Al Hasan, Bassi, Isabelle y Hayouba, en el centro Nazaret de Sevilla
Al Hasan, Bassi, Isabelle y Hayouba, en el centro Nazaret de Sevilla - Raúl Doblado
Inmigración

Hayouba, trabajando desde los 10 años en una mina

Este joven de Burkina, que acaba de cumplir 18 y quiere ser cocinero ha sido acogido por una familia sevillana que acaba de tener una hija

Jesús Álvarez
SevillaActualizado:

Hayouba también tuvo que aprender español y él ni siquiera sabía leer ni escribir. Acaba de cumplir los 18 y no deja de sonreír, pese a lo que lleva vivido, y sufrido, en su corta vida. Con 10 años salió de su casa, situada en un pequeño pueblo de Burkina, para irse a trabajar a una mina de oro. Allí estuvo tres años picando catorce horas al día. No era el único niño. «Fue muy duro y había meses que no pagaban», cuenta a ABC. Con 13 años, decide emigrar y se fue a Níger, donde estuvo trabajando de peón albañil en unas condiciones parecidas. Luego. lo intentó en Argelia y a Marruecos. Se recorrió todos estos países a pie o en autobús. Cada sitio nuevo al que llegaba era peor que el anterior.

Para entrar en Melilla tuvo que saltar cinco veces una verja coronada por concertinas. Las cuatro primeras lo detuvieron y lo devolvieron a territorio alahuita. No sufrió heridas gracias a las mantas que llevaban para amortiguar los pinchazos. Como dicen los voluntarios de Cáritas, «a España sólo llegan los más fuertes. Los demás se quedan por el camino». Hayouba conoció en Melilla a una monja que les daba clases de español en el centro de internamiento. Ella le ayudó a llegar a la península, primero a Sigüenza y, luego, a Sevilla.

Este joven africano quería trabajar para ayudar a sus padres y a sus cuatro hermanos. «Me costó mucho aprender a leer y escribir. Mi idea no era estudiar nada porque me hacía falta dinero y quería ir a trabajar a Almería, pero en Cáritas me convencieron de que estudiara». Al lado de la mina de Burkina, el duro trabajo en el campo a pleno sol, o en un asfixiante invernadero, debería de parecerle a Hayouba, menor de edad hasta hace pocos meses, casi un juego de niños. La Fundación Cruzcampo le acaba de conceder una beca para estudiar cocina. Dice que será un buen cocinero.

Una familia sevillana lo ha acogido en su casa y una niña rubia de ojos azules de pocos meses, a la que él llama su «nueva hermana», ha empatizado de forma extraordinaria con este nuevo inquilino que tiene un aire a Michael Jackson cuando era adolescente.

Isabelle, víctima de trata

Isabelle, marfileña de 28 años, también empezó a trabajar muy joven, con 11, en un bar. «Cuando tenía 8 años, mis padres se separaron y mi madre se casó con otro hombre, que no quiso hacerse cargo de mí. Me fui con mi padre, pero se puso muy enfermo», cuenta. Tenía una miopía muy avanzada y no veía nada en la pizarra del colegio y se puso a trabajar.

«Lo del bar no era un buen trabajo pero no tenía otra cosa y quería ayudar a mi padre». Para cualquier europeo, que una niña de 11 años tenga que trabajar para ayudar a sus padres o hermanos resulta incomprensible, inaceptable, pero es algo normal en muchos países africanos. Estuvo cinco años allí y luego ejerció de empleada doméstica en Ghana y Casablanca, sin ningún derecho laboral. Cuenta que allí le quitaron el pasaporte y estuvieron diez meses sin pagarle. Cuando se iban los dueños de la casa, cerraban la puerta con llave para que ella no pudiera salir. «Cuidaba de un niño de 9 años pero no sabía cocinar muy bien. Cuando no le gustaba lo que hacía, su madre me tiraba la comida encima», dice.

De Tánger cruzó en una patera a Tarifa. Era el 24 de mayo de 2017 y Cáritas logró traerla a Sevilla, donde la ayudó a encontrar trabajo en una lavandería. Su idea es hacer Enfermería, aunque va a empezar en septiembre por un ciclo medio de auxiliar.

Antes de llegar a España, no quiso decirle a nadie que no veía bien. «Sólo dije que no quería estudiar y que prefería trabajar», cuenta. Isabelle sólo necesitaba unas gafas y una pequeña cirugía. Con sus nuevos ojos ha aprobado el examen de Secundaria en Sevilla. Ahora tiene toda la vida por delante y un futuro esperanzador que hace un año no veía. Ni con sus gafas nuevas.