La basílica de El Palmar de Troya - ABC
REPORTAJE

«Hay gente que se avergüenza de decir que es de El Palmar de Troya»

Los vecinos de este pequeño pueblo están hartos de que se les relacione con la Iglesia Palmariana, donde apenas viven cincuenta familias de la secta

SevillaActualizado:

El sol empieza a apretar por la carretera llena de baches que conduce a El Palmar de Troya. A lo lejos se levantan imponentes las torres de la basílica de una secta que ha sido foco informativo durante esta semana. En la entrada de esta pequeña pedanía de Utrera hay una humilde ermita católica que contrasta con el esplendor del templo de la orden cismática de los carmelitas de la Santa Faz. Los vecinos están acostumbrados a ver cámaras de televisión y la mayoría no tienen reparos en contar sus experiencias con el papa Clemente y sus seguidores. Cincuenta años después de las supuestas apariciones de la Virgen a cuatro niñas del pueblo, los habitantes comienzan a estar hartos ya de que se les relacione con la Iglesia Palmariana. «Hay vecinos que se avergüenzan de decir que son de aquí», cuenta Manuel Perea, propietario de un quiosco.

Manuel conoce bien la historia y dice ser testigo de las apariciones: «Yo vi algo, una mijita de luz». El quiosquero entonces era muy pequeño pero se implicó como todo el pueblo en aquel acontecimiento, hasta que se dio cuenta de los tejemanejes de Clemente Domínguez y Manuel Alonso Corral. «Me aparté porque no había habido una prueba del cielo de que aquello había sido voluntad de Dios. Me di cuenta de que nos habían engañado y de que lo que querían hacer era negocio. Me enfrenté a ellos», cuenta. A Manuel le duele el malestar que han creado: «Estos señores han despreciado al ser humano, no te dan ni los buenos días, cuando Jesús convivió con el rico, con el pobre... La situación ha llegado al extremo de que ninguno de ellos viene a comprarme. El papa huído les prohibió que viniesen a mi quiosco y eso va en contra del bienestar de mi casa».

En El Palmar de Troya apenas hay unas cincuenta familias pertenecientes a la secta. Se les ve por el pueblo. Ellas visten faldas largas y chalecos que le cubren los brazos, tapadas hasta el cuello. Ellos también se abotonan toda la camisa. Hacen su vida, salen a comprar el pan, la fruta... pero no se relacionan con nadie. Sus hijos no pueden comunicarse con otros niños fuera del colegio que no sean de la secta. Esto lo confirma también otro vecino que pasea por la zona donde está el reloj, Antonio Carrero: «No tienen relación con ninguno, viven aquí pero no se relacionan. A mí no me molesta».

Un poco más adelante, en un bar están sentados Antonio Ponce y Francisco Rosol. Ven pasar la vida con un catavino en la mano y son ellos quienes, al ver a los periodistas con la cámara, se postulan: «Yo te lo puedo contar todo». Antonio es vecino de El Palmar de toda la vida y su amigo vive en Guadalema de los Quinteros, el pueblo de al lado. «Pero desde allí veo la basílica», dice. Sus discursos son contrapuestos. Ponce cree en las apariciones y recuerda cómo metían a la gente en el lentisco: «Algo había allí». Cree que «ellos se han portado mejor con nosotros que nosotros con ellos. Han dado muchos jornales a padres de familia necesitados y no lo hemos valorado lo suficiente». Antonio ha sido costalero muchos años en los pasos que sacan en la Iglesia Palmariana: «Lo pagaban bien y nos hacían un buen almuerzo. Quien tenga quejas de ellos está equivocado». No se moja, eso sí, cuando se le pregunta por si hicieron negocio y por los episodios que están ocurriendo: «Ahí no entro yo». ‘Antonio, ¿usted es palmariano?’ (Duda sin saber qué contestar). «Yo soy de lo que debo de ser, pero algo de lo que no entiendo, no le puedo buscar una explicación», responde.

Su amigo Francisco presume de conocer mundo y saber inglés y alemán, ya que trabajó en hoteles. «Yo soy católico, creyente pero no practicante. Yo tengo en mi interior algo, pero a mí eso no me llama la atención nada, sé que es una secta y un negocio de ellos. Yo he visto eso sin edificar y nunca he tenido la curiosidad de entrar, no me interesa».

Continúa el paseo hasta la calle Diamante. Allí vive Rafaela Gordo, una de las niñas a las que se le apareció la Virgen en 1968. Todo el pueblo conoce la historia. Su marido, Francisco, con educación exquisita rechaza que su esposa hable del asunto: «Ellas tenían ocho añitos, vieron algo y se asustaron cuando comprobaron en lo que se había convertido aquello cuando llegó Clemente. Desde entonces no quiere hablar del asunto. Mi mujer no habla ni conmigo de eso, lo quiere olvidar. Llevamos una vida tranquila». Tampoco quiere hablar el párroco de Guadalema de los Quinteros, al que le corresponde también la iglesia de Nuestra Señora del Carmen de El Palmar de Troya, que remite directamente al Arzobispado.

En los bares sólo se habla de la destitución de Lopetegui y comentan con claridad los vaivenes de la Iglesia Palmariana. Los vecinos la conocen bien porque acuden en Semana Santa a ver los espectaculares pasos que procesionan, ya con ruedas, desde que se prohibieran los costaleros por la falta del decoro exigido.

El alcalde, Juan Carlos González (PSOE), habla de la relación administrativa que tiene con el papa Pedro III: «Es una persona muy pacífica y con mucho talante. Cuando Ginés era el papa, las relaciones eran muy tensas». Comenta que la basílica está construida sobre suelo rústico y están intentando regularizar su situación. Con Ginés, el expapa encarcelado, «la primera reunión fue muy difícil». Pero ahora «la intención del papa es arreglar la situación urbanística». Tampoco tienen regularizado el pago del IBI aunque «hay parte de la obra que está legalizada. Estamos intentando hacer un convenio urbanístico y la predisposición de la Iglesia Palmariana es buena».