La memoria crucificada
Un grupo de personas observa desde un balcón el paso del Cristo del Buen Fin. KAKO RANGEL

La memoria crucificada

POR FRANCISCO ROBLES
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La Semana Santa es un bucle que avanza irremisiblemente y que nos engaña con ese retorno pasajero a lo que fuimos. Volvemos a las calles donde el tiempo nos alcanzó para destruir el paraíso efímero de la infancia. Y allí nos encontramos con la soledad del Crucificado que se recorta sobre un horizonte de nubes como algodón para las espinas que se clavan en sus sienes: literalmente fue así. Esa muerte nos pone en contacto con los que se fueron. Ellos son los verdaderos exiliados que ayer retornaron al barrio donde fueron felices, donde sufrieron los desengaños que nos da la vida. El barrio se pobló de sombras y de ausencias. Todo se había transformado: casas, comercios, rótulos, balcones… Nada era igual. Sólo lo efímero permanece y dura: es el triunfo de la cofradía. Y el Cristo alzado y ofreciéndose en el punto más alto de la ciudad: ese puente bajo el cual ya no discurren los raíles paralelos del tren que jamás volverá a salir de la vieja estación. El Cristo lo subió a los sones de Réquiem. ¿Hace falta explicar lo que cimbreó al cronista por los adentros?

Si San Bernardo es la hermandad de los toreros, el Buen Fin no le va a la zaga cuando le da la vuelta al ruedo donde la ciudad se juega la femoral: fe y moral unidas bajo la zancada poderosa del Señor que allí habita y cuyo nombre no es preciso pronunciar. El Crucificado no pende de la cruz porque sus brazos se alinean para reproducir el proceso de la rigidez cadavérica. Su cuerpo inerte recibía los rayos de un sol que se colaba entre las ramas podadas de los plátanos. Detrás, la banda de la Centuria. Armaos en San Lorenzo como un presagio de lo que ha de llegar en cuanto el tiempo se cumpla. Alea jacta est. Al mando del paso, alguien que lleva el apellido Laffón para que se cumpla el rito: el capataz no es más que un poeta que va marcando el ritmo de esa estrofa ciega que componen los costaleros.

El cronista se metió en las honduras de la fiesta. En el tuétano mismo. San Bernardo y San Lorenzo. Fue paseando por una Sevilla calmada a esas horas de la tarde. Calles semivacías donde no se alineaban las sillas de los chinos que sirven para convertir el corazón de la ciudad en una playa donde la gente come, bebe, charla, juega a las cartas y espera el paso de una cofradía como si fuera un desfile de gigantes y cabezudos. Tampoco estaba el suelo cubierto de latas, de desperdicios que nada tienen que ver con la inmaculada luna del Parasceve cuando la noche aloba las cuestas empinadas del Bacalao o del Rosario. El cronista paladeó esas horas muertas que se refugian en el regazo de la Virgen de la Piedad. El paso dejó Pastor y Landero y se salió a los medios de Reyes Católicos. Las manos bajas, el Hijo en el hule. Un costalero con la ropa de trabajar en forma de percal amarillo y rosa. O mortal y rosa, que sería más exacto. Para rematar la faena, un canasto de albero tallado que desafiaba con sus brillos al lento apagón del poniente.

Reflexión

Después de haber alzado la vista a los cielos crucificados del Miércoles, el cronista se entregó a la necesaria reflexión mientras cruzaba calles silenciosas donde la muerte se adivinaba en los patios dormidos. La Semana Santa sobrevive porque no hay lanzada que pueda con ella. Los navajeos sobran cuando Cristo se entrega hasta el límite de sus entrañas sobre el canasto catedralicio que talló Guzmán Bejarano. Barroco sobre gótico entre los Hércules de la Alameda: fusión total. Tampoco hay nada que hacer cuando la noche cae y el Cristo de Burgos nos enfría por dentro con esa curva de ballesta en tensión que domina su silueta. Hachones como tiniebla encendida a la ida por Imagen. Sobresalto y quietud a un tiempo.

La frase con que Goethe se defendía de la oscuridad antes de morir se podría aplicar a la jornada de ayer: «Cruz, más cruz». De la cruz a la luz sólo hay un paso. El del Cristo de las Siete Palabras. Calvario en el estricto sentido de la palabra. Cruz alzadísima hasta el límite de lo inestable. Las pupilas no se fijan en el ambiente frívolo que rodea a la fiesta. Siempre fue así. Sólo hay que leer a Núñez de Herrera, a Roberto Arlt, a Oliverio Girondo, a Charles David Ley, a los cronistas que no se han quedado en el pan de oro y han descrito el vino de las tabernas. «Cruz, más cruz». Hace falta que la cruz se eleve sobre la futilidad de lo cotidiano, sobre la ciudad cutre que navega sin rumbo, a la deriva, como un barco sin timonel que busca su rumbo en la Virgen del Carmen que hunde su ancla en la calle Feria.

Hace falta levitar aunque sea en el sentido figurado de la palabra. Elevarse sobre la mediocridad imperante. Recrearse en esos claroscuros que los imagineros barrocos marcaron en los cuerpos moribundos, expirantes o inertes. Buscar a Dios en esos juegos de luces y sombras que los altos candelabros de guardabrisas establecen cuando llega la noche y todo lo cubre… aunque no llegue a tapar la chabacanería que siempre fue unida a la liturgia callejera.

Antes de que cayera la noche sobre los Crucificados, el Cristo de la Sed llegó a la Alfalfa para que volviera a representarse la escena que describió magistralmente el maestro Garmendia. Aunque ayer no hacía demasiado calor, la gente pedía la cerveza de La Cruz del Campo, que por algo le da nombre a la avenida donde está el templo que acoge al Crucificado de Álvarez Duarte. ¡Dos cervezas, un tinto de verano y un yintoni! Fuera, Jesús seguía diciendo una de sus Siete Palabras. La más estremecedora. La más humana. La que le arranca, en este momento de escritura en soledad, un jirón de ternura al cronista: «Tengo sed».