Juan Manuel Flores con Lole
Juan Manuel Flores con Lole - Archivo Pive Amador
Reloj de arena

Juan Manuel Flores: Arquitecto de sueños

«El sol, joven y fuerte, ha vencido a la luna, que se aleja impotente del campo de batalla», la pelea entre el día y la noche

Félix Machuca
SevillaActualizado:

Su abuelo, Juan Talavera, dejó firmado edificios que perfilan el aire de la ciudad. Él, Juan Manuel Flores, construyó con el compás de la emoción y el cristal transparente de sus palabras, sueños como canciones para alumbrar un nuevo día. Su abuelo levantaba edificios regionalistas. Su nieto era capaz de encerrar Triana en un verso y firmarlo en el aire. Dice Pive Amador que nadie como él antes había escrito así para el flamenco. Y cuenta Ricardo Pachón que las fotocopias que le hacia en la Diputación de los poemas que les llevaba escritos en servilletas, recetas médicas y sobre soportes inauditos, las regalaba al primer beso con ojos negros que se le cruzara por la calle.

Ha pasado como un maldito por esta ciudad donde él soñaba con mariposas y campanas de la Giralda. Y si no llega a ser por el poeta Martín Lucía que recopiló en un libro sus textos más escogidos, hoy no tendría su memoria ni vino para olvidar. Ediciones «En Huida» puso hoja tras hoja aquel mundo ingrávido y sutil, como pompas de oloroso en su bocoy, en el orden sagrado de los libros para que no se cumpliera la visión que el poeta tenía de la poesía: un montón de hojas arrancadas al cuaderno y echadas al viento con destino a los corazones rotos. Me confiesa Martín Lucía que aún le piden libros desde los extremos de

España. Su hijo Juan Manuel heredó de su padre el gen de escribir bonito para hurgar en la herida. Y recuerda cómo el tema «Una mariposa» fue el regalo de reyes que recibió un 6 de enero en el que su padre no tuvo magia en la cartera. La magia no estaba en el dinero, ni en la fama, ni en el éxito, ni en la vanidad a cuyos pies de terciopelo jamás se postró. Escribía no para brillar. Quizás sí para sentir. Y sentía lo que a continuación sigue: «voy soñando con tus besos/por el Callejón del Agua/ no despertarme del sueño campanas de la Giralda». José Miguel Évora lo definió como el poeta de la luz. Y una italiana llamada Marianna Maierú, loca por el flamenco y apasionada del compás de Triana, le dedicó su tesis doctoral.

Sin la voz de Lole, la portentosa capacidad musical de Manolo Molina y las letras de Flores, Lole y Manuel no hubieran sido lo mismo. Otra cosa, sí. Pero no aquel triángulo perfecto, trufado de complicidades y revoleras gitanas, tan sublimes, sencillas y perfectas que inventaron una nueva forma de transmitir el flamenco. Si hubiera que buscar calificativos y definiciones que explicaran aquel comportamiento tan desprendido y generoso y a la vez tan duro consigo mismo, metamos las manos en los cajones románticos de la bohemia para concluir que Juan Manuel Flores fue un tipo culto, lector insaciable, buena persona, enamoradizo y de narices limpias y pulmones inmaculados.

Ni fumaba ni hacia rayas con la nariz. Pero en las tabernas del Tardón, ya fuera en la de Manolita o en la de Eduardo El Loco, se ajumaba con el moyate para, quizás, perder la gravedad tan pesada que conlleva una bondad infinita. Cuando el vino lo calentaba le daba por irse para los más grandes del mostrador y encararse con ellos como un rebelde sin causa. Los amigos lo convencían de que lo suyo no era boxear, sino pelearle a las musas los mejores golpes de poesía. Para que nos describiera la pelea diaria entre el día y la noche: «El sol, joven y fuerte, ha vencido a la luna, que se aleja impotente del campo de batalla…».

Una de sus muchas admiradoras, una niña bien del Patio de Banderas, le regaló un anillo con un peñasco de muchos kilates para coronarle sus dedos de rey maldito de la rimas. Una noche coincidió en la peña Torres Macarena con Camarón, Manuel Molina y alguien más que no recuerdo. Camarón se embriagó con el lujerío de la tumbaga. Y Juan Manuel se lo quitó, se lo colocó delicadamente a José y se lo regaló, pese a los noes insistentes del de la Isla. Ningún apego por el lujo ni por el dinero. Hasta el punto de que tuvieron que convencerle para que registrara en Autores sus escritos. Pero Flores insistía: la poesía no se vende. Persuadieron a Manolo Molina para que las registrara él y el dinero no se perdiera entre los más listillos de la clase.

De las cosas más hermosas que guarda la memoria del puente de Triana es el homenaje que en 2013 le dieron los cabales a su torrencial talento. Había fallecido, víctima quizás de si mismo, en diciembre de 1996, quién sabe si con la letradel villancico más triste del mundo escrito en la neblina de su sedada despedida.