Jesús Gutiérrez Palacios y Lola Galeano, jefa del taller de costura de las Tres Mil Viviendas - ROCÍO RUZ
Venden en Europa y Japón

Costureras de las Tres Mil Viviendas de Sevilla cosen para John Galliano y firmas internacionales

Un taller de Polígono Sur forma a mujeres en riesgo de exclusión social y logra en cinco años la confianza del exdiseñador de Dior, la parisina Velvette y otras compañías comprometidas con el comercio justo

SEVILLAActualizado:

En el corazón de las Tres Mil Viviendas, frente a la parroquia de San José Obrero y a apenas cien metros de la zona «chunga» en la que fogatas, jeringuillas y basura esparcida por el suelo anuncian la frontera del principal santuario de la venta de droga en Sevilla, se levanta un pequeño taller donde un grupo de mujeres cosen cotizados trajes de flamenca que lucen en la Feria de Abril conocidas artistas como Alba Molina y damas de la aristocracia y la burguesía sevillana.

En Occhiena, como se llama la empresa creada por la fundación Don Bosco, también producen biquinis y ropa de baño para Amaella, una marca británica, y desde hace algunos meses una original línea de ropa interior y otra de moda deportiva para John Galliano.

Sí, el de Dior, uno de los diseñadores más conocidos del mundo que dejó de trabajar hace algunos años para la conocida marca de lujo francesa y que a principios del pasado mes de marzo presentó su colección otoño-invierno en la Paris Fashion Week. Vestidos salidos de las Tres Mil pudieron verse también en la Fashion Week de Madrid (antigua pasarela Cibeles) de la mano de los diseños de Alejandra Jaime.

El pequeño taller sevillano donde se cose para Galliano, Velvette, y otros diez diseñadores españoles y extranjeros (Sibilina, AE Biquinis, Gab&Salt, Guasinei, Sin, Meryfor, Tetatet, Alex de la Huerta y Teresa Villagrán) lo puso en pie hace cinco años la fundación religiosa en su centro social de las Tres Mil Viviendas. En él se forman y trabajan mujeres en riesgo de exclusión social o en situación de vulnerabilidad que demuestran a diario su calidad y profesionalidad como costureras.

La evolución

El centro social se concibió como un mero lugar de esparcimiento para las madres e hijos del barrio, a partir de unas caracolas que levantó en su día Cáritas donde se enseñaba a leer y escribir a algunas de las mujeres que carecían de instrucción en la zona, una de las que sufre la mayor tasa de analfabetismo de la ciudad; de ahí se pasó a aprender a coser un botón; de ahí a coger los bajos de un pantalón o de un vestido; y, «degenerando», como dijo el banderillero que llegó a gobernador civil, a un reputado taller de producción que confecciona trajes de flamenca, biquinis, ropa de baño, lencería, blusas, vestidos, pantalones y camisas, entre otras prendas. También hacen mochilas para Mochilas Wild Life Company.

Apenas tiene beneficios económicos pero su objetivo no es hacer negocio sino formar en un oficio y proporcionar la primera experiencia laboral a mujeres que carecen de ingresos y necesitan sostener a sus familias.

Los responsables del centro social Don Bosco pensaron hace un lustro que aquel entretenimiento vespertino entre botones y ojales podría convertirse con un poco de organización en un medio de subsistencia para parados en una barriada sevillana donde la tasa de desempleo supera el 50 por ciento.

Y no se equivocaron: cinco años después, la empresa da trabajo a cerca de diez mujeres, dependiendo de las épocas y pedidos, y ha proporcionado a casi cien la preparación profesional de costureras que les ha permitido a muchas de ellas ganarse la vida con sus manos.

No todas son de las Tres Mil, pero todas sufren carencias económicas o problemas familiares que las ha convertido en personas muy vulnerables. Un curso de corte y confección en cualquier academia de moda de Sevilla costaría unos 150 euros al mes, pero aquí no se les cobra nada y las alumnas tienen a su disposición una maquinaria muy avanzada.

«Tenemos dos grupos de formación y una vez que las alumnas saben interpretar patrones y manejar máquinas de coser industriales, las pasamos a producción, en función de los encargos que recibimos», cuenta Jesús Gutiérrez Palacios, coordinador de empleo de la fundación.

Allí se les hace a todas un contrato laboral en regla, algo que no es la norma en un sector donde abundan la economía sumergida, los talleres clandestinos y la explotación de mujeres y menores de edad, una de las consecuencias inevitables del fenómeno «low cost». Cuando compramos una camiseta por dos euros o un pantalón por seis no es razonable esperar que las personas que hayan participado en su confección tengan un salario digno o estén cotizando a la Seguridad Social.

Comercio ético

«Los diseñadores que nos hacen pedidos repiten siempre y cuando han visitado nuestro taller y conocen las condiciones laborales de las personas que confeccionan la ropa, se sienten más tranquilos», cuenta Antonio Mengual, gerente de Occhiena. Destaca también que hay una mayor concienciación de las empresas y que muchas están dispuestas a pagar un poco más por cada prenda con tal de que se ajuste a unas condiciones legales y dignas.

Desde la tragedia del edificio de Rana Plaza de 2013 en Bangladesh, cuyo derrumbe segó la vida de más de mil cien personas, muchas de ellas trabajadoras textiles, las principales compañías han endurecido su tolerancia hacia las condiciones infrahumanas de producción. «Si el precio de un traje de flamenca —dice Mengual— puede bajar, por ejemplo, hasta los 30 euros en un taller clandestino que no respete las reglas del comercio justo, hemos comprobado que algunas marcas están dispuestas a pagar un precio mayor por ese traje si está elaborado en condiciones dignas». Sin embargo -añade-, «no un precio mucho más alto, lo cual nos obliga a ser muy competitivos para mantener los pedidos y los puestos de trabajo».

Unas bragas de licra (la lencería tiene un complejo proceso de confección) cuestan unas cinco horas de trabajo en este taller, mientras un pantalón se hace en tan sólo ocho minutos de la mano de varias costureras. Un traje de flamenca tarda en confeccionarse como promedio unas cuatro horas y media.

Del taller salen tres trajes al día con dos trabajadoras dedicadas sus siete horas de trabajo diarias en exclusiva. «Nos planteamos ahora contratar a otra para tratar de sacar seis al día por la mejora de la producción», comenta el gerente. Las prendas de las Tres Mil se venden en España, Francia, Reino Unido, y pronto llegarán a Japón de la mano de Sibilina.

«Nuestras costureras ganan algo más de mil euros al mes —asegura el gerentel- pero nuestro propósito no es que se queden indefinidamente sino que a partir de aquí logren reintegrarse en otras empresas para que otras personas en riesgo de exclusión social tengan la oportunidad de obtener su primer trabajo con nosotros». Más de veinte lo han logrado ya.

Hace pocos días recibieron un pedido de camisas y podrán contratar a otras dos personas. Una de ellas será un joven refugiado de Guinea-Conacry con grandes habilidades para el corte y la confección: él será el primer hombre que emplee la empresa en sus cinco años de vida.