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First Dates Un comensal de «First Dates» presume de sus hazañas gastronómicas: «Me llegué a comer doce huevos de la sartén»

Mateo se pasó media cita hablándole a Rosa sobre sus aficiones culinarias

CUATRO
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Este miércoles rompió el hielo en «First Dates» Lucía, una peluquera gallega de 19 años que se presentó como una chica «sensible y espiritual. Soy muy pegajosa y necesito besos todo el tiempo». La comensal le contó a Sobera que buscaba «a un chico alto, con los ojos claritos y que sea alegre». Sobre sus experiencias amorosas, contó que se «enamora bastante rápido, y por eso me ha ido tan mal». Su pareja sería Javier. un cocinero ourensano de 21 años que se definió como «un chaval alegre, personaje, un poco payaso a veces».

La primera impresión fue excelente para ella: «Me pareció muy mono, muy riquiño». En cambio a Javier su pareja le pareció «un poquito baja, pero vamos a conocerla a ver qué tal». Se sentaron a la mesa y hablaron primero sobre sus relaciones pasadas, y coincidió que ambos habían roto con sus parejas por culpa de la distancia. «Yo soy una montaña rusa de emociones», le avisó ella, «paso de estar muy alegre a estar triste. Por cualquier cosita que me hagas me pongo a llorar». A Javier no le asustó ese rasgo de su carácter y confesó que él era muy parecido: «Es mentira eso de que los hombres no lloran».

La cita prosiguió con mucha sintonía. Charlaron sobre sus creencias espirituales y esotéricas. «Yo creo mucho en los sueños, los ángeles y cosas así», explicó ella, «empecé a estudiar este tema porque tuvo sueños premonitorios y se cumplían todos». A Javier eso le sorprendió pero no le echó para atrás, y al final de la cena los dos decidieron que querían seguir conociéndose.

Para la segunda pareja de la noche apareció por el restaurante Rosa, una murciana de 36 años, a la que no le «gusta el maquillaje ni la ropa. Soy muy sencilla, pero intelectualmente necesito enriquecerme». Rosa se lamentó de que «no he sido afortunada en el amor. Me dicen que doy miedo, y es verdad que me gustan las cosas serias».

A cenar con ella se iba a sentar Mateo, un ganadero murciano de 37 años al que le gusta llamarse a sí mismo «El Tigre». «No concibo la vida sin un partido de fútbol y una corrida de toros», contó en su presentación, «y la música que me gusta es antigua y española, como Manolo Escobar». Explicó que su apodo venía de que le «gustan mucho los animales salvajes porque son libres. Yo, aunque vivo con mis padres, hago lo que quiero».

«Muy risueña no parece», dijo Mateo tras su primera impresión. Antes de pasar a la mesa, piropeó a la camarera de «First Dates», algo que a Rosa no le hizo ninguna gracia. Una vez en la mesa él se puso a hablar sobre comida y lo mucho que le gusta comer. Le contó a Rosa cuáles eran sus platos favoritos y sus hazañas gastronómicas: «Yo llegué a comerme doce huevos de la sartén a la mesa, sin pan ni nada. Solo hay dos productos que me han llevado al médico: gambas y pulpos. Pero es que me comía tres cajas de gambas y un kilo y medio de pulpo».

La conversación fue bastante sosa y sin chispa, con bastantes silencios incómodos. Sacaron el tema del fútbol y no tuvieron ninguna sintonía, pues él era madridista y ella del Barcelona. También sus costumbres chocaron frontalmente, y mientras Mateo era un orgulloso fumador, Rosa dijo ser antitabaco. Ninguno de los temas que sacó Rosa le interesaban a Mateo: «Me sacas del Marca y del Interviú y he leído cero. No tengo ambiciones, soy lo que ves aquí». Rosa no ocultaba su desilusión: «Quería sacarle un tema de interés pero no ha habido forma». Cuando llegó el momento decisivo el desenlace estaba cantado, y ninguno de los dos quiso tener una segunda cita.