Pasaban, en «Chester»-CUATRO

Uno de esos cambios que imagina Edurne es rencontrarse en plató de «Chester» con Juanito Oiarzabal, con quien tuvo una agria disputa pública. «La princesa del pueblo»: Ese fue el comentario que más le dolió a Edurne. Los dos, grandes alpinistas, sellaron años de distanciamiento con una reconciliación y promesas de retomar su vieja amistad. Después de siete años y un programa de televisión, estos dos alpinistas firmaron la paz. «Te quiero mucho, Edurne», le dijo Oiarzabal, mientras ella contestaba «gracias».