Francisco J. Suárez, El Torombo
Francisco J. Suárez, El Torombo - Díaz Japón
Reloj de arena

Francisco J. Suárez, El Torombo: Teoría y realidad de la inclusión

Además de su enorme faceta artística, dirige la asociación Flamenco Experience para sacar a los niños de las calles

SevillaActualizado:

Hay quien quiere cambiar de sexo, de color o de cara. Pero los hay tan convencidos de que son de otro planeta que lo que quieren es cambiar de cultura, de tradiciones, de hábitos, de lenguaje. Darse la vuelta como un calcetín y ser lo que sus sueños anhelan. Jackson fue el negro que quiso ser blanco. Elvis el blanco que cantaba como un negro. Y el Torombo el gachó que siempre quiso ser gitano. Gitano de las Tres Mil. Es más payo que un yogur blanco. Pero las asaúras las tiene aliñás en peroles de cobre con tagarninas. Dicen que es una enciclopedia de sabiduría cañí que conoce leyendas, tradiciones y mitos de la gente que llegó de la India pasando por los palacios del faraón. Los morenos lo tratan como uno más y Farruco el viejo lo bautizó como el Torombo. Esto es: la tormenta.

El Torombo baila y toca las palmas con un sello tan personal que Correos debería llevarlo a sus estampillas. Sus pies son tan ligeros como los de Mercurio. O quizás se hicieron veloces por escapar del santo oficio de la ortodoxia. Y cuentan que verlo bailar es acercarse a la velocidad de la luz desde la vertiginosa nave de su arte. Ha bailado y acompañado a los más grandes del cartel: a La Yerbabuena, a Israel Galván, a Manuela Carrasco, a Pansequito, al Pele, a Aurora Vargas, a José Mercé, al Lombo.

Y si tiene una marcha más para bailar, también tira millas la chispa de su ingenio. Para los biógrafos que merece hay un par de frases geniales, redondas, rotundas como barrigas de Buda, que no se deberían pasar por alto: «Tiene ADN, lo único que le falta es el DNI». O esta otra: «El compás es un reloj en la barriga». Y ésta es muy buena: «O eres gitano o tonto. Pero las dos cosas a la vez es imposible…».

El Torombo distorsiona las palabras cuando le pega a la muy. Le llama jiringa a la jeringa pero se le entiende todo. Y eso que habla con el tono, la música y el deje de la partitura fonética de los calorros. Lo escuchas hablar y es como si estuvieras delante del rubio de Cruz y Raya, Juan Muñoz, cuando imitaba el habla de los buñoleros. Y con esa música con filtro de las Tres Mil, escuchas al Torombo decirle a un churumbel: ay, sobrino, pero ¿qué tiene tu papa? No dejes al bato vendío.

Vive con los gitanos del barrio. Y dirige una asociación llamada Flamenco Experience para sacar a los niños de las calles y de los hipódromos suicidas que te chupan las venas. Es uno de los fijos cuando hay que bailar o acompañar en un acto solidario. Y enseña lo que sabe a los que quieren bailar. Pero no es un maestro suave. Entiende que si no llevas en la barriga metido el reloj del compás lo mejor es que te dediques a coger caracoles. No van en balde sus palabras a un neófito sordo de un pie y con la cintura de un tractor: «Sobrino, vamos a no intentar bailar atravesao. Bailar sin compás es como comer sin comida y eso no puede ser, sobrino».

El maestro, cuando sale a dar su pataita en alguno de los espectáculos que frecuenta, es muy del gusto del rollo de Utrera, esa escuela sin Logse que practicaba como nadie El Funi: bailar a la vez que cantas. Me asegura Alberto García Reyes, que lo conoce como si fuera una raya de la palma de su mano, que es un tipo de fiar: le gustan las patatas con huevos y siempre se acuesta muy temprano…del día siguiente. Una vez en Nueva York, en el avión donde viajaba acompañado del Eléctrico y El Bobote, con Ricardo Miño a la guitarra de las alegrías que por allí desparramaron, nuestro hombre se fue para el sobrecargo y le dijo: «Mire usted, ha pasado una cosa muuuuu grande en el mundo de los gitanos. Por vez primera se han casado dos hombres y me gustaría celebrarlo en el avión». El sobrecargo lo anunció por el micrófono, citó los nombres civiles del Eléctrico y El Bobote y se fue para ellos con una botella de cava. Tan extraordinarios «amantes» estuvieron a punto de tirarlo sin paracaídas y el Torombo se llevó la gloria de estar a punto de reescribir el romancero gitano en versión gay en lo alto de un avión.

Una gitana de Jerez, guapa como ella sola, me dijo una vez en Rota que en lo alto de su televisor tenía enmarcado en plata la foto de un mojón de su sobrino que, según ella, era un cuadro, una pincelada excelsa de la naturaleza que siempre imita al arte. El Torombo no sé si llega a tanto. Pero cuando le da por gastar bromas es muy aconsejable no dejar las chaquetas colgadas y en libertad. Mejor llamar a Kevin Costner para que le haga de guardaespaldas y la vigile con mil ojos. Para no encontrarte cuando vayas a recogerla con una desagradable cagarruta de perro o de gato en los bolsillos.