Iván Martín, Salvador Diánez, Álvaro Montilla, Antonio Salvago, José Luis López, Ariel Figueroa, Francisco José Fernández y Francisco Javier López
Iván Martín, Salvador Diánez, Álvaro Montilla, Antonio Salvago, José Luis López, Ariel Figueroa, Francisco José Fernández y Francisco Javier López - MJ LÓPEZ OLMEDO
ORDENACIONES

Las historias de los siete nuevos sacerdotes de la Iglesia en Sevilla

El arzobispo ordena este sábado a siete nuevos sacerdotes diocesanos y uno religioso. Éstas son sus historias...

SevillaActualizado:

Sevilla acoge mañana la ordenación de siete nuevos sacerdotes diocesanos y uno religioso que irá a la orden de San Vicente de Paúl en Madrid. Antonio Salvago, Salvador Diánez, Álvaro Montilla, José Luis López, José Iván Martín, Francisco José Fernádez y Ariel Figueroa pasarán mañana a engrosar la nómina de curas de la Iglesia en Sevilla, a la que tanta falta hacen nuevas vocaciones.

Son jóvenes, gente normal que hace seis años decidieron dar un gran paso para entregar su vida a Dios y a los demás en una época en la que no se estila ese tipo de compromiso. Sintieron la llamada del Señor y al principio se resistieron. Entrar en el seminario es un paso muy difícil porque conlleva una preparación dura. Pero con valentía terminaron convenciéndose. Unos con ayuda de sus hermandades, otros empujados por el movimiento al que pertenecían o sus propias parroquias. Siete hombres buenos que vienen a reforzar la plantilla de la diócesis, mermada en el último año con el fallecimiento de hasta 23 sacerdotes.

Siete chicos que asumirán la responsabilidad de pastorear amplias comunidades de fieles. No será fácil. Saben que irán seguramente a pueblos lejanos y desconocidos, incluso con la responsabilidad de llevar hasta dos parroquias a la vez. Pero, ante la cita de mañana, tienen el nerviosismo y la ilusión de quien se casa con su novia de toda la vida.

La historia de Iván Martín (26 años) es la de otros tantos jóvenes que han encontrado su camino a través de la senda de la Iglesia. «A mí me impulsó el mundo de las hermandades. Soy hermano de ocho cofradías (San Bernardo, el Calvario, la Reina de Todos los Santo, San Gonzalo, la Paz, el Corazón de Jesús de Nervión, la Virgen de los Reyes y la Sacramental de Camas)». Comenzó a vivir los cultos, participar en el grupo joven. El párroco de la Concepción de Nervión le propuso a los 17 años la posibilidad de entrar en el seminario. «Le dije que ni loco», comenta. Pero años más tarde acudió a las JMJ de Madrid: «Allí vi cosas que fueron uniendo los caminos. Conocí a un chaval seminarista. Vi que era una persona normal». Cuando llegó a Sevilla, fue a ver al párroco, que le animó a conocer el seminario. «Uno no entra cien por cien seguro de que de allí saldrá cura. Esto es como los noviazgos, uno conoce a una chica y no puede asegurar que vaya a casarse con ella». Así, poco a poco fue fraguando la amistad con Jesús, a través de la oración y comprendió lo definitivo: no sólo era participar en cáritas, «tenía que entregarme por entero».

El caso de Francisco José Fernández (36) es parecido. Encontró su vocación en el seno de una hermandad, el Gran Poder de Tocina, que «tiene un sentido de eclesialidad muy grande». Estuvo doce años en la junta de gobierno y, cuando lo dejó, se dio cuenta de que le faltaba algo importante. «Echaba de menos al Señor y empiezo a buscarlo. Voy a misa cada vez más hasta que acabo yendo todos los días». A los 31 años, después de ver pasar al Señor por delante tantas veces, recapacitó. «Entré en el seminario con 31 años, convencido de que había estado corriendo delante de él al menos 15 o 16 años. Hasta que uno se cansa y le dice: ‘Aquí estoy y haz conmigo lo que quieras’».

