Los hermanos Antonio y Rafael, en época preadolescente, durante su actuación en el programa «Ronda del Domingo», que presentaba Manolo Bará en Radio Sevilla
Los hermanos Antonio y Rafael, en época preadolescente, durante su actuación en el programa «Ronda del Domingo», que presentaba Manolo Bará en Radio Sevilla - ABC
El reloj de arena

Los del Río: El color especial del éxito

Los niños sabían cantar, estar y vestir. No desentonaban jamás

Félix Machuca
SevillaActualizado:

Por alguna indeterminada razón, Antonio y Rafael, sabían que Dos Hermanas no era su destino. De allí nacieron al mundo. Pero el mundo no se encerraba en Dos Hermanas. Y para conquistar el otro, ese mundo difícil, complicado, exigente, competitivo y caníbal del arte, había que dejar los billares del pueblo, la parada de taxis del Arenal, la tienda de preciosas guarnicionerías de Paco Chamorro, el cine de verano El Español con las actuaciones de las primeras figuras del flamenco y, jugársela lejos de las aceitunas de la fábrica y de los olivares de las fincas de tierra colorá.

Antonio Romero Monge, alias el Pollito, y Rafael Ruiz Perdigones, en una tarde que estaba predestinada en el mapa de su destino, cantaron, casi sin tenerlo preparado, un fandango en aquellos billares donde se reunían los cachorros nazarenos que despertaban a la vida y a los primeros pitillos. Y armaron un taco tan grande que la algarabía llegó hasta los oídos del profesor Juan Reina.

Le faltó tiempo al profesor para hablar con la estrella de la radio de entonces, Manolo Bará, en Radio Sevilla, que lideraba adhesiones inquebrantables en las audiencias de su programa «Ronda del Domingo». Y hasta allí fueron Antonio y Rafael. A romper el cascaron y salir al mundo con los picos muy abiertos proclamando dos cosas: cantamos de escándalo y venimos a comernos el mundo.

«Pulpón les decía que buscaran un pelotazo. Y en una fiesta en Caracas en casa de Gustavo Cisneros nació Macarena que, antes, fue Magdalena»

Pero había que ir piano piano. Eran dos chinorris de no más de catorce años. Y Juan Talega le leyó al futuro la mano del destino de aquellos dos maletillas del arte diciendo: «Estos niños llegarán muy lejos porque saben lo que quieren, saben cómo conseguirlo y no tienen ninguna prisa». Pulpón se fijó en ellos y se los llevó para El Guajiro, aquel tablao de la calle Salado decorado como una caseta de feria, donde empezaron a cobrar trescientas pesetas cantando sevillanas, rumbas y fandangos.

Y muchas noches hacían doblete hasta que el canto del gallo echaba de los tejados a los gatos, en fiestas con Lola Flores en Jerez o en la casa Sundheim de la Palmera o en algunas fincas en postura de su pueblo. Los niños ya empezaban a ganar guaniquiqui. Y eso los ilusionaba. Pero más aún el hecho de llegar a casa y entregar el dinero a sus respectivas madres. Esos salarios jamás se olvidan.

En El Guajiro, que fue para ellos, según me comentaron alguna vez, una especie de «Operación Triunfo» para formarse como artistas y personas, trataron con artistas como Matilde Coral, Rafael el Negro, Farruco, El Beni, Manolo Escobar, Enrique Montoya. Allí empezaron a conocer lo que era la noche sevillana, por entonces provinciana y de luz de gas, pero con sus aventuras inconfesables de apellidos largos recortados por la trasgresión del moyate y los tablaos. También entonces aprendieron a estar siempre en su sitio y a tener la lengua solo para cantar, no para delatar y largar.

Poco a poco, los maletillas llegaron a Madrid, Pulpón los encajó en Las Brujas y Los del Río, durante un verano entero, tomaron la alternativa en noches inolvidables de éxito, bocadillos de calamares y relaciones sociales que los colocarían en las fiestas privadas más exclusivas de la capital. Nadie pudo decir de ellos que, como artistas, llevaban el estigma auditable de los que frecuentaban la venta El Titi.

De Marbella lo saben todo. Y todo lo tienen guardado en los rincones que la memoria olvida. Con ellos se podría escribir el libro de la aquella jet de grifos de oro, cubiertos de plata y narices de platino que, durante los ochenta, colapsaron las portadas de las revistas del cuore.

«Juan Talega dijo de ellos que llegarían a los más alto porque sabían lo que querían y no tenían prisas por llegar»

La Marbella de Hohenlohe, de Jaime de Mora, de Ramón Areces, de Menchu, de Fernando Fernández Tapias, de los Choris, del restaurante La Fonda, del barón Thyssen, de José Banús… La Marbella de las fiestas del saudí Khashoggi, que hizo traer desde EE.UU. en su avión privado a Diana Ross para que le cantara el cumpleaños feliz.

Trabajaban como mulos. Trabajaron para dos medallas al mérito para cada uno. Hasta colocar en la lista Bill Board de EE.UU. a su Macarena durante catorce semanas seguidas como número uno. Solo por debajo de Mariah Carey. Y muy por encima de los Beatles o de Elvis. Los dos maletillas de Dos Hermanas consiguieron hacer realidad el consejo que les daba Pulpón para llegar a lo más alto: buscarse un pelotazo, un tema que cruja al mundo.

Y lo encontraron en una fiesta privada de Gustavo Cisneros, el comprador aventajado de Galerías Preciados y amigo de Felipe González, en Caracas. Allí una chica que había estudiado flamenco en la escuela caraqueña de Tatiana Reina, que llegó a trabajar en El Guajiro, salió a bailar. Tenía unas hechuras que fundía el bronce. Y El Pollito la jaleó diciéndole: «Dale a tu cuerpo alegría, Magdalena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas». Aquella noche le dieron mil vueltas al estribillo. Y pusieron Macarena en vez de Magdalena. El resto se conoce. Que no es otra cosa que el color especial del éxito… de Los del Río.