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El cardenal Bueno Monreal resucita en Sevilla de la mano de Carlos Ros

Día 11/01/2013 - 09.48h
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El sacerdote y periodista homenajea la figura del «cardenal bueno» con una semblanza plagada de historias y anécdotas

Noviembre de 1954; el inefable cardenal Pedro Segura, a quien el Papa pio xii ya no concede audiencias privadas, está en Roma presidiendo una vistosa peregrinación de sevillanos, con un centenar de simpecados, con motivo de las fiestas de la Realeza de María, ajeno a su defenestramiento. A Sevilla llega como coadjutor de pleno derecho José María Bueno Monreal, que ha tenido que dejar la "perita en dulce" que era la diócesis de Vitoria obedeciendo a la Santa Sede en una especie de "golpe de estado" en toda regla contra el controvertido prelado, protagonista de sustanciosas páginas de la historia de la Archidiócesis y allende sus fronteras.

Desde aquel difícil momento, en el que tuvo que echarse a sus anchas espaldas de maño los desplantes y maniobras de Segura,rigiendo los destinos de la grey de una de los territorios católicos más importantes del país se quedaría Bueno Monreal 33 años en Sevilla, 29 de ellos de cardenalato, en el marco de sus 60 años de sacerdocio. "Su pontificado sólo fue superado en años por san Isidoro, en el siglo VII", escribe Carlos Ros Carballar, sacerdote, periodista y escritor, que acaba de poner en la calle el libro "José María Bueno Monreal. Semblanza de un cardenal bueno", el primer acercamiento biográfico a una figura clave en los anales de la Iglesia sevillana que no dejó más escritos que sus cartas pastorales y que sí legó la herencia de importantes hitos en aquellos tiempos políticos y multitud de anécdotas que aùn circulan entre el clero viejo.

"Entrañable amigo" y "defensor de sus curas", "humilde", "tolerante", siguiendo las pautas del Concilio Vaticano II, que cambió y abrió la visión de tantos sacerdotes; "afable", "liberal", "pragmático" .... son algunos de los epítetos que sobre Bueno Monreal lanza Carlos Ros, aquel "petulante juvenil", según "bautizo" del propio cardenal en su primer encuentro, que quería volar a Francia con 1.500 pesetas a conocer y vivir el paradigma de una sociedad abierta siendo aún un estudiante de la vieja Universidad Pontificia de Comillas que volvió a Sevilla en vacaciones.

De la mano Carlos Ros el librito, de bolsillo y grande en contenido, con el sello de la editorial San Pablo, volvemos a vista a una figura poco estudiada y poco valorada en su justa medida, un obispo que llegó a Sevilla con 30 parroquias y dejó 90, que fomentó, junto al recientemente desaparecido Gregorio Cabeza, las casas baratas; el Seminario Menor de Pilas,"que nacio y murió con él"; "la renovación del movimiento cofrade", la remodelación de la curia, la creación del Centro de Estudios Teológicos o el ejemplo de aquella carta pastoral de altísimo contenido y nutrida crítica y denuncia social de 1962 que, títulada "Sobre algunos problemas sociales de nuestra Archidiócesis", que rubricó en todos sus términos pero que escribió su entonces obispo auxiliar, José María Cirarda.

Anécdotas encontrarán en profusión para situar aquellos tiempos y la intervención en ellos del cardenal Bueno, testigo de encierros de obreros en el Palacio Arzobispal o del nacimiento de los visionarios de El Palmar de Troya, cuyos líderes, Clemente y Corral, ya de "obispos" se presentaron en el Arzobispado y escucharon de boca de Bueno Monreal: "Desde luego, no os falta un detalle".

En enero de 1982, en la visita "ad limina" de los obispos andaluces a Roma, Bueno Monreal sufriría una trombosis cerebral que le afectó al habla y a la movilidad de medio cuerpo. Dos años antes había cumplido los 75 años, la edad de jubilación de los prelados, pero no fue hasta el 22 de mayo del 82 cuando fue preconizado arzobispo el franciscano Carlos Amigo Vallejo, hoy cardenal emérito de Sevilla.

Bueno Monreal, que continuó siendo la cabeza principal de la Iglesia de Sevilla, moriría en el verano de 1987 en la Clínica Universitaria de Pamplona, a donde acudía anualmente a hacerse una revisión médica durante sus vacaciones en Ciordia, donde se quitaba de los calores de Sevilla en una casita de la congregación de las religiosas compasionistas, dos de las cuales -Estíbaliz (ya fallecida) y Mari Carmen- lo cuidaban durante todo el año. Hoy sus restos reposan en la Capilla de San José, de la Catedral, donde sólo una sencilla lápida de bronce, recuerda su paso por Sevilla.

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