Vocabulario sevillano en peligro de extinción
Palabras sevillanas en peligro de extinción en un cucigrama gigante - ABC
COSTUMBRES

Vocabulario sevillano en peligro de extinción

Una mínima selección de palabras del habla sevillana cada vez más difíciles de escuchar en una conversación

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Las variantes diatópicas de la lengua corren riesgo de perderse con la uniformidad de vocabulario que imponen los medios de comunicación, en especial los audiovisuales que estandarizan el idioma. Pero hay algunas expresiones genuinas del habla sevillana que se mantienen como los linces, en riesgo de extinción, pendientes de que los hablantes las salven de una muerte por desuso. Aquí van algunas:

Gandinga

No hay vocablo más sevillano, tanto que así lo admite el Diccionario de la Academia como un sevillanismo: «Despojo de reses». Lo que en nuestros días viene siendo la casquería, ahora elevada a los altares gastronómicos por los nuevos cocineros. La gandinga no se limitaba a los despojos en sí, sino que dio nombre al puesto donde se venden riñones, bofes, lengua, criadillas, asadura… Y de ahí, de ese puesto de la plaza de la Encarnación, pasó al último tramo de la Centuria Macarena nada menos. Es decir gandinga y se llena todo de plumas, aunque eso tenga que ver más con su palabra prima hermana de la recova, el puesto de los huevos y las volátiles. Por debajo de cincuenta años, no hay quienes empleen esos vocablos.

Barzón

Barzonear o dar barzones, locución verbal que la Academia atribuye como variante típica de Andalucía y Extremadura con el significado de «dar paseos ociosos». Quizá porque ya nadie da paseos ociosos, sin rumbo fijo, a la espera de hacerse el encontradizo con un desconocido con el que pegar la hebra. La calle Sierpes fue en tiempos el escenario propicio de estos barzones que le suenan a chino a la mayoría de los sevillanos.

Amanglado

No es galbana (otra palabra que necesita respiración asistida), sino que va más allá de ese estado de sopor, profunda somnolencia, agotamiento físico o cansancio que hace más de un siglo se asociaba a la enfermedad de los manglares que contraían los soldados de la guerra de Cuba. Los uniformados (de rayadillo, que ya ni se usa) volvían de aquellos combates picados por los mosquitos transmisores de enfermedades, con fiebre amarilla o con lo que hoy llamaríamos estrés postraumático, que siempre fue la fatiga del combate.

Marinear

La Academia lo define como ejercitar el oficio de marinero, pero para los sevillanos de más de cuarenta años está indefectiblemente unida a un juego popular no en peligro de extinción, sino directamente extinguido y que de no serlo, estaría hoy proscrito por la autoridad educativa: al cielo voy. Las normas del juego (un equipo agachado que resistía sin derrengarse -ringarse en el vocabulario de los niños- mientras otro trepaba sobre el lomo) prohibían marinear, que podría tomarse como reptar o arrastrarse haciendo uso de codos y rodillas.

Enguachinar

Las faenas del hogar han cambiado mucho en las últimas décadas. Y con ellas, las palabras que expresaban las acciones concretas. La humilde aljofifa de innegable origen árabe ha dado paso a la altiva fregona. Y los suelos ya no se enguachinan, que era una forma de limpiar a manta como el regadío. La transformación en los hábitos de limpieza también ha arrinconado otras palabras como despercudir (que la Academia da como americanismo) y su antónimo empercochar (el percochar académico auxiliado de una sílaba inicial para su más fácil pronunciación).

Esmorecido

Ya sólo se ponen así los niños chicos cuando lloran, pero esmorecer usado como pronominal es sinónimo de desfallecer, perder el aliento, quedarse sin resuello como ese intervalo del llanto en el que el pequeño necesita llenar los pulmones para seguir berreando como un verraco.

Vaina

El capítulo de los insultos también ha variado notablemente. Hace unos años, vaina (con su variante de tío vaina, que no debe confundirse nunca con la obra de teatro de Chéjov) y chufla eran expresiones muy en boga para descalificar a alguien. Otras eran más comunes al hablante medio español como papanatas, soplagaitas o imbécil, que pronunciada con el suficiente énfasis sobre el acento llano constituía una afrenta inmensa para quien la recibía. Junto al vaina y el chufla estaba el papafrita, un tipo sin sustancia caracterizado por la inanidad de sus actuaciones y la nula incidencia en la comunidad.

Sollo

Es cierto que ya no se ven sollos en el Guadalquivir y que el vocablo se ha quedado reducido a su dimensión metafórica por extensión: estar gordo como un sollo. Pero hasta hace medio siglo, los sollos remontaban el río para desovar y en Coria llegó a haber una factoría para tratar sus valiosísimas huevas. Para el hablante más joven, sollo es sinónimo de esturión. Y su hueva, de caviar.

Búcaro

Se muere lentamente conforme se van retirando de la circulación los botijos, que es el vocablo al que remite la RAE con la salvedad de ser un localismo de Cádiz, Huelva, Málaga y Sevilla. Pero ya casi nadie tiene un búcaro en casa y hasta en los bares se dejó de colocar en la barra con su platillo para las monedas que la voluntad del que bebía del búcaro quisiera dejar por la aguada. Con búcaro nos pasa lo mismo que con chaleco: que todo el mundo de más allá de Despeñaperros entiende otra cosa cuando la pronunciamos, pero entre nosotros nos entendemos.

Halar

Un trianerismo en toda regla, influido por el habla de los marineros. Halar, pronunciado con la hache aspirada, significa lo mismo que tirar hacia sí de algo como se hace con los cabos (no hay más cuerda que la del reloj) en los barcos, de donde procede. Este halar de cabuyería se ha transmutado en el jalón de pelos o el gerundio jalando (beber y por extensión comer) con el que los jóvenes salpican su habla. Las palabras, como la energía, nunca se destruyen, siempre se transforman.