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«Diagnósticos Misteriosos» El terrible calvario de una familia por un diagnóstico erróneo a su hijo

«Diagnósticos misteriosos» (DKISS) cuenta impactantes casos reales en los que esta desconcertante situación ha conseguido llevar a la desesperación a sus protagonistas

Samy ha superado su enfermedad y en la actualidad es estudiante de informática
Samy ha superado su enfermedad y en la actualidad es estudiante de informática - ABC
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Cada año, millones de estadounidenses sufren las terribles consecuencias de un mal diagnóstico o de su total ausencia. Sus vidas se sumergen en la confusión, dudando incluso de sus propias facultades mentales, cuando los médicos les dicen una cosa y sus cuerpos otra. «Diagnósticos misteriosos» cuenta una serie de impactantes casos reales en los que esta desconcertante situación ha conseguido llevar a la desesperación a sus protagonistas.

Aunque los profesionales médicos luchan incansablemente por comprender sus particulares condiciones, en ocasiones es tan difícil acertar con el diagnóstico que pasan años sin que los afectados consigan levantar cabeza. Esta vez hablaron de Sammy, el pequeño de tres hermanos que comenzó a desarrollar una actitud desafiante y maniática tras mudarse de ciudad.

«Estaba preocupada por Sammy. Era muy sensible porque estaba muy apegado a la zona donde vivíamos», contó su madre. La primera conducta que preocupó a su madre fue durante la mudanza. «Estaba llevando una caja de la casa a la furgoneta cuando vi a Sammy dando vueltas con las manos hacia delante. Me dijo que estaba memorizando. Sé que los niños a veces hacen cosas que podían parecer extrañas así que no le hice caso», añadió.

Al principio, el pequeño parecía contento por la casa nueva y por tener cuarto más grande. Sin embargo, en los primeros días comenzó a desarrollar miedos que antes no había tenido. «No quería dormir en la cama de su habitación. Cuando me levanté por la mañana, me lo encontré en el sofá del salón», explicó la madre del pequeño. El problema era que había puesto una manta en la cama que le «molestaba, que no quería ni tocar».

Como creyó que se trataba de algo emocional, llamó a un psicólogo. Su diagnóstico fue que Sammy no terminaba de acabar el hecho de que nos habíamos mudado y que ella solo tenía que ser más paciente con su hijo. Sin embargo, la situación y su carácter empeoraba con los días.

Días después, obsesión: que tuviesen todas las luces de la casa encendidas. No sabía porque solo recuerdo que la oscuridad era mala. Llamé al psicologo y me aconsejó que fuese más tolerante. Hasta que un día, durante la mudanza de su hermano mayor al internado, el pequeño desapareció. «Lo encontré moviendose de forma parecida a un soldadito de cuerda».

Tras este episodio, Beth decidió llevarle al psiquiatra, donde le diagnosticaron trastorno obsesivo compulsivo o TOC. «Con el tratamiento no parecía mejorar así que avise en el colegio que mi hijo estaba bajo tratamiento psiquiátrico», explicó la madre. DEsde entonces no paraban de llamarle del colegio para decirle que recogiera a su hijo: «Pasaba allí dos horas como mucho».

Empezaron a bajarar otros síndromes como el Tourette, y encajaba. «No podía mantener una conversación. No dormía. Hasta dejó de caminar...», contó. Hasta que un día su hijo le dio una que ponía «ayuda» en mayúsculas.

Pero finalmente, le diagnosticaron PANDAS, una enfermedad que aparecen en niños que presentaban una serie de síntomas neurológicos que consistían en tics y movimientos involuntarios, asociados a trastornos psiquiátricos de tipo obsesivo-compulsivo. «Si no se interrumpía a tiempo el cerebro, podría sufrir daños irreversibles, pero con estabilizadores del ánimo y un antibiótico los síntomas tenían que desaparecer», explicó la doctora.

Los tics o las conductas obsesivas compulsivas desaparecieron y actualmente Sammy, que tiene 20 años, está estudiando en una de las mejores universidades de informática. Todo gracias al tratamiento para cualquier infección.