El Parque de los Príncipes cumple cuarenta años
El antes y el después de dos de las zonas más conocidas del parque: la Glorieta de Viena (arriba) y el estanque - archivo abc / vanessa gómez

El Parque de los Príncipes cumple cuarenta años

El Parque de los Príncipes fue inaugurado por el alcalde Juan Fernández el 22 de abril de 1973. Te invitamos a dar un paseo recordando qué fue y qué es actualmente

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Una efeméride como el cuadragésimo aniversario de la apertura del Parque de los Príncipes invita a pasear por sus laberínticos caminos y jugar, como si de una película de Quentin Tarantino se tratase, a construir una historia entremezclando escenas retrospectivas y actuales. Entramos por la puerta entre las calles Santa Fe y Virgen de la Oliva. Estos días de la pasada semana, cuando parecía que el almanaque hubiese desechado las páginas de abril y mayo, saltando directamente a junio, el termómetro que hay justo en esa puerta, a eso de las siete de la tarde, indicaba 38 grados. Todavía. Sin embargo al entrar, el mercurio desciende vertiginosamente. Los árboles, ya crecidos, lo propician. En esa primera avenida que ve, toda repleta de modernos juegos infantiles, el alcalde Juan Fernández, el 22 de abril de 1973, inauguraba el parque de Los Príncipes de España, dedicado a los ahora Reyes, S. M. Don Juan Carlos y Doña Sofía.

Continuamos la visita en dirección contraria a las agujas del reloj por el parque de Los Remedios –y parte de Triana– que, en realidad, fue concebido como jardín. Y no pequeño, precisamente. En total, diez hectáreas. Una parte generosa la ocupa la siguiente parada: la rosaleda. A vista de pájaro podría parecerse a esos misteriosos círculos gigantescos que el actor Mel Gibson descubre en «Señales», obra de seres de otro planeta. En las fotografías en blanco y negro, doce mil rosales de 250 variedades adornaban el curioso espacio; hoy, en color, la rosaleda sólo conserva el nombre. Rosales, ni uno. Una lástima. En cualquier caso, tras pasar el área de juegos, esta es sin duda la zona más tranquila del parque. Todo está en calma. Algo que las parejas tienen aprendido. Los bancos junto a las pérgolas se cotizan. Chicos y chicas –algunos algo más mayorcitos– copan la zona; eso sí, el silencio se respeta. Sólo se oyen murmullos. Hablan de amor… Es primavera y el ambiente invita. Incluso una de las glorietas está dedicada a la poetisa sevillana María de los Reyes Fuentes.

Dejamos a Cupido que siga haciendo su trabajo y pasamos la zona deportiva. Los jóvenes que están jugando en el campito de fútbol, seguramente, no sepan que éste fue ideado como pista de exhibición de caballos y carruajes. Desde 1973, hasta balonmano playa se ha practicado en este lugar. El «pero» se lo lleva la grada. Fue diseñada para hace cuarenta años y se nota, bastante, el paso del tiempo. Quizá sea el espacio más descuidado del parque junto a alguna que otra pradera en la que las malas hierbas le han ganado la partida al césped.

La Glorieta de Viene es la zona preferia por los niños, además del estanque

Seguimos. Llegamos al «centro neurálgico» del parque: el estanque y la cascada. Los niños buscan incesantemente a los patos del estanque, puente arriba y abajo, para darles de comer migajas de pan; se convierten en aventureros saltando entre las piedras que decoran la ría –o la cascada–. El nivel de estrés sube aquí, para los padres de las criaturas, claro, con los cochecitos, igualmente, puente arriba y abajo.

Reanudamos la marcha entre gratificantes praderas de césped. Por los caminos acompañan naranjos, tipuanas, jacarandas, palmeras y ficus. De estos últimos, sus sinuosas raíces forman una atracción natural para los más pequeños. De agradecer también la zona acotada para los perros. Da gusto pasear sin el «acoso» del clásico can inquieto aproximándose a nuestra pierna.

Para terminar, la Glorieta de Viena. Durante la Expo del 92, se instaló como símbolo de amistad entre las dos ciudades, Viena y Sevilla. Zona de juegos infantiles y aparatos de gimnasia para que los más mayores hagan ejercicio. En ese último sitio, cuarenta años atrás, existía una gran fuente donde los niños se bañaban cuando llegaba la temporada estival. Estos que ahora hacen ejercicio recordando los chapuzones con los amigos. Salimos de nuevo a la calle Santa Fe. Hora y media más tarde, el termómetro sólo ha bajado un grado, 37. Otra vez el calor.