Marina Heredia certificó sus buenas maneras en la Alameda. ARCHIVO

De Graná a Jerez, un buen camino

«Marina Heredia / Andrés Peña» Cante: Marina Heredia. Guitarra: José Quevedo el Bolita. Baile: Andrés Peña, Mercedes Ruiz. Teatro Alameda de Sevilla. 3 de octubre de 2002.

Por ALBERTO GARCÍA REYES
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Pregonó su arte en toda su dimensión. La niña de Graná se destapó y largó todo lo que tenía en las tripas para hacer justicia con su cante en Sevilla. Apretó los puños siempre para forzarse hasta el límite en la toná chica de Triana. Mostró su sabiduría por cantiñas, alcanzando con soltura los graves del mirabrás. Por su ventana salían los aires de la Niña de los Peines, previos al aire colegial del Pinini. Estaba muy centrada en lo suyo. No daba un solo milímetro de margen al descontrol. Arriesgaba, exponía, jugaba. Ahora o nunca. Abrió su espectro escolástico acogiendo formas del Pele en el tirititrán de cierre. Y luego se relajó. Se quedó sola con el Bola para escuchar sus acordes de taranta. Abrigó en su pescuezo la levantica. Echó siempre la zurda hacia adelante mientras se apretaba el pecho con la diestra. Se partió del todo en la minera. Estaba en su punto. Era hora de exhibir inquietudes. La sonanta cogió tiempos de bulería por soleá y Marina recorrió con dulzura las letras creadas por su tocaor. Vuelta a la tradición. Sue escuela sacromontina tomó aposento en las tablas por tantos. Yali yali. Explotó en la subida de Tía Marina y luego se adentró sobrada en los bajos. Alternó el patrimonio de su tierra con el de la Pirula de Málaga. Corroboró que por ahí no tiene par. Mas continuó el viaje por la geografía jonda. Parada en Triana. Cuando apoló se deje se cayó la Babilonia. Ahora o nunca. Había que festejarlo. Bulerías. Su pluma dejó caer tinta sobre las jarcias del jerezano. La Heredia se colocó a si misma donde se merece. Juventud divino tesoro. Porque su cante aún tiene tiempo de crecer más, de hacerse canónico. Tiempo.

Faltaba el baile. Salió Andrés Peña por martinetes y enseñó sus credenciales: verdad, certeza, tradición. El jerezano se plantó con hechuras en la madera, levantó los brazos y pugnó contra la tarima con los pies sin abusar de sus facultades -maldita tendencia la de hoy-, porque nunca pone a la técnica por encima de la expresión artística. Luego le dio sitio a su niña Mercedes, que bailó por bulerías con una magia que levantó el dicho en el aforo: aquí hay bailaora. Vaya si la hay. Danza con todo, con las cejas, con los hombros, con el pelo, con las caderas, con los dedos... En cualquier parte de su cuerpo hay un matiz que añadir a la oferta.

En el sosiego de los tarantos se percibió bien su grandeza, y la de su Andrés, y la de los bisoños que buscan un sitio en la gloria. Montaron un paso a dos sin aspavientos -¿para qué?- y se cambiaron a tangos para alegrarse la vida un rato en escena. Sólo quedaba que el Peña sentenciara por alegrías. Meneó sus bucles sin descomponer la cabeza. Exigió aplausos bailando, no actuando. Ole. Ole porque por ahí es por donde comienza el camino. Y éste no tiene pinta de acabarse a la vuelta de la esquina. Dios lo quiera.