Nazaret Aguilar, de Procani de Osuna, con dos galgas rescatadas, Cata y Bibi
Nazaret Aguilar, de Procani de Osuna, con dos galgas rescatadas, Cata y Bibi - B.M.
MALTRATO ANIMAL

El caso de los galgos arrojados a un pozo en Osuna sólo es «la punta del iceberg», según Procani

Crece el abandono de perros de caza que desborda a los albergues de la Sierra Sur y la Campiña

Galgos 112 ha dado hogar a unos 200 canes abandonados este año

OSUNAActualizado:

Cuando Nazaret Aguilar y Zarito Vega abren la puerta donde alojan a los perros rescatados por Procani, la protectora canina de Osuna, buena parte de los 35 perros que esperan encontrar una nueva casa empiezan a ladrar y a lanzarse contra ellas para jugar. Los que no lo hacen se están recuperado de heridas por accidente o directamente han sufrido malos tratos. Junto a María del Carmen Yerbes, ponen todo su empeño y gran parte de su tiempo libre en salvar a perros abandonados para intentar darles otra oportunidad.

«Estamos completamente desbordadas» señala Nazaret. «El caso de los tres galgos arrojados al pozo es desgraciadamente un caso de especial crueldad entre el resto de perros abandonados, enfermos, accidentados o maltratados que nos encontramos casi a diario», afirma. Su amiga Zarito añade con resignación «te puedes esperar cualquier cosa», en referencia a los diferentes casos que han vivido, y que tienen documentados con imágenes de gran dureza. Sólo durante el mes de noviembre rescataron más de veinte galgos. «Cuando empieza el periodo de caza y hasta que acaba en febrero, suele ser la media. Y eso sólo con esta raza».

Desde otras protectoras de la provincia informan de una situación parecida y con una serie de dificultades similares que se podrían resumir en dejadez por parte de los consistorios tanto a nivel de apoyos como en la forma de afrontar el problema; falta de concienciación ciudadana; y una confusión entre la defensa de las prácticas deportivas y tradicionales con la lucha contra las prácticas abusivas y el maltrato a los animales.

Al día de hoy sólo hay dos galgos en Procani Osuna, Cata y Bibi: «Son una raza que suele encontrar acogida con cierta facilidad» pero también hay otras razas menos afortunadas que los galgos y que apuntan al mundo de la caza: bretones, podencos y bodegueros. El número tan reducido se debe a una colaboración muy estrecha con Galgos 112 y la asociación protectora de animales Galgos del Sur. La delegación sevillana de Galgos 112 tiene actualmente 43 galgos y 12 podencos. La situación desborda a las protectoras.

El Saucejo y La Puebla

Aunque el número vaya fluctuando constantemente con acogidas o nuevas entradas de perros, otras protectoras sufren la misma situación. El Sueño de Mufie, en El Saucejo, tiene 58 perros y 7 en casas de acogida. Isabel Vega explica que «el 75% de los perros son de caza». Junto a los galgos, podencos, bretones y bodegueros. Llaman la atención la existencia de un setter irlandés y de un perro de caza de pluma, un drahthaar. «Nos llegan perros de todos los pueblos cercanos, de Los Corrales, de Martín de la Jara, y además nos abandonan a los perros junto a las vallas del refugio».

Rocío Romero es una de las tres voluntarias que colaboran con la mujer encargada de la gestión del albergue municipal de La Puebla de Cazalla. En este lugar se encuentran precisamente -bajo custodia judicial- los tres galgos que fueron arrojados en un pozo entre las localidad de Osuna y El Rubio. «Ahora mismo hay unos 70 u 80 perros, son más de los que se puede».

Explica que un 30% son podencos. «Los meses de cada tipo de caza aumentan los abandonos de la raza que corresponda», señala. Así, de septiembre a febrero son malos meses para los galgos; de marzo a abril para los podencos; y agosto es el mes negro para los bretones. En el albergue de Dos Hermanas, la mitad de los 50 perros que tiene en la actualidad es de caza. Una de sus voluntarias, Paqui Fernández, señala que «la situación no mejora, y que las pocas leyes que hay no valen para nada o no se están aplicando como deberían. Sólo hay que visitar los refugios y no retirar la mirada».

La localidad de Herrera ha firmado recientemente un convenio de colaboración que rompe con la tónica habitual en otros pueblos. La presidenta de la asociación protectora de animales y plantas La Guarida firmó un acuerdo con el alcalde, Jorge Muriel, por el que el consistorio realizará una aportación económica a la protectora a cambio del compromiso de realizar la recogida de perros abandonados.

«Es la excepción que corrige la regla y esperamos que se extienda a otros pueblos», explica Nuria Martín. Y es que, como también se informa desde otras protectoras, «la mayoría de los pueblos opta por pagar a perreras para que capturen y sacrifiquen a los animales para ocultar el problema, antes que mantener refugios en buenas condiciones que ayuden a estos perros». Aunque la protectora es de Puente Genil, una gran parte de los perros que rescata son de la comarca de la Sierra Sur.

Sus cifras se pueden sumar a las del resto de protectoras y son claras: «Tenemos 215 perros, 23 son galgos y casi el 90% son perros de caza. Entre ellos tenemos 80 podencos». Las protectoras preguntadas inciden además en la falta de control en la cría, en el temor de devolver los perros con chip a sus dueños por el riesgo a que los maten y en que todo lo que consiguen lo hacen gracias a la solidaridad de los vecinos. «Nos dicen que no todos los galgueros son malos, pero la realidad parece ser otra», apuntan desde Procani Osuna.

Denuncian robos de galgos

Diego Domínguez Pacheco es galguero como su padre, «y antes mi abuelo». En la actualidad tiene 15 galgos y señala que «es imposible que un galguero de verdad haga daño a sus perros. Primero porque los cría desde pequeños y segundo porque le suponen una fuerte inversión de dinero». Bajo su punto de vista el mayor problema para esta raza proviene del robo de galgos en toda España.

Diego Domínguez mantiene una lucha activa por la investigación de este tipo de robos, de hecho fue una de las personas que señaló que los culpables del robo de un galgo de Los Palacios que dio origen al caso Chapapote «se van a ir de rositas».