J.M. SERRANO

Arturo Pérez-Reverte, escritor: «Caín era español, pero con DNI y todo»

Cartagenero, apasionado por Sevilla, mudó su destino de reportero de guerra por el de escritor y académico de la Lengua. Tras vender 3 millones de ejemplares, lanza ahora «El caballero del jubón amarillo», la quinta entrega del Capitán Alatriste

JOSÉ Mª ARENZANA
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-Prepárese para el examen: ¿De esta ciudad le atraen su Historia, su Geografía, su Física, su Química...?

-Su física y su química. Sobre todo el físico de su física.

-¿De dónde arranca su intensa relación con Sevilla desde hace años?

-Es una vieja historia. Hay ciudades femeninas y otras masculinas. Nunca

podría mantener un idilio con Londres o Moscú. Para llevarme a Sevilla a la cama tuve que escribir quinientas páginas de «La piel del tambor».

-Y eso que no le veo enganchado con la Semana Santa, ni con la Feria, ni con los toros, ni con el Betis, ni demás folclores...

-Es que no tuve la suerte de nacer aquí. Nadie es perfecto. Como soy de afuera, me enganchan otras cosas.

-Muchos turistas aún buscan la Iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas que aparece en su libro «La piel del tambor». ¿Le sorprende?

-Lo sé, y van listos. Es lo único que me inventé en esa novela.

-Alguien dijo que es «la novela de Sevilla», la que nunca tuvo. ¿Le parece suficiente o se le queda corto?

-A mí me parece suficiente. Excesivo, pero suficiente.

-Le diré algo sobre cierta Sevilla: algunos «se lo perdonan» porque es usted «ave de paso». ¿Lo sabía o prefiere disimular que no sabe de lo que le hablo?

-Por supuesto no sé de qué carajo me habla. Aquí me quieren mucho de toda la vida. Fíjese en ese tal Benítez Reyes, por ejemplo, un escritor sevillano que me adora a pesar del mucho éxito que tiene con todas sus novelas. Un fan.

-Por cierto, no sabe lo que le agradezco el papel de banquero que me asignó en el anterior Alatriste. Sigo teniendo las mismas deudas, pero los hay que me miran con mejor cara desde entonces...

-Se nota que no lo conocen a usted como lo conozco yo.

-Usted que mira por sus ojos, ¿qué es lo que más le sorprendió a Alatriste de su paso por esta ciudad?

-La mezcla de belleza, tradición, memoria e incultura que hay aquí. Lo mismo que hace cuatro siglos, coexisten con toda naturalidad.

-¿Y le parece que hemos cambiado mucho o percibe mucha picaresca viva entre los españoles?

-España siempre fue un inmenso patio de Monipodio. Es cuestión genética. Aunque a veces diez justos bastan para salvar a Sodoma. O a Gomorra.

-Y en ese sentido, ¿en su Literatura hay más reportaje que ficción o al contrario?

-Yo sólo escribo ficción, oiga. El reportero palmó en Sarajevo, en 1993.

-Le oí quejarse de la mala suerte que siempre tuvo España. ¿Cree en el mal fario o fue otra cosa?

-A la larga, cada país tiene la suerte, los reyes, los curas y la tele que se merece. También los hijos que se merece.

-¿En qué momento de la Historia de España estuvieron más cerca de ganar los que perdieron?

-En el siglo XVIII, con la Ilustración, en el XIX con la primera República y en el XX con la segunda. Me temo que se agotaron las oportunidades.

-¿Y nos habría ido mejor o sólo de otro modo?

-No tengo ni puta idea, la verdad.

-Pero los caínes y los abeles estuvieron siempre repartidos en ambos bandos. ¿O no?

-Sí. Sobre todo los caínes. Incluso a veces cambiándose de bando, según la

coyuntura. ¿No sabía usted que Caín era español?... Con Deneí y todo. Lo dice la Biblia, o algún libro de esos.

-¿Le parece más pecado nacional la envidia, la intolerancia o el cambio de chaqueta?

-El peor pecado nacional es nuestro glorioso analfabetismo voluntario.

-¿Testarudez y fanatismo son la misma cosa?

-No. Hay testarudos muy dignos. El fanatismo no tiene dignidad alguna.

-Para vivir, ¿qué otra etapa de la Historia y qué otro lugar habría elegido, si pudiera?

-Esta me vale. No es perfecta, pero es mejor que las otras. En términos generales, claro.

-¿Ha logrado sentirse ya académico o sólo de pasada?

-Me siento, me siento. Tampoco es tan difícil. Se lo juro.

-¿Lo nota ante el folio en blanco o no le pesa nada?

-Mis folios en blanco no tienen nada que ver con la Real Academia.

-«Alarma» y «guerrilla» son, tal vez, los términos españoles más exportados a otras lenguas. ¿Dice mucho o nada de nosotros mismos?

-No sé. Pero me gusta mucho la palabra «guerrilla». Es mucho más digna que «guerra», dentro de lo que cabe. Quizá sea la única auténtica de las dos.

-¿La vez que se vió más cerca de su propia muerte?

-Pues no sé que decirle. Cada vez que estuve a punto de morir, supongo.

-¿Y lo mejor que aprendió de la vida fue en la paz o en la guerra?

-En la guerra aprendí que somos frágiles y son tres días. Una certeza utilísima, por cierto.

-¿Y de las mujeres, fue en los libros o de su propia experiencia?

-En los libros, naturalmente. ¿Dónde, si no?

-¿Lo mejor que averiguó de ellas?

-Que cuando quieren, o lo necesitan, tienen más cojones que cualquiera de los hombres que conozco.

-Por supuesto el sexo débil le parece el nuestro, ¿no es eso?

-Débil y miserable. Pero esa es otra historia.

-¿Consiguió entender algo de ese asunto o le siguen pareciendo completamente indescifrables?

-No hay nada indescifrable, si uno se arrima con tiento y se fija.

-Atrévase a decir algo no del todo bueno de las mujeres...

-Algunas van por la vida ignorando que tienen fecha de caducidad, como los yogures. Pero eso también nos pasa a algunos hombres.