Duelo entre un monje y Pedro I
Duelo entre un monje y Pedro I - ABC
Misterios de Sevilla

Duelo a muerte en la Sevilla de Pedro I «El Cruel»

Una lucha entre un rey y un monje que dio lugar a una bonita historia en Sevilla

SevillaActualizado:

Es una de esas historias desconocidas, casi pasa desapercibida por las leyendas de nuestra ciudad pero que evoca los tiempos de la gloria, del honor, tal vez del aburrimiento y, en cualquier caso, de la particular forma de ver la vida en otra época, en otro tiempo.

Tendríamos que viajar, en nuestra particular máquina del tiempo, a la época de Pedro I, el llamado «Cruel» por unos y «El Justiciero» por otros, en función de amistades o enemistades, tan propias de esos días convulsos.

Desde pequeño habían instruido al rey en el noble «arte» de la esgrima, si bien es cierto que pocos se atrevían a cruzar el acero con este máxime cuando sabían de su destreza. Pero los años pasaban, en palacio pocas distracciones encontraba y veía pasar los días y los días sólo con conflictos políticos, de poder, con los Trastamara-Guzmán, pero sin emociones para el alma

Era un hábil espadachín, todo un «Scaramouche», dominaba el ataque y la defensa pero no podía ponerla en práctica salvo en las guerras y cuando llegaban estas el rey era el último en entrar en batalla, a veces ni eso.

Por entonces, cuenta la leyenda, se extendió rápidamente un rumor en la ciudad. Al viejo convento de San Francisco, cita en la misma ubicación de la plaza actual y su entorno, había llegado un fraile que era sumamente diestro con la espada, decían de él que era «casi invencible» y eso pudo en alerta al monarca despertando su interés: «¡Por fin un adversario a mi altura!» pensó.

Del fraile se sabía poco más, lo único que había llegado a la vieja Híspalis desde lejanas tierras pero tenía acento de fuera, porte noble, elegancia innata, modales exquisitos y una fuerte personalidad que denotaba que era algo más que un religioso o peregrino.

El rey no podía permitir que hubiera en su misma ciudad –o en su reino- alguien más hábil que él y decidió «medir el acero». Los rumores se acrecentaban, decían que había vencido «a cuantos castellanos se había medido» y que «era un navarro». Así Pedro I pensó que nunca se había medido a uno de ellos y que no podía desperdiciar aquella oportunidad que le brindaba el destino, seguro de sí mismo decidió ir de incógnito a la puerta del convento de los frailes franciscanos, que no distaba demasiado del Alcázar.

Espero el rey días a ver si podría dar con el misterioso fraile, un día, esperando por la puerta trasera –a la altura de la hoy calle Méndez Núñez- distinguió a uno que destacaba: bajo el hábito llevaba una espada.

-¡Debe ser él!, dijo para sí Pedro I.

El rey se abalanzó sobre aquel presunto monje y este creyéndolo un ladrón no tardó en desenfundar la espada comenzando un tremendo duelo en mitad de aquella entrada trasera al convento.

El rey comenzó decidido, con firmeza, dispuesto a «comerse» al enemigo, confiando en sí mismo pero… Pero aquel desconocido era tremendamente hábil y detenía con facilidad los ataques del monarca, cuando comenzó a hostigar con su espada a este se dio cuenta el rey que estaba ante alguien que era superior a él, el fraile repelía con maestría la experta espada de Pedro I.

El duelo llegaba a su fin, el fraile «enrolló» su espada a la del rey y lo desarmó, lo siguiente fue poner la punta de la misma en la garganta, un leve movimiento y los días de este habrían acabado. Entonces Pedro I gritó: «Detente, soy el rey» y el lego le dijo: «sólo un rey puede matar a otro rey. Me imaginaba, señor que era su alteza… Ningún esgrimidor en todo el reino hubiera podido mantenerse frente a mi durante tanto rato, y ponerme en la recios apuros como me habéis puesto. Y no os avergüence el haber sido desarmado perdieron la espada, pues no habéis sido vencido por un vasallo, sino por un igual vuestro. No diré mi nombre, porque me ha sido impuesto en penitencia por el propio Santísimo Padre en Roma el guardar el secreto de mi nombre por humildad. Pero baste deciros que en mi venas hay sangre de la estirpe real de Navarra, y de la estirpe imperial de Carlomagno».

Pedro I, aún jadeante y sudoroso, agradeció las palabras de aquel y le concedió una gracia: el «fraile» sólo pidió que se diera agua, a través de un pozo o canalización, al convento y a los hermanos.

Desde el Alcázar se abrió una tubería que daría agua al convento de San Francisco y calmar la sed, física y no espiritual, de los monjes del citado lugar. Una hermosa historia que, nuevamente, tiene su legendaria cuna en Sevilla.