Qué sabrás tú
Alfredo Di Stéfano - efe
Muere Di Stéfano

Qué sabrás tú

«Se me maceró la sensación de que pertenecer sentimentalmente al Real Madrid pasaba por admitir que en ese hombre estaba el origen de todo: su personalidad ganadora era la del equipo y la grada»

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Mi padre solía llevarnos los domingos a tomar el aperitivo en Txangurro, ubicado en la calle del Doctor Fleming, cuando aún perduraban algunos de los garitos engolfados por los que aquella zona de Chamartín fue conocida como Costa Fleming. Txangurro era un bar futbolero y madridista que tenía una pecera en la que los críos nos quedábamos distraídos y, metido en una urna de cristal, un balón firmado por Pelé. Lo regentaban Benito y Juan, un tipo grande y expansivo, con los tirantes llenos de chapas, al que adorábamos incluso cuando no nos regalaba boquerones en vinagre emparedados en patatas fritas. Lo frecuentaban los primeros jugadores del Real Madrid a los que vi de cerca con la fascinación propia de la edad.

A veces estaba Di Stéfano, con la base de la copa de cerveza envuelta en una servilleta de papel, cuando aún no había apadrinado a la Quinta del Buitre. Por el tono reverencial con el que se hablaba de él, uno empezó a acostumbrarse a un reproche de los veteranos del estadio que se repetiría durante todos los años siguientes: «Qué sabrás tú del Madrí, si no viste jugar a don Alfredo». Haberlo visto casi distinguía un linaje, el fundacional de la leyenda en los tiempos de remontar Madrid hacia el estadio en tranvía. Como tenía fama de gastar mal carácter, jamás me atreví a importunarlo pidiéndole un autógrafo. Pero se me maceró la sensación de que pertenecer sentimentalmente al Real Madrid pasaba por admitir que en ese hombre estaba el origen de todo: su personalidad ganadora era la del equipo y la grada, al sentido patrimonial de Europa se llegaba por un camino que había desbrozado él, junto a otros como Gento. El Real Madrid sigue usando ese camino cuya última escala fue Lisboa.

La única vez que lo traté fue para hacerle una entrevista cuando publicó con Relaño «Gracias, vieja». La cita era en su casa, prácticamente encima del asador Frontón en cuyo reservado mantenía una tertulia de fútbol a la que solía ir su amigo Garci. Cómo serían de apasionadas aquellas charlas, que una vez salieron del reservado después de una larga sobremesa y vieron que el asador estaba lleno de policías: unos atracadores armados habían vaciado la caja y ellos ni siquiera se enteraron. Al dinero, por cierto, Di Stéfano lo llamaba «luz»: «Me ofrecen esto, pero no hay mucha luz».

A su casa llegué temprano, hacia las diez de la mañana. No lo habían avisado de que iba. Me lo encontré de pie ante la puerta, vestido con un pijama de botones y con un Marlboro Light colgado de los labios. Dedicó cerca de un minuto a putearme por la intrusión de una manera que me permitió comprender cuán temible debía de ser cuando arengaba o abroncaba a los compañeros mientras se colocaba siempre en la línea del equipo más necesitada. Su mujer se apiadó: «Deja en paz al chico, está trabajando». Desahogado, cambió la actitud, me invitó a pasar y a café, y mantuvimos una maravillosa conversación sobre fútbol y recuerdos, con él siempre en pijama y despeinado como si mi llamada en el portero automático lo hubiera sorprendido con la cabeza en la almohada. En la casa, a modo de deidad tutelar, estaba expuesta la reproducción en bronce de una pelota antigua.

Cuando viví en Argentina, descubrí que allí también era un mito, y que buena parte de la gente de River, al menos la de más edad, se sentía hermanada con el Real Madrid por el solo hecho de compartirlo. Gracias a la visión de Bernabéu, y previa pugna jurídica con el Barcelona, Di Stéfano se convirtió en uno de los primeros ejemplos de crack austral extraído por una potencia europea. Antes de eso, cuando aún tenía el mechón de pelo que inspiró su apodo de Saeta Rubia, tuvo tiempo de compartir vestuario con el gran Pipo Rossi y con tres supervivientes de La Máquina, Moreno, Labruna y Loustau. Fue leyenda fundacional también en River Plate.

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