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First Dates Un comensal llama a un amigo en mitad de la cita: «Me ha agobiado»

Félix se confió más de la cuenta con Miriam, que acabó rechazando tener una segunda cita con el conquense

CUATRO
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Este lunes «First Dates» volvió a las pantallas de Cuatro. Ya son 852 las noches en las que Carlos Sobera intenta erradicar la soltería en nuestro país, aunque siempre llaman a la puerta nuevos solitarios en busca del amor.

Al poco de empezar llegó al restaurante del amor Pía, una camarera madrileña de 53 años con aspecto punk y el pelo tintado de gris. Su pareja, de la misma estética, era Octavio, un rockero ferrolano que solo sabía cuál era el tipo «de mujer que no me gusta». A los dos les gustó reconocerse como personas poco ortodoxas y con un aspecto igualmente transgresor, y al comenzar hablar la buena sintonía no hizo sino crecer. «Empezamos bien la noche, la verdad que me ha gustado mucho», reconoció Pía.

Octavio también estuvo muy cómodo y satisfecho con la cita: «Tienes una sonrisa muy bonita», empezó él. Al cabo de un rato ella le comentó que buscaba a un tío «serio, con traje y corbata, aunque el conocerte he cambiado de opinión». A él le hicieron gracia sus palabras y se divirtió mucho Pía: «Me gusta que sea dicharachera y alegre. La gente así mola porque irradia simpatía». Todo siguió sobre ruedas hasta el final, por lo que decidieron tener una segunda cita.

Bastante más joven era Félix, un acróbata de motos conquense de 29 años que llegó con una botella de riscoli, licor típico de su tierra, para regalárselo a Matías, el camarero de «First Dates». «Yo creo que ligar es un arte», dijo en su presentación, «y es como buscar un trabajo, porque no es lo mismo encontrar un trabajo cualquiera que encontrar un trabajo que te te gusta y en el que puedas innovar». Le contó a Sobera que a él «en el amor no me ha ido ni bien ni mal. Yo suelo ir siempre con las más guapas de la zona».

Siete años más pequeña era Miriam, una estudiante murciana que se definió como una «mujer difícil. Me cuesta mucho que una persona me guste y me deje llevar». La joven dijo andar buscando «un hombre que no sea controlador y que no me agobie». Silvia, la camarera del programa, les presentó en la mesa y la primera toma de contacto fue muy positiva.

La conversación fue muy animada y él demostró ser un chico muy abierto y hablador. Tuvieron un pequeño roce, aunque nada serio, cuando ella dijo que «el viaje a Cuenca es de los peores que hice en mi vida, me abrasaron los mosquitos». Félix defendió a su ciudad: «Somos una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, tenemos infraestructuras que no hay en ninguna otra parte».

La cena siguió y él empezó a confiarse más de la cuenta. Cuando ella le contó que vivía junto a cuatro amigas a Félix solo se le ocurrió decir que «voy a ir entonces con mis cuatro amigos a Murcia...¡De hecho les vas a hacer tú la invitación!». En ese momento sacó su teléfono y llamó a uno de sus amigos, pero ella no quiso ponerse al teléfono. «Ya, fin», dijo ella en el confesionario, «me parece mal eso que dijo».

Él siguió adelante con la llamada y le dijo a su amigo que preparase a el coche porque iban a irse a Murcia para conocer a las amigas de Miriam. «Me has agobiado mucho con lo de voy a ir a verte y todo el rato haciendo planes», concluyó ella, que no quiso tener una segunda cita.