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Los universitarios «no tradicionales», ese 30% poco conocido

La Universidad de Sevilla representa a España en el proyecto «Employ», que subvenciona la UE para mejorar la empleabilidad de este colectivo

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Adultos, trabajadores, emigrantes, minorías étnicas, discapacitados y mujeres con desigualdades o cargas familiares, son algunos de los perfiles que integran el colectivo de estudiantes y graduados conocido como «no tradicionales» y que en la Universidad de Sevilla supone actualmente en torno a un 30% de su población universitaria.

Mejorar la empleabilidad de este sector menos numeroso y visible y con unas características diferenciales que marcan su trayectoria académica es el propósito que persigue el proyecto europeo «Employ», una iniciativa subvencionada por la Unión Europea en la que participan seis universidades de Polonia, Reino Unido, Suecia, Irlanda, Portugal y España, estando ésta última representada por la Hispalense.

El proyecto, con una duración de tres años, comenzó el pasado mes de enero y lleva realizadas una serie de entrevistas personales para las cuales los profesores de la Universidad de Sevilla José González-Monteagudo, Mayte Padilla y Francisco Liñán, responsables del estudio, han desplegado todos los medios a su alcance para localizar a personas que se ajusten al perfil exigido. «Sobre titulados existen estadísticas de todo tipo, pero no tienen en cuenta esta categoría de los no tradicionales. Al no tenerlos identificados no sabemos si aprueban y se graduan como los demás. Sospechamos que no es lo mismo, pero no tenenos constancia estadística de que así sea», explica Mayte Padilla, quien destaca el valor de este trabajo de campo para la elaboración posterior de unos manuales de buenas prácticas.

«Queremos ver dónde están esos universitarios cuando terminan sus estudios, conocer mejor la realidad de la empleabilidad en el colectivo y detectar qué competencias necesitan potenciar», tercia el profesor González-Monteagudo, que valora, a su vez, la oportunidad que el proyecto ofrece para comparar la situación de estos estudiantes con los de otros países. A continuación, presentamos tres testimonios de personas incluidas en este proyecto.

Josefa Ortiz (49 años)

La historia de Pepi, como la llaman familiarmente, es un ejemplo de superación personal. Residente en Carmona, tiene 49 años y dos hijos de 25 y 28 con carreras universitarias. Se casó muy joven, dedicándose por entero a sus labores como ama de casa, hasta que hace once años sintió que «necesitaba algo más y me entraron ganas de estudiar». Su trayectoria académica concluyó en 8º de EGB, por lo que decidió apuntarse a una escuela de adultos para seguir aprendiendo. Allí le animaron a prepararse la ESO, y la sacó. Más tarde continuó con el Bachillerato, y lo superó en dos años y con nota. No conforme con ello, optó por un módulo superior de Integración Social y cuando lo terminó se planteó dar el salto a la Universidad. «Era algo que no veía para mí, pero me matriculé en Pedagogía, porque me gusta la Educación», comenta.

Hasta terminar el Bachillerato había compaginado su familia, con los estudios y un trabajo como empleada de hogar, que ya hubo de abandonar cuando comenzó el módulo superior. Ahora acaba de finalizar cuarto de Pedagogía y toda la carrera la ha realizado con becas; baste decir que su nota media es de un 8,45 y en su expediente figuran algunas matrículas de honor. «Muchas veces me pregunto cómo he podido llegar hasta aquí», confiesa esta universitaria, que destaca la ayuda que para ella ha supuesto «el apoyo y la ilusión de mi familia». Asegura que, pese a la diferencia de edad, no se ha sentido desplazada por sus compañeros de clase, que «me han considerado una más».

El camino no ha sido fácil, ha debido de adaptarse a muchas nuevas circunstancias y aprendizajes, «pero volvería a hacerlo —afirma— porque mi vida ha cambiado y he mejorado como persona». Actualmente disfruta de una beca de colaboración en su facultad y su idea es hacer el B1 de idioma y un máster, aunque el tema del trabajo lo ve «complicado», entre otras cosas, por su edad.

Daniel Agudo (41 años)

Mientras preparaba en junio de 1995 la Selectividad con idea de matricularse en la Politécnica, sufrió un accidente cerebrovascular que le dejó una discapacidad física con perdida auditiva total. Tras un año de recuperación, inició los estudios de Ingeniería Técnica Industrial en la Universidad de Córdoba, donde encontró las primeras barreras, al no existir entonces «ninguna política para la integración del estudiante con discapacidad auditiva en sus aulas», relata Daniel.

Su situación le llevó a la Universidad de Jaén, donde sólo en los dos últimos años de carrera pudo beneficiarse de unas medidas específicas de atención. Tras cursar la diplomatura en Ciencias Empresariales, volvió a su Sevilla natal en 2007 para buscar trabajo, «eran los comienzos de la crisis —recuerda—, por lo que me matriculé en Finanzas y Contabilidad». Hasta 2013 no logró un empleo en su especialidad, la ingeniería mecánica, que le duró hasta diciembre de 2014, cuando concluyó el proyecto para el que le contrataron y por «incompatibilidad con mi discapacidad física» para nuevos trabajos. Daniel, sin embargo, no ha cejado en su empeño y se halla inmerso actualmente en la creación de «una empresa propia que resume toda mi trayectoria académica y profesional». En «Intesca» combina la prevención de riesgos laborales con la gestión de empresa, la certificación y la ingeniería y resistencia de materiales. «Y, sobre todo —recalca—, es mi meta y mi ilusión más próxima a corto plazo».

Antonia Núñez (26 años)

«Los sueños se cumplen», asegura convencida Antonia del Carmen, natural de Benarrabá, un pequeño pueblo de la Serranía de Ronda, del que salió a los 14 años para terminar la ESO y continuar el Bachillerato en una escuela-hogar de Cortes de la Frontera. Cuatro años más tarde se trasladó a Sevilla, donde reside desde entonces. Aquí comenzó un módulo superior en Animación Deportiva, para luego cursar la diplomatura en Trabajo Social.

Toñi, como le gusta que la llamen, se siente afortunada por haber hallado en sus padres el impulso para avanzar en su carrera; de hecho, todo lo ha estudiado con becas, estando ahora culminando un máster en Migración, Salud, Minorías Étnicas y Estrategias de Intervención. Su paso por la Universidad lo percibe, sobre todo, como «un trabajo», pues disponer de una beca era «mis pies y mis manos». Confiesa que nunca se ha sentido discriminada, si bien afirma que le hubiera gustado «encontrar a más mujeres gitanas en la Universidad».

Considera que no lo tuvo más complicado que otras personas, ya que «la cultura —dice— no te pone barreras, aunque la situación socioeconómica puede condicionar. Por encima de todo es cuestión de actitud personal y ganas de superación». La suya le ha llevado a encontrar trabajo en Fakali, Asociación de Mujeres Gitanas, donde se encuentra plenamente realizada. «El paso por la universidad fue para mí una base, pero el hecho de entrar en Fakali me ha hecho crecer personal y profesionalmente», concluye.