Francisco de Paula Medina Navarro
Francisco de Paula Medina Navarro - ABC
Reloj de arena

Francisco de Paula Medina Navarro: Tela marinera

Hubo sordos con un oído especial para la música. Y ciegos que pintaron colores que jamás vieron

SevillaActualizado:

Tartamudos que fueron capaces de dar el discurso del rey. Y mancos que escribieron una deliciosa odisea en La Mancha. Francisco de Paula, el tapicero de la calle Guzmán El Bueno, fue arrojado al mundo del silencio por una reacción fatal a un antibiótico. Y en la escala auditiva se quedó teniente de por vida. Pero eso no fue suficiente para domar el encaste genial de un tipo que ha vivido tela marinera y que no hubo ni seda ni terciopelo, ni damasco ni brocado que fuera mejor que la piel sensible de su irrepetible figura. Él no escuchaba lo que pasaba ahí fuera. Pero eso no lo condenó al rincón ni agrió su carácter.

En Francia hizo la vendimia, pasó noches inolvidables con Giuletta Masina y Rocío Jurado en el pub Abades de Fernando Chamorro, a Buñuel le hizo la cama con dosel estilo remordimiento de la película «Ese oscuro objeto de deseo», trabajó en el Alcázar con Warren Beatty en la película «Rojos» y a una aristócrata que subía a su casa para ver las procesiones la llamó bruja: «Oye Paco -le preguntó la alta señora muy afectada cuando la recibió en el piso de arriba-, ¿tú me has llamado bruja?» Y Paco le respondió tapizando la realidad: «Nooooooo. Yo te decía empuja, empuja, porque la cancela se atranca».

Paco, que nunca se escondió en armarios ni cantó bajito por la Piquer, le trabajó al Archivo de Indias, a la Academia de Buenas Letras y a la Catedral donde colocó un delicioso terciopelo de Lyon en el trascoro, que luego lo condenarían los canónigos al cuarto oscuro del olvido en aplicación de no se qué mandamiento estético. Dejó la huella indeleble de su maestría en sofás y sillones de casas muy principales de la ciudad, donde su trabajo siempre fue valorado como el de un artesano de otros tiempos. No siempre cobró en plata. Una vez lo hizo a cambio de un mil quinientos ranchera muy conocido en Sevilla, cuyo propietario, hermano de San Isidoro, cabalmente trajeado y calzando la moda que imponía zapatos Garach, se lo dio a cambio de unos tapizados en la casa. En menos de dos semanas aquel mil quinientos que media Sevilla identificaba con su anterior propietario, de tan fina estampa, lo conducía un desinhibido Paco de Paula que, además, lo había tuneado con lunares de trajes de gitana y tapizado con cretona de flores. ¡¡Valiente!!

En una feria, bajo la bendita advocación de San Patricio, María Jiménez comenzó a cantarle de ojana, moviendo solo la boca, sin emitir sonido alguno. Paco la miraba muy sentido. Como si la letra le estuviera llegando a las mismas asaduras. Cuando María dejó de interpretar su mimo guasón, el tapicero, niña, se adornó con un óle de cabales que sorprendió a los que estaban por allí. Amigo de Antonio Gala, Terenci Moix, las hermanas Bores y de media Sevilla más, con la que alternaba en las horas esas que al reloj le salen legañas, un día sonó una de sus ocurrencias en una recepción militar como el reloj de Pamplona.

Un teniente general tomaba posesión del cargo. Y Paco fue invitado al acto. Al final de la copa de vino español, el nuevo responsable de la región militar, con esmerada educación y raudales de afabilidad, se despidió de los invitados. Y a Paco le dijo que en todo lo que pudiera ayudarle que lo llamara, que estaba dispuesto a darle lo que le pidiera si en su mano estaba. El tapicero, una vez más, con el brillo pícaro de sus ojos, le dijo: se me está ocurriendo una cosa. Por qué no me manda dos soldados al taller… Su ardor guerrero para guarachar era inagotable y una noche, junto a Fernando López y Ángel Ramos, se disfrazó de hija de un jeque qatarí que respondía al nombre de Jarani Marata.

Su fantasía oriental la llevó a ponerse un mono de pedrería verde, unos tacones de chica de Almodóvar, las pestañas de Alicia Alonso y un mantoncillo sobre su cabeza a modo de velo islámico con los flecos en la frente. Parecía la jaca Paca. Pero el tapicero le echó toda la poca vergüenza del mundo con el único objetivo de reírse de lo que se moviera. La consigna era hablar en árabe macarrónico. Jámate la majá y cosas así.

Se fueron al pub que María Antonia Scotto había abierto frente al templete de la Cruz del Campo. Y allí se enredaron la princesa Jarani y los dos mozárabes de la noche que la acompañaban. Marata pedía un ron con cola pero nadie le echaba cuenta. Hasta que desesperado se salió del papel y dijo: ¡coño, que me ponga un ron con cola que estoy sequito! María Antonia aún está riéndose de las cosas de aquel tapicero que tenía tela marinera y era un seguro a todo riesgo contra el disgusto.