Inventario de los cuadros que fueron almacenados en el Alcázar
Inventario de los cuadros que fueron almacenados en el Alcázar - A. MONTES / ABC
CRÓNICA DE UN EXPOLIO

Los 999 cuadros que robaron los franceses en Sevilla

La crónica de cómo las tropas napoleónicas se incautaron de las obras de los más grandes pintores y las inventariaron en el Alcázar

SEVILLAActualizado:

Fueron 999. Les faltó uno para llegar al millar de cuadros robados. Las tropas napoleónicas rapiñaron templo a templo, convento a convento, las obras de los más grandes pintores. Bajo el mando del mariscal Soult, el ejército invasor las almacenó en los salones del Real Alcázar e hicieron inventario: 82 zurbaranes, 74 de Valdés Leal, 43 murillos... Ésta es la crónica del expolio artístico de los franceses en Sevilla que, doscientos años después, aún mantiene repartido por el mundo gran parte del patrimonio sevillano.

Corría el año 1810. Los invasores conocían perfectamente la ubicación de las obras de arte y las ambicionaban para exhibirlas y para crear el Museo Napoléon en París. La Iglesia, las hermandades y las órdenes religiosas hispalenses estaban al tanto de estas intenciones. De hecho, diez años antes, aún cuando nadie imaginaba las intenciones de Napoleón, el ministro afrancesado Mariano Luis Urquijo —que resultó ser un caballo de Troya en el Gobierno español—, convenció al Rey Carlos IV para crear un Museo Real donde se reunieran las obras de arte más notables. Para ello, lanzó una real orden conminando a estas instituciones a enviar a dicho museo lo más granado de su patrimonio. Cuenta Gómez Imaz en su «Inventario de los cuadros sustraídos por el gobierno intruso en Sevilla» que en julio de 1800 la Santa Caridad recibió la orden de entregar los once cuadros de Murillo que poseía para este museo. Sin embargo, entonces se evitó el expolio por las intervenciones diplomáticas desde Sevilla.

Urquijo convenció a Carlos IV diez años antes para recopilar las grandes obras de la Iglesia para crear un Museo Real en Madrid

No ocurrió lo mismo cuando las tropas francesas llegaron a la capital hispalense. Urquijo, ahora secretario de Estado del nuevo monarca José Bonaparte, publicó el 20 de diciembre de 1809 en «La Gaceta» de Madrid un decreto en el que se ordenaba la fundación de un museo de pintura «que contendría una colección de cuadros de las diversas escuelas de los pintores españoles». Este oficio le fue entregado a los gobiernos locales para comenzar la incautación de las obras.

Botín en el Alcázar

En Sevilla, Urquijo mandó reunirlas en los salones del Real Alcázar para hacer inventario antes de su partida. Para ello, en «La Gaceta» de Sevilla del 13 de febrero de 1810 apareció el siguiente oficio de José Bonaparte: «Queriendo reunir en un mismo sitio todos los monumentos de las bellas artes existentes en esta ciudad, hemos decretado y decretamos lo siguiente: de las salas de nuestro Real Alcázar se tomarán quantas sean necesarias para que se coloquen los monumentos de arquitectura, las medallas y las pinturas, y su escuela, que ha de ser conocida por la Sevillana».

Hubo conventos, hermandades y algunas parroquias que, a sabiendas de lo que estaba por venir, se llevaron algunas de sus obras de arte lejos de las manos de los franceses. Fue el caso, por ejemplo, del Cabildo Catedral, que llevó a Cádiz la custodia de plata de Juan de Arfe, o el convento de los Capuchinos, que trasladó sus cuadros de Murillo. Bien podría ser esto una actuación precursora del exilio de algunas imágenes durante la Guerra Civil más de un siglo después. Sin embargo, por aquel entonces, como ocurrió en 1936, muchas no se salvaron de las manos enemigas...

