El autor, Carlos Ros
El autor, Carlos Ros - JUAN JOSÉ ÚBEDA

El hijo secreto y otras historias del selvático cardenal Segura

El sacerdote y escritor Carlos Ros publica una biografía del polémico prelado en la que revela detalles inéditos de su vida y sus enfrentamientos con el Estado y la Iglesia

SEVILLAActualizado:

El rumor permaneció durante años en determinados círculos sevillanos, aunque nunca nadie se atrevió a arrojar luz directa sobre la existencia de un hijo secreto del inefable cardenal Pedro Segura y Sáenz, figura compleja que se enfrentó a Franco y a la propia Iglesia y que continúa siendo una leyenda en Sevilla, que en sus tiempos, con guasa no exenta de razón, bautizó su Mercedes negro como aceituna, «por el hueso que llevaba dentro».

Ha sido el sacerdote, escritor y periodista Carlos Ros quien revela en su nueva obra «Pedro Segura y Sáenz. Semblanza de un cardenal selvático», lo que califica «anécdota de juventud», dadas las características personales y pastorales del prelado. Según relata, la verdad del hijo secreto «la sabíamos Gil Delgado, que en su libro ‘Pedro Segura. Un cardenal de fronteras’ lo trasluce indirectamente, y yo».

Entre 1916 y 1920, Segura, con 36 años, fue obispo auxiliar de Valladolid y ocupó sede vacante a la muerte del anterior prelado, monseñor Cos. «En aquel tiempo —cuenta Ros— residía allí Pepita Ferns, sevillana bautizada en SanIsidoro, a la que casó ‘a la vigilia de su marcha’ a Coria en su capilla privada con su único hermano laico, Vidal», dieciséis años mayor que ella, que estaba en Madrid regentando un negocio de ultramarinos. «De pronto, en 1918, nació un hijo, al que pusieron Santiago, quien en los años ochenta fue el abogado de Milans del Bosch», añade el autor.

Curiosamente, apunta Ros, Gil Delgado afirmaba que no encontró rastro del expediente matrimonial y «no queda constancia en la partida de bautismo de ella este casamiento. Y es extraño, toda vez que Segura era un gran canonista. De aquella época hay páginas de las actas del Cabildo Catedral vallisoletano cortadas».

El nuncio Tedeschini

Años después empezarían a airearse las relaciones entre el obispo y su cuñada. Papeles desaparecidos o destruidos abonan estos extremos y sospechas, que se vieron realzados por la ruptura de relaciones entre Segura y el nuncio apostólico Federico Tedeschini —quien antes lo consideraba un santo y que promovió su ascenso a obispo de Burgos—, a raíz del atentado que sufrió éste último en la Casa de Campo de Madrid en 1929, por donde todos los días paseaba a las cuatro de la tarde leyendo su breviario. El ataque, en el que resultó herido su escolta, fue atribuido por la rumorología popular al «despecho de un marido airado». En cualquier caso, monseñor Segura creyó aquello y dio trasladó al Vaticano.

Por aquellas calendas, Segura ya era cardenal primado de Toledo, designado por Pío XI, auténtico hito de una carrera eclesial fulgurante en la que fue obispo de Coria, entre 1920 y 1926 (época en la que realizó una gran labor social y se fraguó su amistad con Alfonso XIII en el famoso viaje a las Hurdes); de Burgos, en 1926, cargo en el que sólo estuvo unos meses hasta pasar, «con el cardenalato subido a la cabeza», a la diócesis toledana. En contrapartida a que su caso fuera llevado a Roma, Tedeschini está detrás del proceso apostólico abierto a Segura por aquella relación con Pepita, que murió en Cuenca a los 37 años en 1930 al dar a luz a su séptimo hijo. Fue justo el momento en que se desataron los rumores de su relación, que, al parecer, quedaron incluso recogidos en un periódico madrileño.

El «Asunto Segura»

Tedeschini instruyó un proceso canónico y Eugenio Pacelli, que sería desde 1939 el Papa Pío XII, «pidió documentos, fotos, papeles a la Nunciatura, a Madrid y a Valladolid y todo pasó a manos del entonces Pontífice Pío XI. Sin embargo, nada apareció cuando se abrieron los Archivos Vaticanos», añade Carlos Ros, «pero todo crimen deja huella y sí hay testimonios escritos en los diarios de Tedeschini y de Pacelli que hablan de la relación con su cuñada» y que quedan registrados en esta nueva obra para saciar a curiosos y a estudiosos.

