Misterios de Sevilla

La curiosa historia de amor y muerte en el barrio de Santa Cruz

Susona, una bella joven que vivió en el siglo XV, da nombre a una calle de la judería tras protagonizar un trágico suceso

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Si hay una historia eterna en Sevilla esa es la que nos lleva, indiscutiblemente, a las calles del Barrio de Santa Cruz, allí es donde vamos en encontrar el trágico recuerdo de una hermosa joven llamada Susona.

Susona era la hermosa hija de Diego Ben Susón, un personaje que destacaba en la ciudad por dominar, según la leyenda el comercio, aunque ambicionaba el poder político que jamás tendría por su condición religiosa.

La «fermosa fembra», como también se la conocía, vivía en plena Judería -con su curiosa arquitectura y toda la belleza de sus callejuelas infinitas, del juego de luz y casi laberíntica morfología- viendo los amores de los muchos mozos que la rondaban, cristianos o judíos.

Su casa estaba en un lugar señero: entre el emblemático Patio de Banderas y la incomparable Plaza de Doña Elvira. Hoy nos queda el mudo recuerdo de Susona en un azulejo con un cráneo o por aquel que cuenta la leyenda trágica de la joven.

Pero… ¿Cuál es su leyenda?

Cuentan que en la Sevilla del siglo XV vivían en la ciudad judíos, cristianos y musulmanes. Diego Ben Susón trataba de organizar aquella revuelta en la vieja Híspalis… Una noche su hija, sin quererlo, escuchó todo lo que estaba por suceder, todo el plan. La fatalidad hizo que la joven, cortejada por un caballero cristiano, contara todo a este y su galante hidalgo denunciara los hechos ante las autoridades de la ciudad.

A la mañana siguiente los alguaciles y un nutrido grupo de caballeros arrestaron a todos los traidores que fueron juzgados de inmediato y condenados a muerte. Sentencia que se haría efectiva en lo que hoy es la zona de Tablada, allá donde estaba el «Patíbulo» de esta ciudad.

Don Diego de Merlo, asistente de Sevilla, no dudó su decisión mortal y «Susona» fue repudiada por todos. La chica corrió a la iglesia a pedir confesión, confesión que le concedió un sacerdote pero… No hay más perdón que el perdón que se concede uno mismo y la joven no se lo había concedido consciente de la gravedad de su acto.

Tras recibir la gracia del perdón entró en un convento de clausura donde procuró dar un poco de paz a su alma… Pero tampoco lo logró. En los momentos previos a su muerte quiso dejar su última voluntad: «Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás».

El primer azulejo que se colocó en la calle Susona
El primer azulejo que se colocó en la calle Susona

Así en el momento en el que se certificó la muerte se separó la cabeza de su cuerpo y fue depositada sobre la puerta donde había vivido como recuerdo de la ingratitud y deslealtad hacia su padre.

Allí permaneció para horror y espanto de todos hasta pasado el siglo XVII, recuerdo de una historia que no pasó desapercibida, el recuerdo a una traición, los remordimientos de por vida, el perdón que sólo uno mismo pude darse. Hoy, en pleno corazón del barrio de Santa Cruz, encontrábamos el recuerdo de una calle de tétrico nombre: calle Muerte, que hoy es calle Susona, y su inquietante leyenda.