Carlitos Fernández junto a Carlos Bacall
Carlitos Fernández junto a Carlos Bacall - Pepe Camacho
RELOJ DE ARENA

Carlitos Fernández: el otoño del rey

Sus palillos deslumbraban en América y encandiladas, acudían a su camerino estrellas de Hollywood

SEVILLAActualizado:

Triunfar es lo mismo que afinar una guitarra. O acoplar tu voz a la música. Hay que dar con la tensión exacta que la cuerda le pide a la clavija. O acariciar con los duendes de la garganta el tono exacto de lo que la gente quiere escuchar. Si eres capaz de hacer eso, las medallas te asaltan el pecho, la miel se derrama en tu honor por los periódicos y la vida solo te mira para sonreírte y halagarte. Eso le pasó a Carlitos Fernández, hoy un nonagenario con un pasado de oro, que tocó el cielo con las manos y el mundo se le quedó pequeño como escenario de su grandeza. Cantaba y tocaba los palillos como si fuera un piano. Y triunfó de tal forma que su jefa, Concha Piquer, llegó a decirle entre bromas y veras: voy a tener que colocar tu nombre en los carteles con la letra más grande que el mío… Que doña Concha le dijera eso, con aquel alienígena que alimentaba en su estómago un carácter tan prusiano, da la medida de lo que este sevillano de la Puerta Real llegó a conseguir en su carrera. Fue el rey de las castañuelas.

Carlitos Fernández era el menor de once hermanos de una familia sevillana de la posguerra. Y salió adelante a fuerza de devolverle a la vida lo contrario de lo que le daba. Si la necesidad le regalaba papas en amarillo él le devolvía el caviar de su arte. Si le regateaba un par de pesetas, el volcaba una tinaja de oro con el sonido de unos palillos que parecían hecho por orfebres. Aquel muchachito de la Puerta Real, que lo mismo cantaba una copla de la Piquer que te daba un concierto de castañuelas, lo perseguía la patrulla del triunfo, la banda del éxito. Estaba llamado a firmar sus fotos para los fans, dedicar canciones por las radios y asombrar los teatros del mundo. Su nombre pedía neón y luces de colores. Concha Piquer se lo llevó con su compañía para hacer las Américas. Desde Buenos Aires hasta Nueva York. Desde el teatro Avenida de Buenos Aires al de la calle 59, donde debutó con Maleni Loreto. Y en Cuba, poniendo el José Martí de la Habana Vieja boca abajo, con mulatos y jabaos tocando los palillos. Como Lorca se embrujó con la ciudad y sus tentaciones, haciendo suyo lo que el poeta que venía de Nueva York dijo al verla: «¿Pero qué es esto? ¿Otra vez España? ¿Otra vez la Andalucía mundial? Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez». Carlitos se quedó atornillado en La Habana por un tiempo. Quizás el que durara la fuerza de la tuerca que lo embrujó.

Sus palillos deslumbraban en América tanto o más que en España. Y así, encandiladas, acudían a su camerino estrellas de la galaxia Hollywood y de los planetas de la política. Lauren Bacall, aquella diosa de ojos líquidos celestiales que se comió el malaje de H. Bogart, se fotografío con Carlitos en México tras una memorable intervención del artista; Evita Perón fue a conocerlo personalmente tras su actuación en el teatro bonaerense; Pastora Imperio, Lola Flores, Carmen Amaya, Antonio el bailarín, Manolo Caracol y el músculo vasco de aquella España en blanco y negro, José Manuel Ibar Urtaín, pasaron por delante de su trono para rendirle pleitesía y reconocimiento a su nobleza artística.

Pepe Camacho, gran amigo suyo, le regaló, en presencia de Enrique el Cojo y Juan Morilla, unos palillos hechos de tela «prensá». Camacho estaba estudiando baile y se los dio para que lo probase el rey de las castañuelas. Le confesó que jamás había tenido unos palillos que sonaran igual. Pepe se los regaló con todo el cariño de su amistad. Lo malo que tiene el éxito es que también se apaga. Pasa la vida, pasa el cariño, pasa la gloria, pasan los años. Y el mundo que antes se rendía a tus pies te deja olvidado en las primeras páginas de su caprichoso álbum, donde el oro se vuelve catafalco. Antonio Burgos, por los noventa, habló con Luis del Olmo para que Carlitos tuviera su protagonismo en «Protagonistas», donde tantas cosas tenía que contar. Hoy muchas de ellas se han perdido como gotas de lluvia en el mar tenebroso de los naufragios vitales. Carlitos se acuerda más de hoy que de ayer. Y en la barriga de la niebla que desdibujan sus recuerdos siguen sonando unos palillos como cuando iba a la cruz de mayo del corral de La Hormiga, en la Cava Gitana, para deslumbrar a los vecinos. Mañara se ha hecho cargo de su otoño. Dándole las rosas de su bondad a los días que ya no son de oro. Pero que en esa casa relucen con la aceptación del discurso de la verdad: sic transit gloria mundi…