Luis Miguel Briz, el parricida de Dos Hermanas, tras ser enviado al módulo psiquiátrico
Luis Miguel Briz, el parricida de Dos Hermanas, tras ser enviado al módulo psiquiátrico - millán herce

El dilema del juicio al parricida de Dos Hermanas: ¿actuó por odio o por locura?

Mató a su familia tras encargarle coronas de flores. Su juicio empieza hoy

alberto garcía reyes
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La discusión había empezado con su hermana. Luis Miguel Briz llevaba unos días descontrolados porque no se tomaba la medicación que el psiquiatra le había pautado para su esquizofrenia paranoide. Aquella mañana del 28 de febrero de 2013, Día de Andalucía, había salido a hacer deporte. Corría dando voces por las calles. Regresó a su casa en la calle San José de Dos Hermanas, un ostentoso inmueble que su padre, un empresario que había prosperado gracias a la venta de ropa y que contaba con un capital nada desdeñable para su recién estrenada jubilación, para comer al mediodía. Y su hermana, Inmaculada, abogada del turno de oficio, de 38 años, también esquizofrénica pero con mucha disciplina para medicarse, volvió a pedirle que se tomara las pastillas. Los vecinos escucharon una escandalera que duró una media hora, más o menos entre las 13 y las 13:30 horas. Luis Miguel se había ido al cuchillero que había en la encimera de la cocina a por el cuchillo del queso y había acribillado a su hermana.

Según el informe forense, la mayoría de sus heridas estaban en las palmas de las manos, probablemente porque las había utilizado para protegerse de las decenas de navajazos furiosos que estaba recibiendo. Uno de ellos, en el cuello. Letal. Y todos en un tris. En el pasillo central de la casa. Su madre, Ángela Torrico, de 62 años, también aquejada de un trastorno delirante, salió de la salita para socorrer a su hija. El cuchillo le entró por todas las partes de su cuerpo hasta que, otra vez de forma certera, su hijo le cortó el cuello. Y por último llegó el padre, Donato Briz, de 66 años. Con él fue especialmente virulento Luis Miguel. Lo mató sin compasión y, una vez muerto, le abrió un agujero en el esternón que, según los psiquiatras, podría responder a la especial inquina que en su vida cotidiana este joven tenía hacia el cabeza de familia.

Un rato antes, por cierto, había encargado tres coronas de flores. Luis Miguel ya tenía pensado lo que iba a hacer. Y en cuanto ejecutó su plan, o las órdenes que le dictara su cabeza perturbada, sorteó los cuerpos de su familia, subió la escalera y se echó a dormir la siesta en su habitación. Dos horas después comenzó la operación de limpieza. Utilizó un detergente doméstico y una fregona. Agrupó los cuerpos en el rellano de la escalera y los tapó con una manta. A las cinco de la tarde, cuando todo estaba reluciente y no quedaba rastro de sangre por ningún sitio, salió a dar un paseo. Al caer la noche, además, subió a un taxi y pidió que le llevaran a un burdel cercano. Mantuvo relaciones con una prostituta, pagó religiosamente y regresó a su casa en otro taxi. Estaba cansado. Sorteó los cadáveres de los suyos y se acostó.

A la mañana siguiente se puso a redactar su propia denuncia en un folio. «He matado a mis padres», decía su relato. El escrito le ocupó toda la mañana, así que antes de llevarlo al juzgado de guardia, comió y se echó de nuevo la siesta. Al despertar fue caminando hasta la sede judicial de Dos Hermanas y entregó el folio. Los policías ya lo conocían. Luis Miguel solía llevar denuncias cada cierto tiempo contra sus familiares, a los que acusaba de maltrato. Pensaron que aquella era una más y no le prestaron demasiada atención, aunque uno de los agentes decidió acompañarlo a su casa para comprobar que todo estaba bien. Eran las ocho de la tarde del viernes 1 de marzo de 2013. El policía salió de la casa tosiendo y pidió refuerzos. Los vecinos abarrotaron la calle con gesto de resignación. No había en ellos indignación, sino pena. «Esto se veía venir». La Policía Científica aplicó el luminol en toda la casa y la sangre limpiada comenzó a dar la cara. Luis Miguel declaró a la juez que ha instruido el caso que lo había hecho todo «en defensa propia». Los informes psiquiátricos han confirmado que su trastorno es absoluto. Pero ahora está medicado y a partir de hoy tendrá que escuchar en la Audiencia otra vez el relato de los hechos. Un jurado tendrá que decidir su futuro. La acusación particular le pide 60 años por tres asesinatos, dada la supuesta premeditación del acusado. La Fiscalía solicita 57 años, pero acepta el argumento de la defensa para que se le aplique la eximente completa de enajenación metal y cumpla este tiempo con un «internamiento para tratamiento médico en establecimiento». Su abogado se mantiene en su teoría de que Briz Torrico cometió tres homicidios. Hoy se constituirá en la Audiencia Provincial el jurado popular que lo juzgará. Y el lunes comparecerá ante la sala el acusado para comenzar a resolver el único dilema del caso: ¿actuó por odio o por un brote de locura?