«Beni» acompañado de dos chicas
«Beni» acompañado de dos chicas - ABC
Reloj de arena

«Beni», el rey de los bares de copas de la movida sevillana

Benito Moreno Domínguez se convirtió en un personaje al otro lado de la barra en la década de los ochenta

SevillaActualizado:

Parecía que era uno de aquellos camareros atildados, limpios y con cinco títulos universitarios que el Gran Gatsby acostumbraba a tener en su palacete neoyorquino. Camisa blanca impoluta, pantalones negros con la raya más recta que la de Los Palacios y una pajarita que anidaba cerca de su nuez y le daba a su bien construida cabeza el canto del loco por vivir. Así recuerdo a Benito Borrero Domínguez, «el Beni» para la Sevilla que lo trataba al otro lado de la frontera, al otro lado de la barra de los bares de noche donde fue el rey de copas. Era de la piompa y nunca se esforzó por ocultarlo. Todo lo contrario.

Fue para Beni su mejor tarjeta de presentación, una forma de asumir su condición sin necesidad de balancearse histriónicamente en ningún arco iris ni en una carroza de orgullo rosa. Dicen que fue en el bar Edelweiss, al lado del Mohama y frente a La Cepa, en plena calle Monte Carmelo, donde un iracundo entró diciendo que quería cargarse a algún maricón. Benito, en defensa propia, sacó aquel vozarrón de levantador de piedras vasco que guardaba para ocasiones extremas, intentando no levantar sospechas. Así estuvo un buen rato. Hasta que reventó. Se fue para el majareta y le dijo: mira, a mí me ha gustado siempre jugar con muñecas, me tiño el pelo de rubio y soy maricón. ¿Pasa algo? Me cuentan que el iracundo y el Beni sellaron la noche con una copa de amistad casi eterna. Y probablemente con una tapa de tortilla de patatas con mayonesa con la que siempre calmaba el hambre de la noche de sus amigos más especiales.

Él fue la flor de Edelweiss, ese milagro de los Alpes que simboliza la osadía, la belleza y constancia para sobrevivir en medios adversos. Cuando Tejero ocupó el Parlamento, Benito estaba en casa de Alfonso Rodríguez Galinier, El Cani de Triana, tratando de enseñarle a Kuki Scotto las sevillanas. Se le había metido en la cabeza a Antonio Mejías, el primer representante de María Jiménez, que Kuki tenía madera para ser artista. Aunque su voz fuera un homenaje a los silbidos de un tren. La abuela les preparó una merienda estupenda.

Al día siguiente, en el centro territorial de TVE estaba prevista una prueba, con Riqueni a la guitarra. Inopinadamente se produjo una llamada telefónica: han dado un golpe de Estado. A Benito se le cambió el color y los nervios helaron la flor de su sonrisa, aquella flor de Edelweiss que se marchitó de miedo. Se comió él solo la merienda. Y se justificó diciendo: mañana estamos en la cárcel todos los maricones. Y yo voy a entrar bien comido por lo que pueda pasar…

Y pasó que la vida siguió su rumbo y Benito volvió a ser la sonrisa más amable de la noche local. Estuvo en los bares de los hermanos Calvo hasta formar parte de la marca: La Recua, Comercial, Aduana, terraza Alfonso…En todas esas barras desplegó su profesionalidad y amistad. A un cliente lo puede traicionar una copa de más; pero Benito jamás. Y era proverbial que el asiduo que llegaba demasiado mojadito y hablando con más dificultad que Radomir Antic, los cubatas que pedía no llevaban ginebra, sino agua.

Ejercía fascinación sobre las mujeres. Como aquellas americanas encandiladas con sus cosas que se lo quisieron llevar al huerto sin saber que los pimientos que se comía solo eran del piquillo. Durante un festival de cine, en un patio flamenco que había en Pureza al lado de la tienda de motos de Ángel Berral, conoció a Helmut Berguer, el hombre más bello del Universo, según Vogue. Berguer trabajó en varias películas con Visconti y era una especie de Apolo. Aquella amistad acabó en el Alfonso XIII. Al día siguiente Benito salió del hotel recitando a Becquer y sin calcetines. El amor le había robado la cabeza.

Aquella cabeza era rubia como la cerveza y Kuki Soto casi la escacharra aquel día en Torremolinos donde le llevó el agua oxigenada sin rebajar. Entonces no había Farmatint. Creo que tuvieron que intervenir hasta los bomberos para apagar aquel colosal tupé en llamas. La flor de Edelweiss se secó demasiado pronto. Pese a que él se negó a cumplir años cuando llegó a los cincuenta y nueve. Subió al cielo para estar junto a su madre y a la Macarena, a la que le rezaba todas las noches. Pero su sonrisa la dejó en la tierra para que todos con los que he hablado de él lo recordaran con absoluta alegría..