Con respecto a la primera, su futuro está garantizado. Con independencia de que pueda haber pequeños agricultores de riego a los que el reducido tamaño de su explotación los hace ineficientes y a los que habrá que ayudar para facilitar su pervivencia, la continuidad de este tipo de agricultura está garantizada al tratarse de una actividad rentable, por la que siempre hay inversores interesados, ya sean grandes agricultores que quieren aumentar el tamaño de sus explotaciones y aumentar beneficios, ya sean inversores provenientes de otras actividades económicas que deciden diversificar su actividad empresarial, o por los cada vez más presentes fondos de inversión que encuentran una buena oportunidad de hacer negocio por medio de la agricultura. Por tanto, la continuidad de este tipo de agricultura está garantizada y no supone ningún problema el relevo generacional al existir auténtico interés en ella.
Cuando se habla del problema que supone la falta de relevo generacional o de la España vaciada, sólo se hace referencia a la agricultura de secano, en la que la rentabilidad es cada vez más difícil y en ocasiones inexistente, y en la que el agricultor no tiene ninguna capacidad de actuación y por consiguiente de revertir la situación. Por tanto, no es un problema de sector, es un problema de rentabilidad de la agricultura de secano que es la que mayoritariamente predomina en España y en Andalucía. Este es el problema y es a éste al que hay que buscar solución.
Es verdad que este proceso no es inmediato, pero sí está resultando constante e imparable. A pesar de que mantenemos una sociedad rural muy ligada al territorio, con mucha vinculación al sector agrícola y ganadero, con gran arraigo familiar y al que cuesta muchísimo trabajo cambiar su modo de vida, todo tiene un límite, y ese ya ha llegado. ¿O es que pretendemos que se mantenga la actividad y que haya relevo generacional si no hay rentabilidad ni perspectivas de mejora? Simplemente será imposible. La continuidad y la atracción de los jóvenes requiere ilusión y eso sólo se consigue con perspectivas de futuro y planes de crecimiento y mejora.
Alguien pudiese pensar que estas reflexiones son exageradas o catastrofistas pero que a nadie escape que esto ya es una realidad en nuestra ganadería y nuestros montes. ¿Quién se iba a imaginar hace no muchos años que la ganadería extensiva o el aprovechamiento forestal se iba a abandonar como ha ocurrido en los últimos años? Pues ya lo hemos visto y, por desgracia, también hemos visto sus consecuencias con más de 400.000 hectáreas arrasadas por el fuego en sólo este año. Y lo cierto es que ya veníamos advirtiendo desde hacía tiempo que las nefastas políticas agrarias y medioambientales, cargadas de absurdas exigencias y saturación burocrática, en ocasiones de imposible cumplimiento, sólo nos podía llevar al abandono de la actividad y con ello del territorio. A partir de ahí, lo demás es inevitable como por desgracia ha sido y seguirá siendo. No hay recursos suficientes, por muchos que éstos sean, capaces de suplir el trabajo de conservación ambiental que propicia la ganadería y el aprovechamiento sostenible de los recursos forestales.
El problema, por tanto, no es que haya un cambio climático que ya casi nadie duda. El problema es que, siendo conscientes de existencia y de sus dramáticos efectos, no se pongan los medios necesarios para paliarlos. Si el cambio climático trae consigo subidas de temperatura y con ello avance de la desertización e incremento del riesgo de incendios, habrá que hacer un apoyo decidido a todo lo que frene estos efectos, como puede ser un apoyo decidido a la ganadería extensiva y a fomentar el aprovechamiento sostenible de los recursos forestales que eviten incendios. Si además sabemos que el cambio climático provoca una menor y más irregular pluviometría, habrá que invertir en nuevas infraestructuras para aumentar de modo muy considerable la superficie regable, aprovechamiento de aguas regeneradas, desaladoras, trasvases, pantanos, cambiar el uso finalista del agua dando prioridad a la agricultura y la ganadería sobre el aprovechamiento hidroeléctrico, fomento de cultivos poco exigentes en agua, incentivos a la reducción de consumo de agua, etc. Lo que de ninguna manera se puede hacer es no hacer nada.
Sólo de este modo podremos revertir una situación que ya ha empezado, pero que podremos revertir si actuamos en consecuencia.
Hasta hace no más de dos tres años ¿alguien en su sano juicio podría haber imaginado que la principal preocupación de la gran distribución alimentaria en España y en Europa sería la garantía de suministro?
Tenemos una agricultura absolutamente modernizada, sustentada en gran parte por cooperativas que aportan seguridad y contribuyen a mejorar la competitividad de agricultores y ganaderos, una agroindustria puntera a nivel mundial y unas estructuras comerciales que han sido capaces de internacionalizar nuestros productos liderando multitud de mercados. Y junto a esto, la oportunidad que representa una agroindustria y una gran distribución globalizadas y necesitadas de llevar alimentos a todo el mundo.
Y frente a esa enorme oportunidad, una única amenaza, la falta de infraestructuras que permitan la viabilidad del sector y con ella su continuidad. De lo contrario, si no se actúa de manera inmediata, el próximo abandono será el de la agricultura de secano y con ello el despoblamiento de nuestros pueblos.
Por esto, desde Cooperativas Agroalimentarias de Andalucía y de Córdoba, y desde grandes empresas como Dcoop y otras muchas, no podemos perder la ocasión de lanzar este mensaje que sin duda es el mayor desafío al que nos enfrentamos. Y claro que se pueden hacer cosas, y si alguien cree que no, basta con mirar a Portugal para ver cómo un solo pantano ha cambiado la realidad de un país. Estudiémoslo y saquemos conclusiones. No hay que pedir mucho más.
Refiriéndonos sólo Córdoba, ejemplos como el de Covap y sus proyectos ganaderos en el norte de la provincia, desarrollos agroindustriales como los realizados por Dcoop en el sector de las almendras en Villarrubia, pistachos en Villa del Río o el nuevo que pretende impulsar de una fábrica de zumo de naranja en Palma del Rio, con empresas de primer nivel en el aceite de oliva en las comarcas de la Subbética y Baena, y en general en toda la provincia, además de un largo etcétera, nos obligan a trabajar por este fin cómo el más importante al que seguramente nunca se enfrentó nuestro sector agrario.