¿Cómo se entiende que Segura, persona rígida e intransigente, que llevaba a gala su acendrada moral católica tuviera una aventura? «Claro que puede ser, hay que tener en cuenta que este hombre pasó casi tres lustros en Comillas, de los 14 a los 26 años, sin salir ni en verano», responde el autor, quien con abundantes pistas y certezas afirma rotundamente que «Santiago Segura Ferns fue en realidad hijo» del cardenal.

Esta jugosa historia aporta otra faceta a la prismática personalidad de Segura: «complejo personaje de cara a la política, tanto en la República como en la Dictadura, y la Iglesia, que con las dos se las tuvo. De todas formas, cuando fue expulsado de España por la República en 1931 él acusó al nuncio apostólico Tedeschini y a Ángel Herrera Oria de haberlo echado del país y no al Gobierno republicano».

Arzobispo de Sevilla

En Roma permaneció exiliado Segura hasta 1937, año en el que el purpurado fue designado arzobispo de Sevilla a la muerte del cardenal Ilundain, cuyas exequias presidió representando al Papa un mes antes de su nombramiento. Aquí dejaría la huella que se resume en las palabras de Ros:«Fue un hombre contradictorio, por un lado intelectualmente preparado, con gran conocimiento de la historia de la Iglesia pero bastante primitivo en sus apreciaciones».

En la sede hispalense se caracterizó por sus excomuniones y entredichos eclesiásticos: contra Estepa, de donde se llevó un retablo ante la oposición del pueblo y la presencia de la Guardia Civil; con Los Palacios, condenando las fiestas; con los que bailaran agarrados, los que asistieran a la «amoral» y «obscena» revista «La Blanca doble» o vieran la película «La Fe», que caían en pecado mortal... todo ello quedaba publicado en los boletines episcopales, en los que vertía sus pastorales y admoniciones, «con sus manías sobre el carnaval, la feria, el verano...», «que tenían que leer los curas los domingos en misa», asegura Ros, apuntando que el cardenal «no tenía economía del lenguaje».

Contra el caudillo

De este largo tiempo pastoreando Sevilla datan sus crudos enfrentamientos con Franco, componiendo un anecdotario riquísimo que da buena idea de la personalidad radical del cardenal. Es interesantísima una carta de 1953 inédita hasta ahora, rescatada por Carlos Ros del Archivo de Jerez de la Frontera, «donde llevó a los cartujos y en donde, salvo los papeles perdidos, dejó su biblioteca, incluyendo carpetas vacías». En esta carta, Segura escribía al Papa Pío XII contándole los porqués de sus enfados con el dictador, hablándole de «calumnias, maledicencias e insidias» por parte del Generalísimo, que vino a la Feria en 1953 mientras Segura desaparecía para impartir ejercicios espirituales. Fue el año de la ruptura total con el dictador.

En esas fechas, el caudillo entró en la Catedral bajo palio, honor que provocó la destitución del vicario general. También de ese año data una dura misiva a Segura de Franco, que mandó después al ministro de Agricultura a recuperar:«Si viene por la carta, ya se puede marchar, me ha dicho su eminencia», le dijeron en Palacio.

Los desplantes y rifirrafes con Franco eran viejos. Segura ya lo había tildado de «jefe de los ladrones» como sinónimo de caudillo en una sabatina de 1940, año en el que el dictador, que a punto estuvo de expulsarlo de nuevo del país, pidió al cardenal que fuera a la Campana para servirle de «comparsa» en el Santo Entierro, a lo que se negó.

Franco, Franco, Franco

Esa madrugada el nombre de Franco apareció por triplicado junto a los símbolos de la Falange, en la fachada del Arzobispado, donde permanecieron hasta los años ochenta, según relata Carlos Ros, porque con el partido de José Antonio Primo de Rivera también había chocado por negarse a autorizar las misas de campaña y la inscripciónde los nombres de los caídos en los muros de las iglesias.

Otro claro ejemplo de la relación insostenible entre ambos se produjo en 1948, con motivo de la inauguración por el jefe de Estado del Monumento del Sagrado Corazón, obra megalomaniaca y espectacular mausoleo para él y sus hermanos, que el cardenal visitaba diariamente y «para el que hicieron un camino que es hoy República Argentina». En esa ocasión, el protocolo iba a situar al cardenal a la derecha de Franco y a Carmen Polo enfrente. Segura dio tres soluciones: «Que no venga la señora, que no voy yo o que no haya comida. Y no hubo», cuenta Ros, quien refleja en el magnífico libro, que tilda de «incómodo», infinidad de historias documentadas «hasta el destronamiento de Segura en 1954 por el Papa Pío XII, sin inventar absolutamente nada, porque la realidad es insuperable», como expone esta biografía de un «cardenal atípico, motaraz y selvático, que era dictador en tiempos de dictadura».