Vista de una calle de la Feria a finales del siglo XIX
Vista de una calle de la Feria a finales del siglo XIX - ABC

Feria de Abril de Sevilla 2019Bécquer, ácida crónica en Sevilla de un feriante nostálgico

En 1869 el poeta publicó un artículo muy crítico con la deriva 'moderna' de la Feria al considerar que había perdido su carácter tradicional

Feria de Abril de Sevilla 2019: Todo lo que hay que saber

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Una Feria atrapada dentro de una postal o en el cuaderno de viaje de un forastero. La fiesta que vio y describió Gustavo Adolfo Bécquer al final de su vida era ya una celebración en la que lo pintoresco falseado había triunfado sobre lo auténtico. Un inmenso teatro «adulterado» en el que el poeta denunciaba que triunfaban las modas de París antes que la verdad de lo popular. «Sobre las ruinas de las tradiciones típicas y peculiares de Andalucía se ha levantado la feria de Sevilla», criticó en un artículo publicado en las páginas de «El Museo Universal» en 1869, sólo un año antes de su muerte.

Es curioso rastrear en la Feria de las últimas décadas del XIX a través de la mirada de Gustavo Adolfo Bécquer. El escritor sevillano había vivido en su infancia los inicios de la fiesta. En su memoria quedó aquella imagen nostálgica que no encontró a su regreso en viajes posteriores. Por eso critica la pérdida de su carácter tradicional frente a otras ferias ejemplares como las de Mairena y Ronda, «las cabalgatas de la Virgen del Rocío o la vuelta de las hermandades del Cristo de Torrijos».

Bécquer es implacable con su visión y por eso recuerda las evocaciones críticas que sobre las tradiciones de la ciudad harían años más tarde otros paisanos como Antonio Machado o Luis Cernuda. Escribía Bécquer que las ferias se habían creado espontáneamente para dar a conocer las ganaderías, los cantaores y los valientes, pero en la Feria de Sevilla había pasado ya «el reinado de la calesa».

Anunciaba así el fin del pintoresquismo, esa corriente que entre la verdad y el falseamiento había conseguido fascinar a los viajeros románticos. «El calesero, cuya descripción sirvió de tema a tantas festivas plumas, y cuyo tipo fue modelo de tantos pintores, no fuma ya su cigarro sentado de medio ganchete en la vara cantando y jaleando el jaco al son alegre del campanilleo que hacía olvidar el calor, el polvo y la fatiga del camino».

Bécquer descubre que el calesero aparece ahora en la plaza de San Francisco «con un sombrero de copa lleno de apabullos, una levita rancia y un corbatín de suela, lee hoy "La Correspondencia" en el pescante de un simón».

Argumentaba Bécquer que si bien la Feria había ganado en «ostentación y riqueza», había perdido su carácter tradicional. E incluso criticaba el mal de la «elegancia» y lo «cursi».

Su retrato del paisaje humano de la fiesta era demoledor: «No busquéis el caballo enjaezado a estilo de contrabandista, la chaqueta jerezana, el marsellé, y los botines blancos pespunteados de verde; no busquéis la graciosa mantilla de tiras, el vestido de faralares y el incitante zapatito con galgas; el miriñaque y el hongo han desfigurado el traje de la gente del pueblo».

Efectivamente, en muchas de las fotografías de la época se descubre cómo muchas jóvenes ricas vestían según las modas de París. Triunfaban los preceptos del último figurín y hasta las hijas de los ricos labradores «encargan a Honorina o hacen traer de París los trajes».

La pluma sarcástica de Bécquer describe los contrastes de la fiesta: «Junto al potro andaluz trota el ponney de raza; al lado del coche de colleras con sus caireles y campanillas, pasa la carretela a la grand Dumont con sus postillones de peluca empolvada».

Y también los contrastes como cuando en las tiendas donde se sirve la manzanilla en cañas y se fríen buñuelos se levanta al lado «el lujoso café-restaurant donde se encuentran paté de foie-gras, trufas, dulces y helados exquisitos».

Y no duda en subrayar su canto nostálgico al pasado, a las escenas que probablemente pudo vivir en su infancia de niño sevillano que asistía asombrado a los primeros años de la Feria en los que se vería el embrujo de cantaores de leyenda: «Los últimos y quejumbrosos ecos del polo de Tóbalo se confunden con el estridente grito final de una cavatina de Verdi».

Adelántandose a la visión ferozmente crítica de Ortega y Gasset en «Teoría de Andalucía» (1927) cuando advertía que Sevilla era un inmenso teatro y sus habitantes actores de una gran función, Bécquer describe esta portentosa representación: «Un prado inmenso, cubierto de un tapiz de verdura finísima; por fondo, la accidenta silueta de Sevilla con sus milares de azoteas y campanarios que coronan la catedral y el giraldillo; por actores, una multitud alegre y ruidosa».

Y continúa con su dura radiografía sobre la verdadera naturaleza de la fiesta de su ciudad natal: «Hay tabernas y buñolerías; se compra, se vende y se camabalachea; se toca, se come y se bebe; hay palmas, cantares y borracheras más o menos chistosas, pero todo ello está como adulterado».

Y, sin embargo, el poeta también se rinde a la belleza como cuando describe el panorama del real de la Feria desde la puerta de San Fernando. «Figuraos al través de la gasa de oro que finge el polvo, su llanura, tendida y verde como la esmeralda, el cielo azul y brillante, el aire como inflamado por los rayos de un sol de fuego que todo lo rodea, lo colora y lo enciende».

En su narración de la Feria se detiene en mínimos detalles e incluso en cómo cambia a lo largo del día, porque ya entonces la fiesta de día no era la misma que la de noche. Aunque prefiere las primeras horas de la mañana, porque «hay un olor de flores y de tierra húmeda que embriaga» advierte que «la aristocracia tiene el buen gusto de no emperegilarse desde tan temprano».

La Feria de día es del pueblo que cae rendido al llegar la hora de la siesta cuando vence el calor. Y descubre que los forasteros duermen a la sombra de los monumentos históricos, las muchachas buscan el fresco e sus patios y «reina un silencio extraño interrumpido sólo por el monótono canto de los grillos y las chicharras». Con la brisa de la tarde que se levanta del río llega el segundo acto de la comedia: «La feria de la tarde es la feria de la elegancia y el buen tono».

El artículo que Bécquer publicó en 1869 se nos presenta como una estampa exótica y singularísima porque la Feria que él conoció nada tiene que ver con la que conocemos, heredera de la reinvención de los años veinte. Así, describe la curiosa ornamentación de las casetas: «Millares de tiendas de campaña, formadas de telas vistosas y empavesadas con banderas y gallardetes de infinitos colores, largas filas de casetas vestidas de pabellones blancos». Y ese aire de feria antigua donde tenían lugar estampas asombrosas con «saltimbanquis que tragan espadas desnudas, ciegos que cantan jácaras, farsantes que enseñan monstruos vivos».

Sin olvidar cómo, a pesar de las transformaciones "modernas" que denunciaba el poeta, aún guardaba la razón de sus orígenes como feria de ganado donde se citaban grupos pintorescos de gente de campo bajo «sombrajos hechos de tres palos y una estera de palma, propios de los cortijos». Y donde en el real se podían ver a jinetes acosando, garrocha en mano, las vacas y los toros.