Francisco José tiene la peculiaridad respecto a sus compañeros de ser el secretario personal del arzobispo, monseñor Juan José Asenjo, que le impondrá las manos mañana. ¿Cómo le eligió a usted? «Por pura gracia, no tengo ningún mérito especial para ser cura ni para que don Juan José depositara su confianza en mí», responde.

No todos salen de cofradías

A José Luis López (32), de la parroquia de Consolación de Osuna, no le surgió la vocación en el seno de una hermandad. «Desde chico tenía la inquietud. Sin saber hablar aún, en el barrio siempre decía que quería ser ‘cúa’», explica. Con 20 años entró en el seminario, «pero duré dos meses allí, no podía soportar estar encerrado». Después de estudiar y trabajar, al cabo de cinco años se dio cuenta de que su camino era ser sacerdote. «Y sin problemas», afirma. El sábado lo será a todos los efectos.

Antonio Salvago (31) recibió la llamada del Señor cuando estaba acabando los estudios en la universidad. «Es un sentimiento que me animaba a hacer algo por los demás». Ya pertenecía a un movimiento juvenil, Paz y Bien, de las Franciscanas de los Sagrados Corazones en Marchena. Se dio cuenta que quería dedicar su vida a eso, haciéndolo al modo de Jesús. «Una nueva vida», indica. Salvago, como sus compañeros, lleva seis años formándose en el seminario y ahora, a punto de ser ordenado, vive «con serenidad» el compromiso que tiene por delante y sin miedo de cuál será su destino.

Con esa misma responsabilidad acude Salvador Diánez (38 años) a la llamada del Señor. Es el mayor del grupo, le saca once años a Iván, pero el camino termina en el mismo sitio. Piensa que «el Señor sigue llamando igual que cuando había muchas vocaciones, la diferencia es que ahora nos cuesta mucho más tomar decisiones que van a marcar toda la vida. Pero esto no sólo ocurre con nosotros, pasa en todos los ámbitos. Un ejemplo es que hoy en día la gente se casa menos y más tarde, igual que con las vocaciones».

En su caso, le surgió «hace mucho tiempo». Sin embargo, no dio el paso hasta mucho después. Salvador ha estado involucrado en temas sociales. Ha trabajado con inmigrantes, en barrios humildes de Sevilla y, un verano, viajó a La India. Allí descubrió que su camino «va por otros derroteros». Pero le costó dar el paso... Cuando terminó la carrera de Historia del Arte, vio el precipicio. «Voy a hacer un máster», se dijo. Después, el trabajo volvió a posponer la decisión definitiva. Hasta que «por justicia», al final, lo hizo. «El Señor ha estado en mi vida desde pequeño y sentí que no podía posponerlo más». Como la mayoría de las vocaciones, se vio marcado por referentes sacerdotales. En su caso fue su tío, Francisco Navarro, canónigo que fuera de la Catedral de Sevilla que falleció hace cinco años. «Él fue, es y será mi referente», asegura.

Por su parte, Álvaro Montilla (34) es de Arahal. En la última revista «Iglesia de Sevilla» que edita la Archidiócesis, expone que «no estamos solos» en este desafío, porque «contamos con la ayuda de Dios y de la comunidad». Siempre tuvo claro por qué le llamó Jesucristo: «Él se entregó por nosotros, pero hoy necesita unas manos que le hagan venir cada día, que le ayuden a perdonar los pecados, que bauticen en su nombre. Merece la pena entregarlo todo por los demás».

Y, por último, la historia de Ariel Figueroa (27). Es el único de los siete que serán ordenados sacerdotes diocesanos mañana que no estudió en el Seminario Metropolitano, sino en el Redemptoris Mater, del Camino Neocatecumenal. Asegura que fue su abuela quien le transmitió la fe desde niño. Ante la importante cita que tiene mañana, «sólo podemos repetir aquello que se dice durante la ordenación: ‘Que el Señor lleve a término lo que ya ha iniciado’».