Francisco Romero posa orgulloso en la barra de su bar
Francisco Romero posa orgulloso en la barra de su bar - M.A.B.
CORIA DEL RÍO

Las gambas al ajillo de Casa Francisquito y sus siete tapas arrasan en Coria del Río

Francisco Romero, de 72 años, dice que la satisfacción del tabernero es «poder conocer a mucha gente»

CORIA DEL RÍOActualizado:

Pocas tabernas quedan ya con el sabor andaluz de antaño, donde el vino se servía a los hombres tras largas y duras jornadas de trabajo. Una cultura que se ha ido perdiendo, donde en su lugar se imponen modernos bares de copas para gente joven, que prefieren la noche al mediodía.

Sin embargo, en Coria del Río aún existe un tradicional bar fundado en 1947 por Francisco Romero. El negocio lo perpetuó su hijo, también llamado Francisco, que desde los 14 años ayudaba a su padre en este negocio familiar. «Todos me decía Francisquito, por lo que cuando me encargué del negocio, le puse ese diminutivo cariñoso por el que me conocían todos».

El bar hoy no sólo da de beber, sino que tiene una pequeña carta de tapas que dan, si cabe, más encanto al lugar. «Cuando el bar lo llevaba mi padre sólo era una taberna que servía buenos vinos, pero al tomar yo las riendas comencé a ofrecer las tapas. Y así hasta el día de hoy», cuenta.

Situado en el angosto pasaje Curro Romero, Casa Francisquito es un bar pequeño con un aspecto exterior de lo más sencillo, aunque el barril en su entrada nos advierte sobre su esencia. El interior está decorado con fotos, carteles y estampas de toreros ilustres. No faltan las imágenes de su devoción a la Virgen del Rocío, además de dos tambores rocieros azules con los parches de piel bien curtidos por el uso. Como curiosidad, conserva en una de sus paredes las antiguas letras del anterior nombre del pasaje donde se ubica este bar.

Casa Francisquito es famosa por sus gambas al ajillo, aunque sus siete tapas en la carta «todas gustan por igual». Francisquito reconoce que «lo más duro de tener un bar son los días de fiesta, porque cuando todos se están divirtiendo tú estás trabajando», se ríe, «pero no puedo quejarme porque nunca me ha ido mal». Ahora son sus dos hijos, un varón y una mujer, los que se encargan del negocio, «aunque al final el que lleva la voz cantante es mi padre», bromea su hijo.

A sus 72 años, Francisquito ya está más apartado de su negocio y aunque está jubilado «como vivo justo arriba del bar, siempre vengo por aquí a charlar con los clientes», dice. Porque esa es la verdadera esencia de un tabernero: «La satisfacción de acabar conociendo a mucha gente».