El cuadro de Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos
El cuadro de Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos

«Comenzóse la batida por la Santa Caridad porque en ella existían los más excelentes cuadros de Murillo, y por complacer a Urquijo, que no olvidaba la famosa Real Orden de Carlos IV, por él suscrita (...)». El historiador Gómez Imaz recogía así a finales del XIX el saqueo de este hospital, cuyo hermano mayor intentó demorar la entrega lo más posible sin éxito, ya que se presentaron en la Caridad por la fuerza y se llevaron ocho de los once cuadros de Murillo: «Las aguas de Moisés», «La multiplicación de los panes y los paces», «San Juan de Dios», «Abraham recibiendo a los tres ángeles», «La curación del paralítico», «San Pedro libertado por un ángel», «El hijo pródigo» y «Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos», dejando únicamente los tres más pequeños que albergaba la hermandad.

Era sólo el comienzo, ya que la incautación de obras continuaba por cada iglesia y convento sevillano. Se nombró para ello una comisión ejecutiva con miembros de la Academia de Bellas Artes para escoger las obras que había que llevarse y entregárselas al gobernador del Alcázar, mientras se iba haciendo inventario, cuyo original se conserva en el archivo del palacio real hispalense: un manuscrito de «diez y seis pliegos de papel en hilo de folio (...) anotándose en el inventario los cuadros sustraídos, indicándose las dimensiones y el asunto o composición, aunque muy a la ligera, agrupándolos por autores en salas numeradas, no con el mayor ni perfecto orden», describe Gómez Imaz.

Un millar de obras

Podría ser un número simbólico, nadie lo sabe, pero los franceses depositaron en el Alcázar un total de 999 cuadros en 39 salas, desde el propio Murillo a Zurbarán pasando por Herrera, Alonso Cano, Valdés Leal o Rubens, como se aprecia en el gráfico de esta página. Como era previsible, las 43 obras de Murillo ocupaban la sala uno, ya que fueron el objetivo primordial del expolio y del que, entre otros, además de los ocho cuadros de la Caridad, se llevaron los diez lienzos del claustro chico del convento de San Francisco (hoy Ayuntamiento), y cuadros tan destacados y simbólicos como la Inmaculada de los Venerables, que desde entonces están repartidos por pinacotecas de todo el mundo. Sin embargo, lejos del mero interés por adornar el nuevo Museo Napoleón en París, algunos de estos cuadros acabaron en las colecciones privadas de los propios invasores, como fueron la colección de los murillos alegóricos de la Caridad o la Inmaculada de los Venerables que tenía en su poder el mariscal Soult en su domicilio de la capital francesa, a cuya muerte en 1836 sus descendientes vendieron a distintas pinacotecas. Esta última, como paradigma de este expolio, fue robada por Soult de la iglesia del hospital del barrio de Santa Cruz, donde dejó únicamente el marco. En 1852 fue vendida al Museo del Prado y, en 2012, regresó de forma efímera a su ubicación original para la celebración de la muestra «Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad».

El Cabildo Catedral se llevó a Cádiz la custodia de Arfe para que los franceses no la encontraran

Cuenta Gómez Imaz que «evacuada la ciudad por los invasores, hubo una inmensa y ruidosa explosión de alegría, aumentada con el carácter decidor, parlero y alegre de los sevillanos que, libres de opresión enemiga, daban rienda suelta al entusiasmo y esparcían el ánimo con fiestas y públicos regocijos»... hasta las campanas de la Giralda sonaron sin cesar.

Aunque el levantamiento popular de los patriotas logró expulsar a las tropas napoleónicas, consiguiendo la victoria en la Guerra de la Independencia, el botín conseguido por Francia fue inmenso. Como se ha indicado, sólo en Sevilla fueron 999 cuadros los que fueron intervenidos, algunos de los cuales permanecen en pinacotecas del país galo y otras, la mayoría, fueron vendidas a otros países, engrosando las arcas del Estado y familias francesas, sin que España viera un duro por ellas.

Restaurada la monarquía en Francia, el Rey español Fernando VII instó en 1814 a devolver las obras de arte expoliadas, pero la mayoría quedaron en las colecciones particulares o en el Louvre. Como la Inmaculada «de Soult», Sevilla intentó la recuperación de sus piezas, algunas de las cuales carecen de sentido sin su ubicación original, pero lo más que se ha conseguido es el regreso de unas pocas por un breve espacio de tiempo, para exposiciones como la que se puede contemplar ahora en los Venerables de «Velázquez y Murillo».